domingo, 20 de junio de 2010

Pinocho y Alice Miller

Earl Hazell inicia así su reseña sobre el primer libro de Alice Miller: “Este es uno de esos libros que no son para los febles de corazón”, y la termina con estas palabras: “Compra este libro; deja la más reciente tentativa de ensayo sobre política moderna y el último caramelo neo-espiritual de la lista de bestsellers, e inicia un verdadero viaje”. Otra reseñadora se manifestó de este modo:
Alice Miller ha expresado exacta, precisa y cabalmente mis conclusiones sobre mis experiencias de los últimos treinta años de reconstrucción personal después de una infancia devastadora. Dios: ¡qué alivio! Es bello ver cómo hace añicos lo que he encontrado que es el tabú más potente de la sociedad humana. Al hacerlo, me ha dado una poderosa validación personal; nunca imaginé qué tan poderosa.
Otro reseñador de internet nos advierte: “Si lees este libro, prepárate para no hablarle a tu madre por un tiempo”. Y aún otros confesaron que la lectura había sido “una invasión espiritual” que les había “pegado como un martillo”.

Miller es la antítesis de los profesionales de salud mental que guardan un distanciamiento emocional sobre su materia de estudio. Su tema central es el asesinato de almas de niños y adolescentes por parte de sus padres: algo que la humanidad ha condonado por milenios y que requiere de un exposé tan cargado de tinta y bilis como el Archipiélago Gulag. No obstante, en contraste a los campos de trabajo forzado y de exterminio, no hay categorías vernáculas para transmitir la importancia o la dimensión del tema que nos atañe. Tratar de hacerlo en una sola entrada de blog sería riesgoso para nuestra credibilidad. Otro reseñador de Miller nos dice: “No es sorpresa que este libro no sea un importante bestseller y que no esté disponible en todos lados. El libro realmente se enfrenta al sistema”. Añadiría que una nueva estirpe de seres humanos, como la de estos reseñadores, han comenzado a despertar de la matriz social como nadie lo había hecho en la historia: un amanecer o enfrentamiento al sistema con el que ni siquiera se atrevieron a soñar los filósofos de la Ilustración.

Permítaseme recoger unas frases más sobre las impresiones de los lectores de Miller: “Sentí como si mi mente hiciera contacto con algo escondido dentro de mí que siempre he sabido. Por primera vez en mi vida siento que no estoy sola”, escribió Barbara Rogers. Y según otro reseñador: “La pregunta ahora es si este conocimiento alcanzará a suficientes personas en posiciones de poder”.


Pasajes del libro de Alice Miller El saber proscrito:

El paciente necesita estar rodeado de personas que se pongan sin reservas a favor del niño. Yo no encontraba en ninguna parte a esas personas, ni siquiera en los terapeutas primarios.

Quería saber lo que había sucedido en mi primera infancia, pero me faltaban los instrumentos necesarios. Con mis herramientas de sicoanalista no iba a ninguna parte.

Viendo cómo muchos terapeutas siguen negando la verdad acerca de los malos tratos en la infancia, no me cuesta nada imaginarme que ahí se halla una parte importante de la respuesta a mi pregunta.

Al principio casi no podía concebir que mis ideas fuesen correctas a pesar de ser yo la única que las sustentaba. Si todos estaban de acuerdo, pensaba, en que sólo se pueden superar los síntomas si se perdona a los padres, ¿cómo puedo estar segura de no engañarme? Al fin y al cabo todos los demás, en conjunto, tienen que poseer mucho más experiencia que yo. Sólo una cosa me dio la respuesta: los recuerdos, recientemente evocados, del terror destructivo de mi madre. Comprendí que ese acuerdo general entre todos los terapeutas no es fruto de sus experiencias, sino de su educación.

En las numerosas discusiones en grupo en las que abordé el tema, apenas si había terapeutas que pudieran desprenderse de la creencia de que para librarse de los síntomas hay que perdonar a los padres... No se daban cuenta que de tal manera ejercían una manipulación pedagógica, y ello para alcanzar un objetivo al servicio de la moral tradicional. Al aliarse con dicha moral, los terapeutas recogen la herencia de los educadores que siempre se ponen de lado de los adultos y en contra del niño.

El sustrato moral de esas terapias era la ineludible exigencia educativa de perdonar a los padres una vez pasados los accesos de ira temporalmente permitidos. Tuve noticia de una persona que, al final de una terapia semejante “se lo perdonó todo” por fin a su padre —un sádico—, y al cabo de dos años mató, sin motivo aparente, a un hombre que no tenía culpa de nada. Esa información confirmó mis suposiciones.

Como ya ha perdonado a sus padres durante la terapia, el sujeto no podrá dejar paso a sus nuevos sentimientos de ira, y correrá el riesgo de proyectarlos sobre otras personas. Dado que entiendo por terapia el descubrimiento sensorial, emocional y mental de la verdad reprimida en el pasado, veo en la exigencia moral de reconciliación con los padres un bloqueo y una paralización insoslayables del proceso terapéutico.


En las cartas dirigidas a Miller se hallan a menudo estos consejos:

  • “Eso sin duda fue un mal trago para usted, pero hace ya tanto tiempo. ¿No va siendo hora de olvidarlo?”

  • “El odio no le hace a usted ningún bien, le envenena la vida y prolonga su dependencia de sus padres. Hasta que no se reconcilie con sus padres, no se verá libre de ellos”.

  • “Intente ver también el lado positivo. ¿Verdad que sus padres a los que usted califica de malvados le pagaron sus estudios? ¿No le parece que usted es injusta?”

  • “No quiero forzarla a perdonar, pero no tendrá usted paz si sigue siendo tan intransigente, si no perdona”.

  • “Nadie se cura echándole la culpa a otros. No hay que olvidar que el niño también tiene una responsabilidad”.

  • “Los padres también son personas y pueden equivocarse”.


  • En su libro Miller les responde a esos llamados a la moral tradicional:

    Todas estas afirmaciones tienen algo en común: son desorientadoras y falsas, pero pasan generalmente por verdaderas, pues las conocemos desde siempre.

    El odio reprimido e inconsciente tiene efectos destructores, pero el odio vivido no es veneno, sino uno de los caminos por los que se sale de la trampa, del disimulo, la hipocresía o la franca destructividad. Y uno en verdad se cura cuando, libre de sentimientos de culpabilidad, deja de exonerar a los auténticos culpables; cuando uno se atreve a ver y sentir por fin lo que éstos hicieron.

    Cuanto más claro veía que muchos de los actuales terapeutas se dedicaban a proteger el sistema educativo de sus padres a costa de los pacientes, mayor se volvía mi desconfianza hacia las terapias.


    Intercambio con un lector de Miller en septiembre de 2006:

    —¿Has leído el cuento original de Pinocho de Carlo Collodi? Es lectura obligatoria, creedme.

    —No, no lo he leído. ¿Es similar a la vieja historia de Pinocho?

    —La “vieja historia” es en realidad la serie publicada en 1880 en una revista de Carlo Collodi (la película de Disney es una traición del cuento italiano original). Collodi proyectó sus sentimientos sobre sus abusivos padres hacia los tremendamente manipuladores personajes de Geppetto y el Hada Azul. En la historia original, en el capítulo XV para ser específico, Pinocho es ahorcado enfrente de la mansión del Hada Azul y la maternal hada no lo socorre. Exclamó palabras como las de Jesús en la cruz:

    “¡Oh papá!, ¡querido papá! ¡Si estuvieras aquí!”

    Esas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida se quedó tieso como muerto.



    El editor le pidió a Collodi que rescatara a Pinocho en el siguiente número de la revista.

    Al igual que mi padre, de niño Collodi había sido atormentado en una escuela de jesuitas, y, como jamás ajustó cuentas con ellos posteriormente se identificaría con el agresor. Para ganarse el pan Collodi ilustró aburridos libros de texto para niños y vivió siempre con su manipuladora madre (proyectada arquetípicamente en el Hada Azul).

    Aunque Miller no analizó el cuento, el original de Le avventure di Pinocchio es la peor clase de “pedagogía negra”, como diría (los consejos de las misivas arriba citadas ejemplifican qué entendía Miller por pedagogía negra). Los padres y el sistema escolar son idealizados a costa del yo interno del niño. Gran bestseller, fue usado para manipular y socializar niños a principios del siglo XX.

    Vale la pena leer el cuento original...

    miércoles, 16 de junio de 2010

    Aviso


    Mi página web—:

    http://antipsiquiatria.org/

    —dejará de funcionar el 24 del presente mes.
    No obstante, mudaré parte de los textos
    a:

    http://biopsiquiatria.wordpress.com/

    miércoles, 28 de abril de 2010

    Las páginas bernaldinas


    En esta entrada presento el capítulo 8 de El Retorno de Quetzalcóatl. Los enlaces a los capítulos que iré publicando aparecen al final de este texto. Sólo una sección de mi libro será publicada en este blog.

    En mi libro explico qué es la Psicohistoria a partir de las culturas prehispánicas. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque muchos estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



    El Retorno de Quetzalcóatl: Capítulo 8

    Las páginas bernaldinas

    La santa furia de mi padre, es un oratorio en honor a Bartolomé de las Casas para soprano, tres tenores, barítono, coro mixto y orquesta, la cual al momento de escribir aún no se estrena. Las Casas, a quien mi padre tanto admira, había escrito:
    En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos.
    A Las Casas se le considera el paladín de la causa indígena frente a la corona española. Quienes reprueban la Conquista toman nota de la investigación conducida contra Antonio de Mendoza, el primer virrey de Nueva España, acusado de haber puesto en fila a unos indios en los combates de Mixtón para destrozarlos a fuego de cañón. De niño había llamado mi atención la ilustración, en un cómic mexicano, de unos indios atacados por los temibles perros que habían traído los españoles. Motolinía reportó que innumerables indios entraban sanos a las minas sólo para salir como cadáveres y despojos. El trabajo esclavo en las minas, nos dice el religioso franciscano en Historia de los indios de Nueva España, mataba a tantos que los pájaros que se alimentaban de la carroña humana “oscurecían los cielos”. Y no hablemos de la esclavización en las islas del Caribe con las que, originalmente, Las Casas tan íntimo contacto tuvo. En La Española (Santo Domingo), Cuba y otras islas la población nativa fue virtualmente exterminada, especialmente por las epidemias que trajeron los conquistadores. Estos hechos y muchos otros horrorizaron a Las Casas, y en su vastísimo corpus literario el infatigable fraile siempre intentó denunciar los excesos de la conquista española y portuguesa.

    A los liberales de habla inglesa y española les gusta citar a Las Casas. Pero ¿estaba en lo cierto? A diferencia de otro fraile, Diego de Landa, Las Casas siempre omitió hablar de las crueldades que cometían los indios con ellos mismos. De hecho, hay quienes acusan a Las Casas de ser el originario de la Leyenda Negra. Por ejemplo, su cita de arriba es una mentira: Los mesoamericanos eran todo menos “mansas ovejas”. La conquista fue una calamidad para muchos indios, pero benefició a muchos otros. Sólo gracias a ella los niños no volverían a recibir el shock esquizógeno de enterarse que los suyos había sacrificado, y a veces comido en una alegre fiesta, a alguno de sus hermanitos. Las Casas sesgó el sermón de su escrito polémico Brevísima redacción de la destrucción de las Indias, y también el de sus textos más eruditos para forzar, en su calidad de consejero espiritual, a Carlos V a tomar medidas a favor de los nativos. Su meta era protegerlos frente a la doctrina escolástica en boga de que eran esclavos natos.

    En los años treinta y cuarenta del siglo XX un historiador de Harvard, Lewis Hanke, se apasionó tanto por la figura de Las Casas como mi padre lo haría en tiempos más recientes. Después de leer un magnífico libro de Hanke, que mi padre mismo me prestó de su biblioteca, no pude evitar comparar a Las Casas con los antropólogos que han escamoteado la crueldad de los aborígenes en su afán de protegerlos. Por poner sólo un ejemplo: Las Casas llegó a extremos como defender el canibalismo indígena con el pretexto de que era una costumbre religiosa, a la que comparó con la comunión cristiana. Parece extraño decirlo, pero las primeras semillas del relativismo cultural, ideología que cubriría a Occidente desde las últimas décadas del siglo XX, se habían sembrado en el siglo XVI.

    Los mexicas sólo habían sido los últimos mesoamericanos proveedores de un inmenso teoatl: un mar divino, un océano de sangre derramada a los dioses. Al igual que los canarios prehispánicos, los olmecas sacrificaban matando con un porrazo en cabeza. De los mayas, tan idealizados cuando era un muchacho, se sabe bastante más. Fueron ellos quienes iniciaron la práctica de enjaular a los condenados antes del sacrificio y después de matarlos tirarlos desde las pirámides. En 1696, ya cerca al siglo XVIII, los mayas sacrificaron a unos misioneros incautos que osaron incursionar en una región aún no conquistada. Cuando visité las ruinas de Palenque, subí a su pirámide y bajé por las escalinatas interiores envuelto en un clima caluroso y húmedo, hasta la tumba del famoso sarcófago de piedra. El lugar me supo tétrico e inconcebible. Recuerdo ahora a un arqueólogo en televisión hablando sobre un dibujo dentro de un recinto maya: un prisionero colgado en estado de tormento. Los mayas se ensañaron mucho más con los prisioneros que los mexicas. Diego de Landa cuenta que llegaron a atormentar a los reyes cautivos sacándoles los ojos, cortándoles las orejas y labios y comiéndose sus dedos. Mantenían vivo al infeliz por años antes de matarlo, y en el clásico The blood of the kings se nos informa que los mayas les arrancaban la quijada a algunos prisioneros aún vivos. Una vez más, ni Mel Gibson se atrevió a filmar estas cosas, aunque las mencionó en una entrevista al defenderse frente a crítica de los reporteros y académicos políticamente correctos. A diferencia de éstos, estoy de acuerdo con Gibson en que no debiera entristecernos la desaparición de semejante cultura, sino más bien revalorar la cristiana; y debo añadir que, cuando en un conocido programa de televisión veo a un nativo angloparlante racionalizando los sacrificios mayas, me resulta claro que la corrección política en nuestros tiempos ejemplifica lo que en psicología se conoce como “identificarse con el perpetrador”.

    Tanto los teotihuacanos como los tolteca-chichimecas eran sanguinarios. Los tenochcas, que sentían gran admiración por ellos, mataron y desollaron a una princesa el año 1300: un ultraje que los indigenistas barren debajo de la alfombra dado que este y otros asesinatos similares están vinculados a los relatos sobre la fundación de México-Tenochtitlan, como lo ha señalado Takuan Seiyo. De manera similar a sus antecesores, los mexicas establecieron guerras cuyo único propósito era facilitar cautivos para asesinarlos.

    Digamos la verdad sin tapujos: Mesoamérica era el lugar de una una cultura de asesinos seriales. En las redadas lanzadas en territorio ajeno, como la que se ve en Apocalypto, la actividad principal se orientaba al sacrificio. De hecho, era imposible obtener poder político en esa sociedad sin pasar por los asuntos del sacrificio. El impedirles a los adolescentes que se cortaran el mechón de la nuca a menos que capturaran a una víctima para sacrificarla transmitía un mensaje: Si no colaboras con el asesinato serial no escalarás en la jerarquía social.

    Una explosiva catarsis y un verdadero furor se libraba al estallar la guerra en tanto que los indios americanos albergaban algo recóndito que había que descargar a toda costa. En 1585 Diego Muñoz Camargo escribió en Historia de Tlaxcala que, acompañados de la inmensa gritería al precipitarse en el combate, los guerreros tocaban “tambores y caracoles y trompetas que hacían extraño ruido y estruendo, y no poco espanto en los corazones frágiles”. El Conquistador Anónimo añade que mientras peleaban vociferaban con alaridos y silbidos de lo más escalofriantes, y que después de ganada la guerra sólo a las mujeres jóvenes se les respetaba la vida. Aportar cuerpos vivos para los sedientos dioses, no la matanza in situ, era el objetivo. Atrás llegaban guerreros especializados en atar a los cautivos para ser trasladados a los altares de piedra.

    Con una cuchillada que no tenía por objeto matar a la víctima, el sacrificador, generalmente el sumo sacerdote de uno de los incontables templos, abría el abdomen del condenado con un golpe sordo a la altura del diafragma. Metía la mano hurgando entre las vísceras hasta hallar el corazón. Lo asía aún palpitante y lo arrancaba de un fuerte tirón. Esta eventración y ablación del corazón es la forma en que el sacrificio se practicó de modo idéntico, miles y más miles de veces, en Mesoamérica. Lo último que veía la víctima en el instante anterior a perder la conciencia eran sus verdugos. Al arrancar el corazón de esta manera el cuerpo derramaba virtualmente toda su sangre, de cinco a seis litros: la hemorragia más fuerte de todas las formas concebibles.



    Fresco de José Clemente Orozco (1933)



    Diego Durán se admiraba de que, según sus cálculos, en el mundo prehispánico moría más gente en los sacrificios que de muerte natural. A diferencia de cómo se nos enseña la Segunda Guerra Mundial, los académicos son reacios en señalar que la institución sacrificial en Mesoamérica fue un verdadero Holocausto. El año de 1487 marcó el clímax de la sed sacrificial. En cuatro días sucesivos los antiguos mexicanos se dejaron llevar por una orgía de sangre. Los guerreros habían tomado a los hombres de tribus enteras para sacrificarlos durante los festejos de la reconsagración de la última capa del Templo Mayor. A lo largo de cuatro días los sacerdotes, sus ayudantes y los ciudadanos más comunes arrancaron corazones sin interrupción en catorce pirámides. La sangre derramada bañó de rojo la plaza y las rampas de piedra que se habían construido para botar los cuerpos. No se sabe el número exacto pero en el Códice Telleriano-Remensis se lee que los viejos hablaban de 4000 sacrificados. Es probable que la propaganda del terror mexica haya inflado su cifra oficial, 84,400 sacrificados, a fin de amedrentar a sus rivales.

    Muy aparte de la reconsagración de 1487 no debemos olvidar la perpetuidad de la fiesta sacrificial mexicana, excepto los temidos cinco días finales del año. La sangre de las víctimas se salpicaba a manera de agua bendita (algo de esto llega a verse en la interpretación vertical de Gibson al lado del tzompantli). La reverberación de semejante carnicería llegó incluso al inconsciente del joven que fui siglos después. Nunca olvidaré un sueño que tuve hace muchos años en que me veía transportado a lo más tenebroso de una noche en el centro de la antigua Tenochtitlan. Recuerdo el ámbito del sueño: algo me decía, en esa densa noche, que había un olor y un depósito de víctimas que me escalofriaba por la inconcebible cantidad de despojos: lugar muy cercano a donde vagaba mi alma. El horror de la cultura fue captado en ese sabor onírico que es imposible describirlo en palabras. La inmunda peste del lugar era algo que sabía que existía, aunque no recuerdo haber olido algo durante el sueño.

    El segundo mes del calendario mexica se llamaba tlacaxipehualiztli, literalmente “el desollamiento de los hombres”, durante el cual sólo en Tenochtitlan mataban al menos setenta personas. A veces a los condenados al sacrificio se les conducía desnudos recubiertos de tiza blanca. Las víctimas de Xippe Tótec, un dios importado de la región yopi de Guerrero-Oaxaca, habían sido presentadas al público el previo mes al sacrificio. En la estatuaria mesoamericana siempre se representa a Nuestro Señor el Desollado revestido con la piel de un sacrificado, y pueden adivinarse los rasgos de la víctima en el pellejo de Xippe. Ese día de fiesta, escribe Duverger, se les permitía a los pordioseros vestir los pellejos “aún pringosos de la sangre de la víctima” para que “con esa aterradora túnica” pidieran limosna en los hogares de Tenochtitlan. Según el Códice Florentino, también se ponían las pieles quienes habían capturado a los condenados. Después de varios días de usarlas “el hedor era tan terrible que todos volvían la cabeza; era repugnante: la gente con que se topaban se tapaba la nariz, y las pieles, ya secas y arrugadas, se quebraban”.

    Estos actos ofertorios eran lo opuesto a la imagen hollywoodense de una secta oculta que, en la clandestinidad, sacrifica a una mujer joven. Mesoamérica era el teatro de la más pública de las crueldades. En contraste a las catedrales cristianas en que su espiritualidad radica en una sensación de privacidad y recogimiento, el templo mesoamericano ostentaba el sacrificio a vista del sol universal y el pueblo llano participaba en un evento comunitario. En la fiesta llamada panquetzaliztli los danzantes “a toda velocidad corrían, saltaban y se agitaban hasta quedar sin aliento y los viejos del barrio tocaban el tambor y cantaban para ellos”. El agotador maratón era un espectáculo alucinante y el asesinato ritual marcaba el apogeo de la fiesta mexicana. En otra de sus fiestas, Xócotl huetzi, la del dios fuego, arrojaban a las víctimas a un inmenso brasero mientras la muchedumbre contemplaba muda. Sahagún nos informa que después de sacarlos con las carnes hinchadas de la quemazón y arrancarles el corazón “la gente se dispersaba y todos iban a sus casas a celebrar, pues era un día de regocijo”. Todo sacrificio se rodeaba de fiestas populares.

    En lo personal, me impresiona el segundo mes del calendario mexica, el que más relaciono con mi sueño porque en la vida real se desmayaban quienes iban a ser asesinados y desollados. Así, muertos de pánico, eran arrastrados por los pelos a la piedra sacrificial.



    Guerrero y su cautivo,
    tomado de los pelos y llorando



    Los sacerdotes también se vestían con las pieles de los sacrificados, pintadas de amarillo, el exterior de la piel vuelta hacia adentro como un calcetín. A Nuestro Señor el Desollado se le invocaba con estas palabras: “Oh mi dios, ¿por qué te haces del rogar? ¡Ponte el ropaje de oro, póntelo!” El cadáver desollado se cocinaba y se repartía para su consumo. En el Códice Florentino aparecen ilustraciones de estas formas de sacrificio incluyendo la de cinco indios desollando un cadáver. Los xixipeme eran los hombres que se vestían con la piel de los condenados personificando a la deidad.

    Tanto los códices como la evidencia en pinturas murales, estelas, graffitis y vasijas son testimonio de la gama de los sacrificios humanos. Incluso celosos indigenistas como Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján han declarado públicamente que hay evidencia iconográfica de los sacrificios en Teotihuacan, Bonampak, Tikal, Piedras Negras y en los códices Borgia, Selden y Magliabechiano, así como irrefutable evidencia física en forma de partículas sanguíneas extraídas de los puñales sacrificiales. Además de la extracción del corazón, en la última encarnación de esta cultura de asesinos seriales las víctimas eran encerradas en una cueva donde morían de sed e inanición; o eran decapitadas, ahogadas, acribilladas con flechas, desempeñadas, apaleadas, ahorcadas, lapidadas o asadas vivas. En el ritual llamado mitote, las víctimas aún vivas eran desangradas y un grupo de danzantes les iba mordiendo el cuerpo. El mitote culminaba con el cocimiento de los sacrificados para su consumo comunitario en un guiso similar al pozole. En el sacrificio que practicaban los matlazincas al condenado se le apresaba en una red y le rompían los huesos lentamente por medio de retorcer la red. El juego de pelota, que se hacía desde la costa del golfo y que despertaba enormes pasiones entre los espectadores, culminaba en arrastrar al cadáver decapitado para que manchara de sangre la arena mientras un friso de cráneos “veía” el deporte. No tiene caso hacer la lista erudita, tipo enciclopedia sahagunense, sobre los nombres de los dioses o los meses del calendario que correspondían a estos tipos de sacrificio. Más pertinente parece notar que a lo alto de las pirámides estaban los ídolos del tamaño de un hombre o aún mayores, compuestos de una pasta de semillas mezclada con la sangre de los sacrificios. Las figuras estaban sentadas en sillas con una espada en una mano y un escudo en otra. Como lo que dije del gran Huichilobos en el capítulo anterior, qué daría por contemplar las figuras del llamado panteón azteca. Se sacrificaba a dioses cuyos nombres nos resultan familiares a quienes fuimos educados en México: desde las deidades agrarias hasta las de la guerra, el agua y la vegetación; pasando por los dioses de los muertos, del fuego y la lujuria. Casi siempre se sacrificaba en los templos, pero también podía hacerse en el palacio imperial. Ya vimos que a los niños se les sacrificaba en los montes o en la laguna. Ahora debo decir algo sobre el sacrificio de mujeres. Según el Códice Florentino, en los rituales de los meses Huey tecuíhuitl (del 22 de junio al 11 de julio) y Ochpaniztli (del 21 de agosto al 9 de septiembre) se les engañaba con estas palabras:
    Alégrate hija mía, pues dentro de muy poco tiempo compartirás el lecho del emperador Motecuhzoma. Él dormirá contigo. ¡Sé dichosa!
    La india subía voluntariamente las escalinatas del templo, pero al llegar era decapitada por sorpresa. En sacrificios similares que se hacían puntualmente según la fiesta del calendario, las mujeres eran decapitadas, desolladas y su piel usada cual trofeo. Además de hombres, mujeres, niños y ocasionalmente viejos, los mexicas sacrificaban perros, coyotes, cérvidos, águilas y jaguares. El Códice Florentino nos informa que a veces subían al condenado amarrado por las cuatro extremidades, “significación que eran como ciervos”.

    Quien mejor nos transporta a este insólito mundo y más se acerca a mi sueño de “máquinas para ver el pasado” es Bernal Díaz del Castillo y su Historia verdadera de la conquista de Nueva España. El espontáneo testimonio del soldado de infantería difiere de los secos reportes de Cortés. Por haber sido obra de un memorialista también difiere del tratado, considerado una referencia estándar sobre la conquista, que escribió Hugh Thomas medio milenio después. Habla mucho de nuestra primitiva era el hecho de fijarse en la forma literaria del Quijote, que es ficción, en vez de los hechos reales que cuenta Bernal: vivencias extraordinarias en que varias veces estuvo muy cerca de perder la vida. (Esta actitud de los literatos me recuerda precisamente un pasaje de la novela de Cervantes en que el hidalgo se acobardó sólo cuando se topó con la única aventura real que se le presentó, a diferencia de sus molinos de viento.) La impresión que me llevó descubrir al cronista fue considerable. Me percaté de la charlatanería de la escolaridad mexicana: con todos sus silencios, obcecaciones y tabúes sobre el canibalismo, la crueldad y la magnitud de la institución sacrificial precolombina. Me pareció inconcebible que tuviera que esperar tanto para descubrir a un autor que habla como ningún otro sobre el pasado distante de México, alguien que debí haber conocido en mi adolescencia. Cada vez resulta más claro que la verdadera universidad son los libros; y la voz de la propia conciencia, más que la de los académicos, el faro que nos oriente en los mares del mundo.

    Humboldt dijo que el alborozo experimentado por el aventurero al enfrentarse al mundo recién descubierto fue mejor transmitido por el cronista que por los poetas. En 1545 Bernal Díaz fue a la Antigua Guatemala donde vivió el resto de su vida, si bien Bernal no escribiría sus memorias sino hasta frisar los setenta años. El poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón dijo que la crónica de Bernal es el trabajo más importante sobre la conquista. La considera superior a las crónicas sobre las campañas de Perú o las campañas contra Turquía, Flandes o Italia. Quienes en tiempos más recientes han leído a Bernal en traducciones dicen cosas similares. En una reseña de internet puede leerse: “En cada página de este libro están las tramas y los personajes de cada película de Spielberg. Pero ninguna película, ninguna aventura, ninguna ciencia-ficción ni novela gótica puede siquiera acercarse al relato de Bernal Díaz sobre la derrota inicial y conquista final de Nueva España”. Y Christopher Bonn Jonnes, autor de Wake up dead, escribió: “Esta historia podría haber sido rechazada como demasiado improbable de haber sido presentada como ficción, pero es historia”.

    A diferencia de los libros de corte académico que matan de aburrimiento al lector, en las páginas bernaldinas uno realmente siente cómo fue el México prehispánico. Es muy ilustrativa la narrativa del impacto que sintieron los europeos al toparse, por primerísima vez en la historia, con la institución sacrificial. Sucedió en una isla cerca de la costa de Veracruz, y debido a la novedad que el rito representaba los camaradas de Bernal la bautizaron Isleta de los Sacrificios.
    Y hallamos una casa de adoratorios, donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual se llamaba Tezcatepuca, y acompañándole, cuatro indios con mantas prietas [oscuras] muy largas, con capillas que quieren parecer a las que traen los dominicos o los canónigos. Y aquellos eran sacerdotes de aquel ídolo, que comúnmente en la Nueva España llamaban papas, como ya lo he memorado otra vez. Y tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos [a] aquel maldito ídolo y no consentimos que tal sahumerio nos diesen; antes tuvimos gran lástima de ver muertos aquellos dos muchachos, y ver tan grandísima crueldad. Y el general preguntó al indio Francisco, por mí memorado y que trajimos del río Banderas, que parecía algo entendido, por qué hacía aquello: y esto se lo decía medio por señas, por que entonces no teníamos lengua [traductora] ninguna, como ya otra vez he dicho.
    Eran los tiempos anteriores a la expedición de Cortés. En la expedición de Grijalva, Bernal y sus camaradas habían sido los primeros europeos en percatarse de que más allá de Cuba y La Española no había más islas sino inmensas tierras. En la siguiente expedición, ya tierra adentro en el continente en lo que hoy es el estado de Veracruz, nos cuenta Bernal:
    Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que los habían llevado [los brazos y piernas] para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades. Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues desde allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa.
    Demos también nosotros un salto hacia adelante en la ruta bernaldina a Tenochtitlan en que no hallaban otra cosa, incluyendo Tlaxcala. Al llegar a Cholula, ciudad religiosa de peregrinaje indio con una centena de templos y la más alta pirámide del imperio, dedicada a Quetzalcóatl, le dijeron a Cortés:
    “Mira, Malinche [amo de Marina], que esta ciudad está de mala manera porque sabemos que esta noche han sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, para que les de victoria sobre vosotros”.
    Para los antiguos mesoamericanos todo se resolvía matando niños y adultos. Una vez que llegaron a la gran capital del imperio, y después de que Moctezuma y su séquito los condujeran en gran tour por la bella Tenochtitlan y de haber visto al impresionante Huichilobos a lo alto de la pirámide, Bernal nos cuenta:
    Y un poco apartado del gran [pirámide] estaba otra torrecilla que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía [en] una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos con la boca abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas; y asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes juntos a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían [en] el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnicerías. […] Yo siempre le llamaba a aquella casa el infierno.
    El testimonio de Bernal sobre la antropofagia es corroborado por Sahagún y Durán. Como vimos, ni Bartolomé de Las Casas lo desmentía. En Historia de Tlaxcala Diego Muñoz escribió:
    Ansí había carnicerías públicas de carne humana, como si fueran de vaca y carnero como en día de hoy las hay.
    Y en el capítulo XXIV del texto del Conquistador Anónimo puede leerse que a todo lo largo de Mesoamérica los indígenas comían carne humana, la cual, agrega el cronista, les gustaba más que cualquier otra comida. Llama la atención que en esta ocasión los mexicanos no usaran chile, sólo sal: lo que parece sugerir, como han señalado los estudiosos, que la tenían por bocado precioso. La carne humana, que sabía como la de cerdo, no era asada sino que se servía en pozole. En Tenochtitlan los cadáveres eran llevados a los barrios y consumidos. (De igual modo, había pedacería de carne humana en los mercados de Batak en Sumatra antes de la conquista de los holandeses.) Quien había realizado la captura en la guerra era dueño del cadáver cuando éste llegaba a los escalones de la pirámide. Los ayudantes del sacerdote le daban al dueño una calabaza llena de la sangre caliente de la víctima, con la que hacía ofrendas a diversas estatuas. Se comía en la casa de quien realizaba la captura, pero según la etiqueta éste no podía unirse al banquete.



    Escena de canibalismo comunal
    (Códice Magliabechiano)



    Tanto los sacrificios como el canibalismo habían iniciado en el continente desde 5000 a. de C, con los primeros asentamientos humanos que trajeron la práctica desde su tránsito por el estrecho de Bering. He mencionado las festividades del mes panquetzaliztli pero no dije que, según Sahagún, en esa fiesta los mexicas compraban esclavos, “los lavaban y regalaban para que engordasen, para que su carne fuese sabrosa cuando los hubiesen de matar y comer”. Incluso los escritores contemporáneos que admiran al mundo mexica concuerdan con Sahagún. Para Duverger el canibalismo no debe disimularse como parte simbólica de un rito antiguo: “¡No! La antropofagia forma parte de la realidad azteca y su practica es mucho más corriente y mucho más natural de lo que a veces se suele presentar”, y añade: “Abramos los códices: brazos y piernas surgen de una jarra colocada sobre el fuego; unos indios acurrucados devoran, a mano, la carne de los miembros de un sacrificado”. Cuando los tlaxcaltecas llevaron a los tepeacas muertos a las carnicerías de Tlaxcala después de la huída de Tenochtitlan, se ve claro que el objetivo no era el canibalismo ritual sino la más pragmática antropofagia (esto muestra que la afirmación de Las Casas, mencionada arriba, de que la antropofagia era una costumbre religiosa es, simplemente, falsa). Miguel Botella de la Universidad de Granada explica que el canibalismo mesoamericano había sido “como en las actuales corridas de toros, donde todo sigue un ritual, pero una vez que muere el animal es carne”. Botella señala que se han comprobado las descripciones de los cronistas al examinar más de veinte mil restos óseos a lo largo del continente, algunos de los cuales con inequívocos signos de manipulación culinaria. Entre las muy diversas recetas de los antiguos mexicanos, la que más asco me da imaginar era un inmenso tamal que hacían con el indio muerto, triturando sus restos ¡después de un año de la defunción y entierro!

    Después de la matanza de Cholula, los españoles liberarían a los cautivos de las cárceles en forma de jaulas de madera, las cuales incluían niños cebados para ser consumidos. Ni siquiera Hugh Thomas lo niega. El establishment políticamente correcto siempre presenta a la masacre de Cholula como uno de los actos más viles de los españoles. Pero nunca mencionan las jaulas, ni cómo los cautivos fueron liberados gracias a los conquistadores en vez de ser merendados por los cholultecas.

    Por más que los mexicanos nacionalistas intenten escamotear el asunto en los libros de texto para escolares, y por más difícil que nos cueste imaginarlo a quienes fuimos educados para idealizar esa cultura, el ineludible hecho es que apenas trece o catorce generaciones atrás los mexicanos consumían carne humana como parte de su cadena alimenticia.

    ____________________________


    Nota: El libro completo puede leerse en mi página web, aquí.


    ____________________________

    Posdata para la edición del blog

    He subido un vídeo de diez minutos, una selección de la reconstrucción de Mel Gibson de la muy poblada ciudad maya en Apocalypto, palabra que significa, “Un nuevo comienzo.” Supongo que el católico Gibson la usó en el sentido de la transformación de Mesoamérica en Nueva España:




    ©2008 C.T.

    miércoles, 31 de marzo de 2010

    Cortés y Cuauhtémoc


    Antes de continuar publicando capítulos sobre mi libro (véanse las entradas anteriores), quisiera confesar que cuando lo inicié estaba muy renuente a escribir el nombre Hernán Cortés.

    Aún recuerdo una ilustración de un libro de texto en la primaria cuando era un niño sobre el suplicio a Cuauhtémoc (“sol al ocaso” o “águila que desciende” significa el nombre del último emperador de los antiguos mexicanos), soportando la quema de sus pies por Cortés y negándose a revelar el sitio del tesoro de Moctezuma. Más de cuarenta años iban a pasar para que me topara con un pasaje de fray Juan de Torquemada que arroja dudas sobre el relato. A principios del siglo XVII Torquemada escribió que Cortés incluso salvó a Cuauhtémoc del tormento que le aplicaron sus compañeros “teniendo por cosa inhumana y avara tratar de tal manera a un rey”. En la escuela también me ocultaron que Cuauhtémoc había tenido un hijo a quien Cortés concedería una encomienda, hijo que recibiría un escudo de armas del mismo Carlos V. De niño me habían metido hasta el tuétano la anécdota que, durante el tormento, Cuauhtémoc le contestaba al rey de Tacuba a su lado quejándose del fuego: “¿Y crees que estoy yo en un lecho de rosas?”

    En lugar de adoctrinar a la infancia mexicana con viñetas de dudosa historicidad habría que señalar los verdaderos pecados del conquistador. Por ejemplo, cuando la guerra estalló en toda su furia, y ya con Cuitálhuac como sucesor de Moctezuma, Cortés instituyó la esclavitud de indios marcándolos en la cara con hierro, incluyendo mujeres y niños. (El hecho que una vez consumada la conquista se decretara la pena de muerte a todo español que herrase indios como esclavos no disminuye este crimen.) Esas atrocidades —matanzas, esclavitud y marcaje con hierro— fueron perpetradas por los conquistadores en Tepeaca, Quechula e Izúcar. Hugh Thomas comenta obre esa campaña: “la más brutal, la más importante y la más olvidada de las que libró Cortés”. Por eso quiero volver al porqué de mi renuencia de escribir el nombre del conquistador en los primeros borradores de este libro.

    Durante la referida conversación televisada con León Portilla en 1983, Octavio Paz le dijo al ilustre nahualteca, y al resto de sus conciudadanos, que es necesario reconciliarse con el pasado y volver a ver a Cortés como lo que siempre fue: un hombre de carne y hueso. Cortés, el hombre: no el arquetipo que me enseñaron en la escuela. A la par de su crueldad, el Cortés histórico tenía una faceta humanitaria. Cuando Moctezuma murió después de que le llovieran piedras lanzadas por su pueblo “Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados”, tanto así que “fue tan llorado como si fuera nuestro padre, y no nos hemos de maravillar dello viendo que tan bueno era”.

    Esta es la clave para entender al humano, no al arquetipo, que atormenta a muchos mexicanos. A fin de cuentas, había sido el jovencísimo Cuauhtémoc, el hijo de sangre real de Ahuitzotl, quien asestó el primer flechazo que habría de victimar a Moctezuma cuando su pueblo percibió su conducta ante el invasor como aplacante y traicionera. Es increíble que, debido a tanta leyenda negra, apenas recientemente me haya enterado de que Cuauhtémoc había “lanzado la primera piedra” que terminaría con la vida de quien había sido el señor de señores del México antiguo.

    El retrato bernaldino de Cortés es tan verosímil que, para el lector honesto, leerlo pone en evidencia la disociación de los académicos y de un pueblo empecinado en desconocer su historia. Incluso el más conocido historiador mexicano de la actualidad, Enrique Krauze, le huye al tema de la conquista. Es la terrible confusión de los sentimientos —la gran pérdida que aún siento por la destrucción de la ciudad más bella del mundo a la vez de saber que, al destruir el teocali y exhumar los restos del niño, éste también sería vindicado— lo que los historiadores no pueden tolerar. El indigenista prefiere irse a los polos como el de Diego Rivera: quien pintó a Cortés como un microcéfalo en uno de sus coloridos murales. El hispanófilo se va al otro extremo, el de Vasconcelos, quien le llamó “Don Hernando” en su Breve historia de México y siempre lo tuvo en un lugar de honor. Pero una escena como Cortés y los suyos llorando ante el lecho de muerte de Moctezuma es un hecho histórico que ningún mexicano que conozco ha procesado en sus adentros. Nadie lamenta y a la vez celebra la caída de “la cosa más hermosa” como dice el innombrable en su misiva al emperador.

    La conquista de México fue un tremebundo clash de psicoclases. Si llegara a cumplir mi vocación de antaño filmaría la tragedia de forma tal que, al llorar los rústicos soldadotes, haría llorar al público por igual. Entonces se rompería el hechizo que ha caído sobre el mexicano desde hace casi quinientos años. Entonces se vería cómo la puñalada que los mestizos apiñonados llevan en la espalda, se refleja la ausencia de estatuas a Cortés, la Malinche y Moctezuma a la par de enormes estatuas en honor a Cuitálhuac y Cuauhtémoc en la calzada más importante de la capital. Entonces se vería, como dice Colin Ross, que llorar, y llorar en grande, es la meta última de su terapia de grupo. Los mexicanos tienen medio milenio de un duelo que no termina porque son incapaces de llorarlo. Llorarlo en las crónicas que no leen, en novelas que no escriben y en películas que no filman.

    El odio hacia los abusivos padres se transmuta en llanto y la liberación del trauma en los pacientes del Instituto Ross se torna explosiva. Claro que en mi proyectada película además de lágrimas no faltarían imágenes de los españoles rezagados en los combates llevados a la piedra sacrificial al son de un enorme tambor que producía un sonido que espeluznaba a quienes habían logrado salvar el pellejo. Al mismo Cortés le espantaba tanto el sonido sordo del tambor de guerra, que él y sus compañeros tuvieron que oír por cuatro días, que escribió que parecía el fin del mundo. Desde la calzada de Tacuba los castellanos vieron cómo, completamente desnudos, sus compañeros eran, a empujones y a palos, forzados a subir el gran templo donde les ponían plumas en la cabeza y “les hacían bailar delante de Huichilobos”, para luego recostarlos boca arriba y sacarles el corazón. A los cadáveres los tiran por las gradas abajo, donde aguardan “otros indios carniceros” que los desmiembran, desollan las caras y las adoban como cueros de guantes para sus fiestas, comiéndose las carnes de las piernas y los brazos “con chimole, y desta manera sacrificaron a todos los demás”.

    La conquista de México-Tenochtitlan fue lo que los mexicanos de hoy día llamarían, muy coloquialmente, una supermadriza: y ya puedo imaginármela en mis mentadas máquinas para ver el pasado. Si bien podría expandir esta entrada, prefiero detenerme y recordar que mi propia ambivalencia acerca de la destrucción de la ciudad más bella se refleja en el hecho que uno de los edificios fundacionales de la plaza del Templo Mayor de Tenochtitlan, actualmente desaparecido, era la celda para los niños que serían sacrificados a Tláloc.

    lunes, 29 de marzo de 2010

    La exclamación de Sahagún


    En esta entrada presento el capítulo 7 de El Retorno de Quetzalcóatl. Los enlaces a los capítulos que iré publicando aparecen al final de este texto. Sólo una sección de mi libro será publicada en este blog.

    En mi libro explico qué es la Psicohistoria a partir de las culturas prehispánicas. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque muchos estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



    El Retorno de Quetzalcóatl: Capítulo 7

    La exclamación de Sahagún

    He trabajado en el corazón de Houston, en medio de sus rascacielos. Las postales fotográficas que veía del centro en el hotel en que trabajaba eran engañosas: ostentaban sólo el lado luminoso e impresionante de la ciudad tejana. Jamás mostraban lo que veía a unas cuadras de mi trabajo: calles muy feas, miseria abyecta y malvivientes negros.

    Algo similar puede decirse de las ilustraciones del capítulo anterior. Si Tenochtitlan era mantenida bella era por los cautivos de otros pueblos forzados a trabajar. El Conquistador Anónimo nos dice que a los prisioneros de guerra a quienes los mexicas no canibalizarían los esclavizaban. Si uno de éstos hubiera escrito una autobiografía, como la de aquellas mujeres que escapan de los países bajo la sharia, sería una sensación literaria en la actualidad. ¿Y quién trabajó para levantar esos grandes templos y abrir las anchas avenidas? El hormigueo de trabajadores alrededor del lago de Tezcoco, obligados a trabajar como parte del tributo de las aldeas tributarias al imperio, no debió haber sido muy disímil a las escenas de Apocalypto antes de que la cámara nos mostrara el centro de la ciudad maya. A la par de su belleza, Tenochtitlan tenía minusválidos, ladrones y prostitutas; y a diferencia de los nobles, los comunes llevaban únicamente un taparrabo y una manta no de algodón sino de fibra de maguey, y caminaban con los pies desnudos ante sus superiores. Sólo si se elevaban en la jerarquía se les permitía calzar sandalias. Y al igual que la Ciudad de México contemporánea con sus antiguas mansiones o americanizados edificios en Las Lomas y Santa Fe coexistiendo con los barrios más pobres, a diferencia de los palacios de Nezahualcóyotl y las mansiones cercanas al teocali la casa media mexica consistía de una habitación-dormitorio.

    Cierto que las flores y la muerte adornan la lírica de los mexicas. Pero una línea de sus poemas —“Ojalá arrastren acá (prisioneros), Todo el país debe ser desolado”—, me descubre el otro lado del alma nahua. En ese mundo llovían flores sin cesar al lado de la macabra, aunque magnífica, estatuaria mexica. Cada vez que veo la mirada en pánico del Chac Mool encontrado en los cimientos del Templo Mayor me pregunto qué estaría viendo (excavaciones realizadas entre 1978 y 2000 en el templo recuperaron más de un centenar de cráneos, entre los que se incluían una gran cantidad de niños). Hay mucho de cierto, y a la vez de engañoso, en la primera ilustración que coloqué en el capítulo anterior. Por ejemplo, no se nota la sangre en las escalinatas. En la Tenochtitlan real, no en la postal idealizada, las muy empinadas gradas de los templos, las cuales tenían por objeto que los cuerpos cayeran sin obstáculos, estaban manchadas de la sangre de los sacrificados (sangre en las escalinatas que sí se ve tanto en el mural de Rivera como de la película de Gibson). En la reconstrucción pictórica, basada en los planos del arquitecto Ignacio Marquina, tampoco se nota el carácter dramático del sacrificio que está teniendo lugar sobre gigantesca piedra quauhtemaláctl: que en la ilustración se divisa en el patio del Gran Teocali. Esa piedra circular servía de teatro para un sacrificio gladiatorio donde los atacantes iban hiriendo gradualmente la pierna, cabeza o vientre de un hombre atado a la piedra en el rito llamado apropiadamente tlahuahuanaliztli, “la laceración”: el equivalente humano a un toro herido con banderillazos (al final le extraían el corazón). Era de tal importancia el espectáculo que el rey Axayácatl requirió la mano de obra de cientos de hombres para arrastrar la monumental piedra desde la calzada que unía a Coyoacán con Tenochtitlan. Sobra decir que el confort del noble que, en la ilustración, ve el espectáculo desde la cómoda sombra es inverso a lo que en la vida real debió haber sentido el lacerado en la ciudad más bella del mundo.

    El mes pasado este día que escribo aún se exhibía en los cines mexicanos la película Apocalypto. Contrario a los augurios de que no tendría un buen recibimiento en México, la cinta rebasó los ingresos de taquilla que obtuvieron otras películas memorables. Muchos se enfurecieron alegando que era injusto enfocarse en la parte oscura de la cultura maya en lugar de sus matemáticas, astronomía o desaparición. Activistas indígenas de Guatemala pidieron al público que no asistiera a las salas y no faltaron, como los negadores del Holocausto, quienes negaran la historicidad del sacrificio humano en la América precolombina. Uno de mis más delirantes paisanos escribió el mes anterior a su estreno: “En lo personal me avergüenzo de la poca sangre española que tengo. Prefiero ser caníbal y demostrar el esplendor de esta cultura muy por arriba de la cultura española. Yo ansío morir a filo de obsidiana. Sólo quieren nuestros corazones la muerte gloriosa” (dado que la obsidiana es quebradiza los mexicas usaban, en realidad, cuchillos de sílex). Como réplica a estas rasgaduras de vestiduras nacionalistas, en una editorial del periódico mexicano Reforma Juan Pardinas escribió: “La mala noticia es que esta interpretación histórica tiene alguna dosis de realidad. Los personajes de Mel Gibson se parecen más a los mayas de los murales de Bonampak que a los que aparecen en los libros de la SEP”, la Secretaría de Educación Pública mexicana, donde los niños aprenden que los antiguos yucatecos utilizaron el cero antes que los europeos, algo así como si los mayas hubieran sido una civilización de pensadores y científicos: la Atenas india de las Américas. Pero lo que ni Gibson mismo se atrevió a mostrarnos en la pantalla es que no sólo los adultos, sino los niños pequeños, eran víctimas de sacrificios mayas.

    El sacrificio de niños en Mesoamérica inició muchos siglos antes de que las tribus nómadas del norte se establecieran en el Lago de Tezcoco. En El Manatí, sitio arqueológico olmeca en Veracruz asociado a un rito sacrificial, se han hallado esqueletos de bebés, fémures y calaveras. A los olmecas le siguieron los teotihuacanos. En la Pirámide del Sol, la más grande del Valle de México, a principios del siglo XX Leopoldo Batres encontró varios esqueletos de niños: ofrendas al dios del agua (los teotihuacanos fueron coetáneos de los mayas). Cuando vi una fotografía de los esqueletos en la Pirámide de la Luna se me figuró al horrífico hallazgo de humanos sacrificados y puestos en capullos en una alta pared de la película Aliens.

    Ahorrémonos la historia de similares hallazgos arqueológicos del siglo XX y enfoquémonos en los del nuevo siglo. En diciembre de 2005 Reforma sacó una nota en que el arqueólogo Ricardo Armijo Torres habló de un hallazgo en Comalcalco, región de Chontalpa que algunos creen fue la cuna de la civilización maya, en que los mayas habían perpetrado “un sacrificio masivo de niños de alrededor de uno o dos años de edad”. Chichén-itzá se volvió una de las nuevas siete maravillas del mundo en 2007 ignorando, tanto por los orgullosos nacionales como por los admirados extranjeros, que era la sede de una carnicería ritual. El Chac Mool arriba del templo tiene una vasija de piedra a manera de recipiente de corazones humanos. Miles de mayas murieron en sacrificios rituales en tiempos de la gran sequía: holocausto inútil que no logró salvar a Chichén-itzá de su destino. En el juego de pelota maya a veces jugaban con una cabeza decapitada. Los relatos cuentan que en el cenote se echaban a muchachas, corroborado en tiempos recientes al drenar uno de ellos y hallar los esqueletos. Además de la evidencia ósea existe evidencia pictórica en el arte maya sobre los niños sacrificados. En la página 25 del número de septiembre-octubre de 2003 de la revista Arqueología mexicana aparece una escena en una cerámica pintada del Clásico Tardío “que indica que el sacrificio de niños se realizaba en circunstancias bien definidas”. En esa misma página aparece una fotografía de la Estela 11 de Piedras Negras, Guatemala, en que se ve un niño muerto mostrando una cavidad abdominal: señal que le extrajeron el corazón. El sacrificio de infantes continuó en el Posclásico; y aunque en la clandestinidad y bajo la sombra protectora de las cuevas, en los primeros años de la Colonia.

    Aunque los mayas abandonaron las grandes ciudades y sus enormes campos de cultivo del período Clásico, sin estar sometidos conservaban relaciones distantes con el imperio de los mexicas. Una vez que los jeroglíficos mayas fueron descifrados, la visión sobre el mundo maya cambió. Recuerdo mucho el momento en que recibí la primera información a este respecto al toparme con una reseña del New York Times sobre The blood of the kings, publicado en 1986 cuando vivía en Estados Unidos. Aunque no conservo la reseña recuerdo que me entusiasmó. Esos días le escribí a una amiga informándole que, lejos de ser los “griegos de América”, los mayas realizaban rituales cuyo fin era provocar alucinaciones en los mutilados; que veneraban la sangre como un elixir mágico y que toda ceremonia, sea de nacimiento, matrimonio o defunción conllevaba un tributo de sangre humana. Citaré extensamente mis misivas a esta amiga en mi próximo libro. Por ahora sólo quisiera añadir que también le escribí acerca de un fresco de Bonampak mostrando a un príncipe maya “con cara de ojete”, su corte y los cautivos yaciendo a sus pies con ojos de pánico, aparentemente pidiendo una misericordia que no obtendrían (una cabeza decapitada se observa en el suelo). Los mayas les habían cortado las yemas de los dedos para que corriera el líquido precioso. El fresco es tan famoso que llegó a aparecer una temporada en los billetes mexicanos de veinte pesos. Unos años después, en la revista cultural de Octavio Paz leí las palabras de un erudito en asuntos mayas, Michael Coe: “Ahora es sorprendentemente claro que los mayas de la época clásica, y sus antecesores del Preclásico, eran gobernados por dinastías hereditarias de guerreros, para quienes el autosacrificio y el derramamiento de la sangre, y el sacrificio de la decapitación humana eran obsesiones supremas”.

    Volviendo a los mexicas, fray Diego Durán escribió sobre el sacrificio ritual de niños en una importante celebración del Valle de México a la que asistían los gobernantes. Varios meses del calendario mexica estaban consagrados al sacrificio de niños en las cumbres de los montes, al igual que los distantes incas. Los niños eran transportados en literas adornadas mientras sus verdugos los acompañaban cantando y bailando. Se les hacía llorar para que sus lágrimas presagiaran una buena temporada de lluvias. Mientras más llorara el niño, más contentos estaban los dioses.

    El nombre mexica del primer mes es atlcahualo. Equivale a una parte de febrero en su contraparte gregoriana (los meses del calendario mexica duraban veinte días). Se sacrificaban niños a la deidad del agua Tláloc, y a Chalchitlicue, la señora de la falda de verde jade y la diosa de las aguas termales. En otras ceremonias los niños eran ahogados. En el tercer mes del calendario se volvían a sacrificar niños. El etnólogo francés Christian Duverger escribió algo que me perturbó. En las páginas 128s de la traducción de su libro La flor letal aparece este pasaje:
    Los suplicios. En el contexto de las violentas estimulaciones presacrificiales, creo que conviene dejar un lugar a la tortura, justamente porque sólo es practicada por los aztecas antes del sacrificio humano. La tortura no está obligatoriamente integrada al preludio sacrificial, pero puede ocurrir. El arrancar las uñas a los niños que debían ser sacrificados al dios de la lluvia es un buen ejemplo de tortura ritual. Las uñas pertenecían a Tláloc. Por medio de los sacrificios del mes atlcahualo los mexicanos rendían homenaje a los tláloques [servidores de Tláloc], y llamaban la lluvia; para que el rito fuera eficaz, convenía que los niños lloraran abundantemente en el momento del sacrificio.
    Después se les aplicaba una mascarilla de hule caliente y eran arrojados a una pila que hacía que el hule se endureciera y no los dejara respirar.

    Tláloc, el dios de la lluvia, era uno de los dos dioses más honrados por los mexicas. Junto con el de Huitzilopochtli, su templo azul claro existía en el punto más alto de Tenochtitlan. A partir de los esqueletos hallados desde finales del siglo XX hasta principios del XXI se determinó que docenas niños, en su mayoría varones de unos seis años, fueron sacrificados y enterrados en la esquina noroeste del primer templo dedicado a Tláloc (recuérdese que el templo consistía de varias capas; sólo la primera sobrevivió, en meros cimientos, a la gran destrucción española). En julio de 2005 los arqueólogos que trabajan en las ruinas anunciaron otro descubrimiento en los cimientos: un sacrificio infantil a Huitzilopochtli, probablemente con motivo a la consagración del edificio.

    Los restos de un niño sacrificado a
    Huitzilopochtli en Templo Mayor
    (fotografía de Héctor Montaño)

    Confieso que a lo largo de los años he albergado la fantasía morbosa de averiguar el aspecto de la estatua de Huitzilopochtli. Sueño con unas futuristas “máquinas para ver el pasado” para saber, con lujo de detalle, cómo era exactamente la terrible deidad. Es sabido que para conocer el alma de una cultura no hay como tener a su arte enfrente. Unas de las páginas que más aprecio de los relatos cortos de Arthur Clarke provienen de Jupiter five, en donde unos exploradores encuentran una estatua representando a un alienígena en la sala de arte de una abandonada nave de treinta kilómetros de diámetro. A veces el mundo mexica me parece tan distante de mi civilización que no me parece exagerada la comparación. Pero volviendo a mi fantasía. Las páginas que con más interés leí de Historia verdadera de la conquista de Nueva España fueron aquellas en que Bernal Díaz describió la gran estatua de Huitzilopochtli que vio a lo alto de la gran pirámide:
    Y luego nuestro Cortés dijo a Montezuma, con doña Marina, la lengua: “Muy señor es vuestra merced, y de mucho más es merecedor; hemos holgado de ver vuestras ciudades; lo que os pido por merced, que pues que estamos aquí, en este vuestro templo, que nos mostréis vuestros dioses y teules”. Y Montezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas [sumos sacerdotes]. Y luego que con ellos hubo hablado dijo que entrásemos en una torrecilla y apartamiento a manera de sala, donde estaban dos como altares, con muy ricas tablazones encima del techo, y en cada altar estaban dos bultos, como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero, que estaba a mano derecha, decían que era el de Uichilobos, su dios de la guerra, y tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables; en todo el cuerpo tanta de la pedrería y oro y perlas y alfójar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno de ello, y ceñido el cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas. Y otro ídolo pequeño que allí junto a él estaba, que decían que era su paje, le tenía una lanza no larga y una rodela muy rica de oro y pedrería; y tenía puestos al cuello el Uichilobos unas caras de indios y otros como corazones de los mismos indios, y éstos de oro y de ellos de plata, con mucha pedrería azules; y estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con tres corazones de indios que aquel día habían sacrificado y se quemaban, y con el humo y copal le habían hecho aquel sacrificio. Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente.
    El indio bautizado como Andrés de Tapia alegó que la estatua de Huitzilopochtli estaba hecha de semillas enharinadas con sangre de niños en una pasta endurecida; fray Durán, en cambio, dijo que era de madera. Lo cierto es que los sacerdotes dedicados a su culto se autolesionaban la lengua, los brazos y los muslos mojando pajas con su sangre como ofrenda. Incluso el mexica común se autolesionaba mucho más de lo que solía hacerlo mi prima Sabina: ofrecía sangrías con puntas de maguey perforándose los labios, las orejas y la lengua. Los hombres se punzaban el pene y las ensangrentadas puntas eran colocadas en un adoratorio. Los mexicas comunes “ornamentaban sus puertas con espadañas con sangre de sus orejas”. Los sacerdotes, llamados papas por Díaz, tenían los lóbulos de las orejas completamente destrozadas por estas sangrías. Además de arrancarle el corazón a un cautivo en el día 4-Terremoto, ese día el mexica común hacía estas penitencias de punciones.

    Menciono todo esto a fin de arrojar luz a la larga cita de Colin Ross. Las autolesionadoras de Dallas se punzaban porque se creían malvadas y necesitaban una válvula de escape para descargar alguna presión del volcán de cólera contra sus padres que llevaban dentro. A costa de su salud mental y debido a la sustitución del sitio de control, el mal de sus padres había sido transfundido a su mentalidad desde la infancia haciendo al perpetrador bueno y seguro para apegarse. Recordemos que esta sustitución ayuda a resolver el dilema básico y fundamental de la raza humana: el apego afectivo a nuestros padres por nuestra larga dependencia. Ross no se pronuncia sobre los antiguos mexicanos, pero según Lloyd deMause este tipo de autolesiones aliviaban a los amerindios del ansia de la internalizada imagen de padre, ahora sublimada, que los castigaría por una prosperidad percibida como pecaminosa (ya veremos adónde nos lleva esto al analizar al Occidente del siglo XXI). Dicho de otra manera, autolesionarse y lesionar a otros son dos caras de la misma moneda. Desplazamos nuestra ira contenida hacia otros y hacia nosotros mismos por la absoluta disociación de las emociones resultantes del trato que nos propinaron. Si los prehispánicos desplazaban más que nosotros se debe simplemente a que su puericultura era más primitiva que la nuestra. Para Claude-François Baudez, del Centro de Investigación Científica de París, el sacrificio mesoamericano de otros sólo reemplaza al autosacrificio “a condición de que alter sea equivalente a ego”. El sacrificio humano era, en última instancia, el sacrificio del ego “como lo muestran en primera instancia los mitos de origen que dan la precedencia al autosacrificio”.

    Una vez más: esto es muy importante, como veremos al psicoanalizar a un Occidente que se autolesiona.

    Baudez ilustra su punto a través de la costumbre mesoamericana de comerse al enemigo o vestirse con su piel: práctica que ocupaba un lugar de primera magnitud entre los antiguos pobladores del continente. A pesar del hecho que la forma socializante de educación en nuestra época también es abusiva, las formas culturales prehispánicas eran infinitamente peores. No puede sino venirme ahora a la mente los estudios de dos antropólogas mexicanas que muestran que los cadáveres de algunos sacrificados sufrían procesos de desollado, descarnado, desmembrado, decapitación e incluso la exhibición de partes corporales como adornos, como lo demuestra el registro óseo (en nuestra época, sólo algunos asesinos seriales hacen este tipo de cosas). En el caso de los niños, la psique de los hermanos, primos, parientes, cercanos y lejanos sobrevivientes de los infantes sacrificados interiorizó un impulso más homicida que el nuestro: un buen ejemplo para entender la diferencia entre psicoclases muy distantes entre sí.

    La página 34 del referido número de Arqueología mexicana da cuenta de un alarmante estudio osteológico. En Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, se encontraron los restos de un niño de tres a cuatro años cuyos huesos presentaban una coloración naranja o amarilla traslúcida; texturas tersas o vítreas, y compactación del tejido esponjoso, además de estrellamiento del cráneo. Dado que en los tratamientos mortuorios los mexicas decapitaban algunos cadáveres y a veces hervían algunas de las cabezas para su posterior ostentación estética, los arqueólogos concluyeron que la cabeza del niño sacrificado había sido hervida y que se estrelló debido a la ebullición de la masa encefálica. La fotografía del cráneo fue publicada. Asimismo, a principios de 2005 salió una nota periodística sobre el hallazgo al norte de la Ciudad de México, en Ecatepec: un sitio arqueológico con osamentas de ocho menores sacrificados. Según la nota recogida por Discovery Channel: “El sacrificio involucraba quemar total o parcialmente a las víctimas. Encontramos un hueco donde enterraban los restos de cuatro niños que fueron parcialmente quemados y otros cuatro completamente carbonizados”.

    Por más rústicos que fueran los soldados españoles, al ver por vez primera en sus vidas este tipo de costumbres se espantaron. Los primeros textos sobre el Nuevo Mundo jamás publicados en Europa fueron las Cartas de relación de Hernán Cortés. En una de estas cartas, publicada en 1523, el conquistador escribió:
    Y tienen otra cosa horrible y abominable y digna de ser punida que hasta hoy no habíamos visto en ninguna parte, y es que todas las veces que alguna cosa quieren pedir a sus ídolos para que más acepten su petición, toman muchas niñas y niños y aun hombres y mujeres de mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos los abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas, y queman las dichas entrañas y corazones delante de los ídolos, y ofreciéndolos en sacrificio aquel humo. Esto habemos visto algunos de nosotros, y los que lo han visto dicen que es la más cruda y espantosa cosa de ver que jamás han visto.
    En otra ocasión Cortés refirió que sus soldados habían capturado a un indio que había estado asando el cadáver de un bebé para comérselo. Fernando de Alva Cortés Ixtlilxochitl, un mestizo que escribió el códice que lleva su nombre, dice que uno de cada cinco niños era sacrificado al año. La cifra parece exagerada: se desconoce a ciencia cierta cuántos niños se sacrificaban en Mesoamérica. Los estudiosos contemporáneos más reservados dicen que en el mundo mexica al menos docenas de niños se sacrificaban cada año.

    Una de las fuentes que los indigenistas mexicanos tienen en alto precio es la obra de fray Bernardino de Sahagún, quien partiera para el Nuevo Mundo en 1529, apenas unos años después de la caída de Tenochtitlan. Sahagún es considerado el primer antropólogo que dio el mundo. Incluso un apasionado indigenista como Diego Rivera pintó a Sahagún joven y con un rostro inteligente. Sobre las fiestas del llamado Calendario Azteca, Sahagún nos habla de los ritos del primer mes, llamado atlcahualo o quauitleoa por los mexicas:
    En este mes mataban muchos niños; sacrificábanlos en muchos lugares y en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a la honra de los dioses del agua, para que les diesen agua o lluvias.
    Sobre lo que los mexicas hacían en el segundo mes del calendario, hablaré en el siguiente capítulo. En el tercer mes, prosigue la relación de Sahagún: “En esta fiesta mataban muchos niños en los montes; ofrecíanlos en sacrificio a este dios”. Luego hace un comentario general sobre los primeros meses del año:
    Según relación de algunos [indios], los niños que mataban juntábanlos en el primer mes, comprándolos a sus madres, e íbanlos matando en todas las fiestas siguientes hasta que las aguas comenzaban de veras; y así mataban algunos en el primer mes, llamado quauitleoa [del 2 de febrero al 21 de febrero]; y otros en el segundo, llamado tlacaxipehualiztli [del 22 de febrero al 13 de marzo]; y otros en el tercero llamado tozoztontli [del 14 de marzo al 2 de abril]; y otros en el cuarto, llamado uey tozoztli [del 3 de abril al 22 de abril], de manera que hasta que comenzaban las aguas abundosamente, en todas las fiestas crucificaban [sacrificaban] niños.
    Quienes vivimos en la región que otrora fue Tenochtitlan sabemos que la primavera aquí es seca, lo que significa que mis antepasados sentían un irrefrenable impulso de matar a los pequeños. Es inverosímil que quienes tenían el genio de construir en el centro de la plaza un templo a Quetzalcóatl en que se veía la salida del sol entre los dos altares del Templo Mayor, a la vez no pudieran prever las temporadas de lluvias que mis más incultos conciudadanos conocen a la perfección. Parece elemental que algo más que solicitar las lluvias preñaba la psique de los descendientes de los tenochcas. En el segundo libro de Historia general de las cosas de Nueva España Sahagún comenta sobre el primer mes: “Para esta fiesta buscaban muchos niños de teta, comprándolos a sus madres”. Y añade: “A estos niños llevaban a matar a los montes altos, donde ellos tenían hecho voto de ofrecer; a unos de ellos sacaban los corazones en aquellos montes, y a otros en ciertos lugares de la laguna de México”. En discusiones conmigo mi padre ha hablado mucho de la “raza profunda”: los antiguos mexicanos. Me pregunto qué tan “profundo” es que los pueblos bajo control Mexica ofrecían, a modo de tributo, a sus pequeños para el sacrificio. Sobre Pantitlán, Sahagún escribe:
    Gran cantidad de niños mataban cada año en estos lugares y después de muertos los cocían y comían.
    Cuando leí ese pasaje no pude sino pensar en la estación del metro de la Ciudad de México llamada Pantitlán. Ignoraba que era el lugar más hondo de la laguna. (En tiempos de la ciudad lacustre, la colonia donde escribo este libro también estaba bajo el agua.) En ese mismo segundo tomo de su enciclopédica obra de doce libros sobre los usos y costumbres de los antiguos mexicanos, Sahagún nos proporciona más detalles:
    Los lugares donde mataban niños son los siguientes: el primero se llamaba Quauhtépetl, es una sierra eminente que está cerca de Tlatelolco. Al segundo monte sobre que mataban niños llamaban Ioaltécatl. El tercer monte sobre que mataban niños llamaban Tepetzinco; es aquel montecillo que está dentro de la laguna frontero del Tlatelolco; allí mataban una niña. El cuarto monte sobre que mataban niños llamaban Poyauhtla. El quinto lugar en que mataban niños era el remolino o sumidero de la laguna de México, al cual llamaban Pantitlán. El sexto lugar o monte sobre que mataban niños llamaban Cócotl. El séptimo lugar donde que mataban niños era un monte que llamaban Yiauhqueme.
    Estos tristes niños antes que los llevasen a matar aderezábanlos con piedras preciosas, con plumas ricas y con mantas y llevándolos en las andas íbanles tañendo con flautas y trompetas que ellos usaban. Allí los tenían toda la noche velando y cantábanles cantares los sacerdotes de los ídolos, porque no durmiesen. Y cuando llevaban los niños a los lugares donde los habían de matar, si iban llorando y echaban muchas lágrimas, alegrábanse los que los veían llorar porque decían que era señal que llovería muy presto.

    Lo más valioso del opus sahagunense es la exclamación que, en la edición mexicana más rústica, la de Porrúa (edición de 2007), aparece en la página 97:
    No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto; y ciertamente es cosa lamentable y horrible de ver que nuestra humana naturaleza haya venido a tanta bajeza y oprobio que los padres maten y coman a sus hijos, sin pensar que en ello hacían ofensa ninguna.
    Mel Gibson yerra al citar al historiador Will Durant al inicio de su filme. El sacrificio humano en Mesoamérica no era una aberración política como en su película: era un extendido fenómeno social. Gibson falseó la historia al poner como pacífica a una comunidad de cazadores-recolectores en contraste con la decadente metrópoli. La realidad parece ser que tanto los americanos que poblaban las pequeñas aldeas, y especialmente los nativos desnudos que fueron exterminados en las islas del Caribe, estaban aún más disociados que los residentes de la refinada ciudad doble Tenochtitlan-Tlatelolco. La variedad de indios que no vivía en las grandes ciudades oscilaba del caribeño antropófago al otomí de las cavernas; del fiero guaraní al canibalesco chiriguano. A diferencia de los aldeanos de Apocalypto, los tarahumaras, los temidos tobosos chichimecas, los xiximes y guarijíos practicaban la “danza de la cabeza”, en que mantenían enclaustrada a una virgen a quien le llevaban una cabeza decapitada para que le “hablara”, lo cual la mujer tenía que hacer con oscilantes sentimientos de amor y odio. A diferencia de la bucólica aldea en medio de la selva maya que nos pinta Gibson, esto es lo que hacían los aldeanos prehispánicos en la historia real.

    Que el sacrificio era un fenómeno más popular y social que político se muestra en el hecho que, después de la eliminación de los gobiernos autóctonos y de la introducción del cristianismo en la época colonial, los indígenas adoptaron la cruz como forma de sacrificio de niños. Para una psicoclase que en páginas pasadas rotulé de infanticida, la asimilación española tuvo momentos increíbles. Los indios llegaron a clavar niños de manos a una cruz con los pies atados antes de sacarles el corazón. A veces, aún crucificados se les arrojaba a un cenote, como se lee en la página 81 del segundo volumen del Archivo General de las Indias recopilado por France Scholes y Eleanor Adams en 1938. El sacerdote indio solía decir: “Mueran estos muchachos puestos en la cruz como murió Jesucristo, el cual dicen que era nuestro señor, mas no sabemos nosotros si lo era”.


    ____________________________


    Nota: El libro completo puede leerse en mi página web, aquí.


    ____________________________



    ©2008 C.T.

    La ciudad “más hermosa del mundo”



    Después de mucho pensarlo por cuestiones de derechos de autor, en esta entrada presento el capítulo 6 de El Retorno de Quetzalcóatl (los enlaces a los capítulos del 6 al 12 aparecerán al final de las siguientes entradas). Sólo una sección de mi libro será publicada en este blog.

    En mi libro explico qué es la Psicohistoria a partir de las culturas prehispánicas. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque muchos estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



    El Retorno de Quetzalcóatl: Capítulo 6

    La ciudad “más hermosa del mundo”



    Bernal Díaz del Castillo escribiría en sus memorias sobre lo que, en ruta a Tenochtitlan con sus compañeros de armas, vio a sus veintidós años:
    Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas del encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes [templos] y edificios, que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños.
    Cuando el sombrío Lutero martilleó sus tesis en los portones de Wittenberg, ningún hombre de raza blanca sabía de la existencia de un continente entero y del poder más extenso que conociera Mesoamérica: un imperio que tocaba ambos océanos y en cuya ciudad inundaba la luz. Y aún en nuestra época se desconoce la enorme plaza que asombró a Bernal Díaz porque sus camaradas la arrasaron en su totalidad. Si bien después de la conquista Rodrigo de Castañeda acusó a Hernán Cortés de desear preservar los tempos y sus efigies, México-Tenochtitlan fue objeto de un vandalismo sistemático. Ni un solo edificio quedó en pié en lo que ahora es la Ciudad de México, que recuerda lo que los romanos hicieron en la tercera guerra púnica: no dejaron piedra sobre piedra de Cartago y construyeron una ciudad romana sobre sus ruinas. No conformes con eso, después de la devastación física de los soldados, Zumárraga quemó las bibliotecas mexicas. Como dice un poema azteca:
    Hemos de dejar los bellos cantos,
    Hemos de dejar las bellas flores.
    Sin embargo, bajo las edificaciones novohispanas algunos cimientos desenterrados permiten reconstruir a los arquitectos modernos cómo era la antigua ciudad india; además de que sobrevivieron las descripciones del capitán de los conquistadores, quien nos informa que las calles de Tenochtitlan:
    son muy anchas y muy derechas, algunas de estas y todas las demás son la mitad de tierra y por la otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles, de trecho a trecho, están abiertas, por donde atraviesa el agua de las unas a las otras, y en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas, hay sus puentes, de muy anchas y muy grandes vigas juntas y recias y bien labradas, y tales que por muchas de ellas pueden pasar diez a caballo juntos a la par.
    El mismo Cortés le escribió a Carlos V que la ciudad era “la más hermosa cosa del mundo”. Mucho más grande que Sevilla, la ciudad española más grande en ese tiempo, tres calzadas convergían al centro de la ciudad lacustre, uniendo la isla con la costa. “Es cosa admirable el ver cuánta razón ponen en todas las cosas”, le escribió Cortés al rey. En las calles de una ciudad que resplandecía como una joya de piedra y agua y cielo los habitantes solían salir “a pasear unos por agua en estas barcas y otros por tierra, y van en conversación”.

    Tenochtitlan era objeto de admiración por sus treinta palacios de roca rojiza y porosa, sus casas de la clase alta (según el conquistador Diego de Ordás, superiores a las de España); su inmenso conjunto de sus casas de blanco inmaculado y construcciones decoradas con bajorrelieves y esculturas de piedra (a diferencia de otros pueblos que las hacían de barro), algunas estatuas decoradas incluso con oro, plumas y pieles de animales; por sus plumas de amarillo del papagayo; por sus piedras preciosas como el verde del jade y el rojo de los granates; por “sus himnos florecidos en la primavera y la flor del corazón nahua abierto”, y porque en ese insólito mundo en que jamás se hizo uso práctico de la rueda millares de canoas, las grandes hasta con sesenta indios a bordo, convergían diariamente en la ciudad lacustre.

    La plaza central que se ve en la imagen de arriba (en cuyo lugar hoy día se encuentra un zócalo infestado de lo que en mi anterior libro denominé “la marabunta de Neandertales”) tenía la forma de un rectángulo. Los monumentos estaban adornados con frescos, perdidos para siempre tras el derrumbamiento de las paredes que los sustentaban, y además del acueducto había fuentes que brotaban del suelo de la isla central. El palacio de Nezahualcóyotl en Tezcoco, estado perteneciente a la triple alianza junto con Tenochtitlan y Tlacopan, estaba cercado por más de dos mil sabinos. Además de este palacio Nezahualcóyotl tenía jardines en otras localidades “con andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutos y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, u otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una apertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto que ponderar”. Como en mis ensoñaciones de niño con la Coatlicue contadas en mi anterior libro, los laberintos y las cascadas artificiales de esos jardines proporcionaban un ambiente fresco y tonificante.

    Ya podemos imaginar la impresión que este mundo totalmente aparte causó en los europeos, quienes no cesaron de admirarse de la riqueza de los vestidos tornasolados; de los colores y dibujos en la indumentaria de mujeres con cabello teñido de morado para que brillara y los dientes manchados de negro con cochinilla; de la vestimenta de los nobles decorada en bordados policromos con dibujos que representaban corazones y luciendo collares de cuentas de jade, de turquesa o con enormes objetos de diorita, pelucas y pieles de jaguar, brazaletes en los brazos y tobillos, o la simple “muchedumbre de morenos bajo sus vestidos blancos”. Los guerreros se pintaban la cara con rayas; otros con polvo amarillo ocre, untándose los pies con ungüentos de copal y tatuándose las manos con diseños. Era un espectáculo verlos alrededor del emperador, los estandartes de tela y los inmensos adornos de oro y de plumas de quetzal exquisitamente cortadas formando ramilletes de mil colores; artes elaborados bajo una técnica musivaria en agudo contraste con la vestimenta negruzca de los sacerdotes con figuras de cráneos y huesos humanos. Qué desatinada es la petrificada imagen del Museo Anahuacali de Diego Rivera para transmitir el universo abierto al aire libre, luminoso y multicolor de los aztecas. Paradójicamente, los murales de Rivera (por ejemplo, éste de Tenochtitlan vista desde un hipotético punto de visto desde el mercado de Tlatelolco), son atinadísimos.

    El palacio de Moctezuma (que ocupaba el lugar donde se construyó lo que ahora es el Palacio Nacional) también causó el estupor de los europeos. Levantado con piedra volcánica porosa tenía más de cien baños; muros recubiertos de mosaicos y techos de maderas preciosas; zoológicos y jardines botánicos, albercas y jardines de flores. Las jaulas de madera estaban a cargo de cientos de hombres que atendían a las aves, gatos salvajes, pumas, jaguares y coyotes; había vastos estanques con garzas, patos, cisnes y una enorme colección de serpientes. El zoológico incluso contaba con fenómenos humanos como enanos y albinos.

    El humilde varón nahua que vivía lejos del Gran Teocali estaba poco dentro de su hogar y mucho en el exterior, y desde su chinampa constantemente veía al levantar sus ojos “la silueta de las pirámides y el blanco deslumbrador de los edificios bajo el sol de mediodía”. (En la actualidad los cimientos de los edificios españoles están llenos de piedra prehispánica y de los fragmentos de bajorrelieves y de las estatuas.) Apenas podía decirse que había arte profano: prácticamente todo arte cargaba un contenido religioso. Tlatelolco, ciudad gemela de México, tenía una plaza como del triple de Salamanca. (A partir de ahora eludo la palabra “azteca” que no se popularizó sino hasta el siglo XVIII. Usaré en su lugar el término original, “mexicas”, o alternativamente “antiguos mexicanos”.) El aspecto de la capital mexica era el de una ciudad doble. El principal barrio comercial “chispeaba con la gritería de los vendedores del mercado”. En Tlatelolco el gran templo a Huitzilopochtli era impresionante porque no había otros templos alrededor que le hicieran sombra.

    Tenochtitlan era una ciudad anfibia en medio de “aguas de flores, aguas de oro, aguas de esmeralda” que en tan espaciada arquitectura en el Valle de México tenía como techo al cielo y, como suelo, al inmenso lago azulverdoso de Tezcoco. La cantidad de dioses del panteón mexica era tan grande —sólo de deidades principales había unas doscientas— que los cronistas les perdieron la cuenta. Las terrazas de los nobles estaban coronadas de jardines. Moctezuma, quien tuvo muchos hijos con sus esposas y concubinas, tenía tres mil servidores en su palacio. La pirámide denominada Gran Teocali (“Templo Mayor” en el México actual), que se muestra en la ilustración de arriba, descansaba sobre un espacio de 100 metros de largo por 80 de ancho, y tenía unos 60 metros de altura. La fachada comenzaba con grandes cabezas de serpiente y en la plataforma había estatuas que sostenían los estandartes que se desplegaban durante las fiestas. La pirámide estaba completamente rodeada por cabezas de serpiente que formaban una muralla fortificada de aproximadamente 400 metros de largo por 300 de ancho, con cuatro puertas. Los dos adoratorios habitados por la dualidad Tláloc-Huitzilopochtli estaban pintados: uno de blanco y azul en el lado norte, y otro blanco y rojo en el lado sur. Este último estaba ornamentado con calaveras esculpidas y almenas con formas de mariposas. Defender el templo de Huitzilopochtli siempre fue considerado uno de los deberes de los soberanos. Sol y lluvia, Huitzilopochtli y Tláloc, era el legado de los tenochcas: guerreros nómadas y mexicas sedentarios. Los santuarios que coronaban la pirámide trunca eran habitáculos estrechos, aunque altos para albergar el par de estatuas de tres metros de estos dioses. Los techos de crestería imitaban a los de los templos mayas, y daban un efecto visual de mayor altitud. (Llama enormemente la atención que al otro lado del Atlántico estructuras muy similares, los zigurat, habían sido comunes en los templos caldeos o babilonios: culturas que Julian Jaynes también denomina reinos bicamerales.)

    Los antiguos mexicanos alegremente se desprendían de su mejor arte: enterrando animales, plumas, flores, insectos, tesoros y aún seres humanos como ofrendas a las deidades. Los templos mismos eran una inmensa ofrenda cargada por dentro con los restos de estos sacrificios que quedaban atrapados cada vez que se reconstruía la edificación. El Templo Mayor fue reconstruido varias veces. Al igual que los templos teotihuacanos y mayas poseía capas, una encima de la otra, como muñecas rusas. Cuando los españoles lo destruyeron encontraron que sus entrañas ocultaban innumerables joyas de oro, piedras preciosas y huesos que habían quedado encerrados a manera de ofrenda. En esta gran pirámide también se encontraba el colegio de la teocracia militar para la educación de la elite de los muchachos mexicas. Trazada bajo una aritmética perfecta que nos recuerda Teotihuacan, enfrente del Templo Mayor lucía el templo de Quetzalcóatl, la única edificación circular de la gran plaza, y a uno de sus costados la pirámide de Tezcatlipoca. Alrededor de los templos había anexos de culto como los tzompantli llenos de cabezas humanas decapitadas, muchas descompuestas hasta tornarse en calaveras, artísticamente colocadas orden horizontal. Las casas de los caciques eran enormes construcciones de madera. Las recámaras más grandes tenían más de treinta metros de largo y otros tantos de ancho.

    Es curioso que mis imaginerías al bañarme cuando vivía en la casa de San Lorenzo, contadas en mi libro anterior, hayan tenido en el pasado su correspondiente de realidad. Cierto que en esas imaginerías no visualizaba a los tambores resonantes o los hogares rojizos de los templos, ya que en Tenochtitlan se usaban principalmente instrumentos de percusión. Pero algo de esas danzas y embriaguez colectiva, una catarsis de algo recóndito en el alma nahua, llegaba a la mente del niño que fui. (Muchos han escuchado al grupo de niños, que me incluye, tocando el tambor vertical llamado huéhuetl gracias a una grabación comercial realizada cuando estudiaba en el método musical de mi padre: un apasionado del folclore nativo.) La gran danza que se celebraba a pié de las pirámides duraba horas a la luz de enormes braseros y antorchas a altas horas de la noche. Al ocultarse el sol iniciaban las danzas entre el sonido de las flautas (precisamente lo que me imaginaba oír de niño), los tambores de los templos y las llamas de enormes trípodes quemando maderas. Nada más importante, escribe Jacques Soustelle, que esos cantos y danzas para los antiguos mexicanos.
    ¿Nada de mi nombre será algún día?
    ¿Nada mi fama será en la tierra?
    ¡Al menos flores, al menos cantos!




    ____________________________


    Nota: El libro completo puede leerse en mi página web, aquí.


    ____________________________



    ©2008 C.T.