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martes, 18 de enero de 2011

Todo no desenchufado es un potencial enemigo

Advertencia: Sólo aquellos que hayan leído a Alice Miller, y mis polémicas sobre malos lectores de Miller como Luis Cuevas y Daniel Mackler, podrán entender lo que quiero decir en esta entrada.

A diferencia de aquellos pobres diablos—tanto lectores como no lectores de Alice Miller—que no han salido de una suerte de manicomio interior, desde hace tiempo yo me encuentro trabajando en el mundo real: donde la obvia prioridad es rescatar a Occidente del suicidio demográfico que padece. No obstante, hace poco más de veinte mil palabras me llevó ajustar las cuentas con un seudoamigo, Luis Cuevas (índice aquí). Y es a raíz de ese último descalabro que escribo esta nueva entrada que nada tiene que ver con el tema en el que me encuentro trabajando hoy día, el de mi blog The West’s Darkest Hour.

El caso es que un bloguero que firma con el seudónimo de “Becoming Other” (BO) ha estado diciendo grandes verdades sobre la llamada sicoterapia, incluyendo la tonta faceta new age de algunos lectores Miller. Por ejemplo, por correo electrónico ayer BO me escribió una frase que epitoma lo que pensamos del terapeuta neoyorquino Daniel Mackler: “La iluminación” que Mackler tanto predica “es disociación”.

En otras entradas de sus foros de internet BO soltó otra gran verdad. Dijo que toda sicoterapia, o movimiento de salud mental, es pedagogía. Muy cierto: y es una lástima que quienes no estén familiarizados con el legado de Miller no podrán entender lo que estas dos frases significan.

BO también ha dicho que, en lugar de buscar vindicación real en el mundo real, toda subjetivización de lo pasado en nuestro abusivo hogar es ponerse de parte de la ciega sociedad y del sistema familiar.

Una vez más: muy cierto, y sus palabras me retrotraen mi imaginada terapia A.I.

No obstante, lo que quería comunicar en esta entrada es mi conclusión global respecto a lo que me sucedió con Cuevas: el tema del índice en mi previa entrada. La presente entrada no sólo pondrá en contexto a la terapia en particular, sino a la disociada humanidad en general.

* * *

Imaginemos a Sor Juana tal y como nos la pinta Octavio Paz en el libro que subtituló Las trampas de la fe. Frente a la guerra que le hizo el arzobispo de México, Juana solicitó ayuda en Miranda, su confesor. ¡Qué error! Miranda no sólo no la ayudó: Se puso de parte del sistema y asustó horriblemente a Juana mediante ogros del superyó que le hacían sentir temor acerca de su salvación postmortem. Quien antes de la re-victimación del confesor había sido una monja comodina, después del virus mental que le inculcó el confesor escribió: “Yo, la peor de todas”. Juana se enfermó, regaló sus más que atesoradas pertenencias, y, debido a sus ascéticas privaciones virtualmente se suicidó.

Lo que le hicieron a Juana de Asbaje es una historia muy sucia: y debemos estar agradecidos con Paz por haber desenmascarado a la sociedad que crucificó a esta pobre mujer. En Nueva España no podía haber, por definición, un testigo conocedor para Juana. Ante su iniciativa de mujer independiente toda “cura de almas” del México virreinal habría sido contraproducente.

La matriz católica en la que vivía Juana no le permitía vindicación. Pero a lo que quiero llegar es a la matriz terapéutica de nuestro siglo. ¿Recuerdan ustedes aquella frase célebre de Morfeo a Neo en la primera Matrix en que, durante uno de los ejercicios de entrenamiento, le dice que cada persona que ve en ve calle es un potencial enemigo? Al depender del sistema, decía Morfeo, de reconocernos esas personas de la calle no podrían sino dispararnos.

—La matriz es un sistema, Neo— dijo Morfeo —. Y ese sistema es nuestro enemigo. Cuando estás dentro del sistema puedes ver a tu alrededor. ¿Qué ves? Hombres de negocios, maestros, abogados, carpinteros: justo las mentes que estamos tratando de salvar. Pero hasta que lo hagamos esta gente es parte integral del sistema, y eso los convierte en nuestros enemigos. Tienes que entender que la mayoría de la gente no están listas para ser desenchufadas. Y muchos de ellos se encuentran tan metidos, son tan dependientes del sistema, que lucharán para protegerlo.

Perfecta metáfora. Casi al final de la película, cuando Neo huye corriendo de tres agentes que lo persiguen para dispararle, irrumpe en la cocina de una viejita en un viejo edificio. Hay un corte fílmico y en la siguiente toma aparece el rostro del Agente Smith lanzándole uno de los cuchillos culinarios de la viejita. Los directores dieron a entender que, en la matriz, aún una dulce viejita instantáneamente puede metamorfosearse en Agente si el sistema se percata que por allí se esconde un disidente.

¡Eso fue exactamente lo que le pasó a Juana en la matriz novohispana! ¡Eso fue lo que me pasó en el México moderno con Luis Cuevas Lara! Pero no sólo con él sino con la incontable gente, terapeutas o no, con quienes intenté comunicarme durante mi adolescencia, veintes, treintas y cuarentas. Tal es, ni más ni menos, el tema de mi tercer libro de la serie Hoja susurrantes.

Y es aquí adonde quería llegar. En el muy específico caso de Cuevas, así como en el caso de los otros lectores de Miller que conocí a través de internet, creí que ya se habían desenchufado de la matriz contemporánea. ¡La horrenda verdad con que me topé ya a mis cincuenta años es que nadie lo había hecho!

“Y muchos de ellos se encuentran tan metidos, son tan dependientes del sistema, que lucharán para protegerlo”, dice la cita de arriba. Qué cosa más cierta. Sor Juana cometió un error garrafal al pedirle ayuda a su confesor, quien por cierto trabajaba en el Tribunal de la Fe, como se le llamaba a la Inquisición. Análogamente, todo aquél que haya sido martirizado por la familia comete un error garrafal al solicitar ayuda no sólo al terapeuta, sino a cualquier hombre de negocios, maestro, abogado, carpintero y demás mentes que son parte integral del sistema. Incluso podría decirse que, dado que no sólo la terapia sino las más diversas cosmovisiones de la gente son pedagógicas, prácticamente cualquier persona se comportará como una viejita transformada en Smith si osamos desenchufarnos de la matriz que controla a los billones de humanos. Prácticamente no hay excepción: si hablamos con honestidad brutal nos dispararán.

Si buscamos ayuda sobre lo que nos hicieron nuestros padres de chicos tendremos que hacer el duelo en la soledad de nuestras recámaras, y, como BO bien vio, los primeros siete libros de Miller pueden ser fundamentales para semejante duelo. Lo que la víctima de la familia no acaba de entender es que ni un solo terapeuta en el mundo entero se prestará para secuestrar a los perpetradores y conducirlos a mansiones solariegas a fin de aplicarles mi terapia A.I.

En otras palabras, las llamadas profesiones de salud mental son sólo la cresta del iceberg de la mentira en que profundamente duerme la raza humana. La terrible realidad es que si hablamos sobre nuestra tragedia familiar a cualquier Juan de los Palotes, toda acción, consejo o regaño se dirigirá contra la víctima. Sólo un verdadero testigo cómplice, como acertadamente tradujo TusQuets la expresión de Miller, nos vindicaría. Que no nos sorprenda pues que, si hablamos con cualquier habitante del tercer planeta del sistema, él o ella se comporte como viejita-Smith si cometemos la burrada de hablarle de nuestra tragedia.

* * *

Podría expander esta entrada en todo un libro pero tengo algunas cosas que hacer. Me limito a decir que, quienes quieran ir más allá de los hallazgos de Miller, pongan atención:

Ya va siendo hora que despertemos al hecho que, si existe tal cosa como un camino a la sanación del martirio que nos infligieron de chicos, ese camino se traza en nuestro combate en el mundo real. Toda subjetivización sobre lo acontecido es disociativa. Toda “iluminación” o “consejo” no pedido tipo Mackler, o “regaño” tipo Cuevas es, en última instancia, disociación de gente enajenada en el sistema. Es el mundo real lo que tenemos que conquistar, incluso por las armas, en un futuro próximo: precisamente la moraleja de mi blog The West’s Darkest Hour.

Mientras tal guerra llega, y seguro que llegará más tarde en este siglo, recordemos las citas de Will Durant que, hace ya más de dos años, capturé para este mismo blog sobre la nefasta influencia de Oriente en Occidente. Ese artículo epitoma por qué creo que toda interpretación misticona o regañona sobre el legado de Miller es disociación cobarde. Casi al final del artículo escribí: “Desde que asimilé el pensamiento de Durant y otros, no volvería a ver con los mismos ojos a la religión oriental, la subcultura hippie, el new age e incluso las sicoterapias occidentales que, a diferencia del espíritu ateniense, renacentista o ilustrado, nada hacen para cambiar al mundo”.

viernes, 14 de enero de 2011

¿Existe la sicoterapia?



“La terapia, en el sentido que un oído amigo puede comprarse con dinero, no existe. Solicitar los servicios de un terapeuta es similar a solicitar los servicios de una prostituta. La ramera cobra por rentar su cuerpo. El terapeuta cobra por rentar su mente. La prostituta no puede proveer verdadero amor a sus clientes. El terapeuta no puede proveer verdadera amistad a sus pacientes. La prostitución bastardea al amor. La terapia bastardea la amistad”. —C.T.
MUDÉ LOS ARTÍCULOS DE ESTA ENTRADA: AQUÍ

jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Llevando a Alice Miller “al siguiente nivel” o un gigantesco paso hacia atrás?

En memoria de Alice Miller, aquí presento una traducción de mi reciente reseña de un libro en Amazon Books.


A diferencia de un libro académico que Daniel Mackler coeditó, y a diferencia de otro libro escrito en colaboración con muchos autores, Toward Truth (Hacia la verdad: una guía psicológica de iluminación) es la declaración más personal de Mackler. Tanto en la imagen de la portada del libro como en su contenido, “iluminación” es un concepto tan central en Mackler (“Se trata de mi tema favorito, el más precioso para mí que todos los demás, de verdad”) que es pertinente analizarlo.

En primer lugar, ¿es Danny Mackler realmente un “iluminado”? Como defensor de los niños, lo que más llama mi atención de los libros y escritos de Mackler, incluyendo Hacia la verdad, es el hecho de que no da crédito a Lloyd deMause, un pensador social conocido por su trabajo en el campo de la psicohistoria. DeMause vive en la misma ciudad de Mackler y comenzó a publicar sobre las diversas formas abusivas de crianza de los niños cuando Danny era un niño pequeño. Por supuesto, cuando uno se entera de que la conclusión final de la psicohistoria demausiana es que los métodos de crianza son aún peores en las culturas no occidentales, la razón por la que Mackler apriorísticamente despacha a la psicohistoria se vuelve vidente.

Como la mayoría de los neoyorquinos no gentiles, Mackler es un ultraliberal que se suscribe a las modas posmodernas en nuestro suicida zeitgeist (de los libros que he reseñado para Amazon, véase especialmente mi reseña de libro de Michael H. Hart Conservando la civilización occidental). Quizá Mackler no esté plenamente consciente, pero inconscientemente se suscribe a lo que los antropólogos llaman relativismo cultural. Mackler escribió:
Esto [el concepto de “psicoclases” de deMause], para mí, representa un peligro: etiquetar a otra cultura de inferior, o etiquetarla de “totalmente infanticida”. Básicamente el concepto nos dice que ellos están totalmente mal, son viles, inútiles y estúpidos, y que no tenemos nada que aprender de ellos; cuando eso no siempre puede ser el caso. Asimismo, el concepto resulta en que se nos haga muy fácil idealizarnos.
Por supuesto, Mackler es ignorante de la psicohistoria. Ni deMause ni otros psicohistoriadores dicen que las tribus son “totalmente infanticidas”. Cuando un terapeuta que coquetea con el New Age como Mackler lleva a cabo su “conexión interna” que supuestamente culmina en la “iluminación”, ¿está diciendo que es posible sanar al mundo a través de la introspección, sin acción política alguna (incluyendo guerra contra las culturas inferiores)? Cuando se enfrenta con el pensamiento político conservador, Mackler distorsiona la psicohistoria y mágicamente trasmuta horribles hechos históricos, como el infanticidio y el sacrificio de niños entre los aborígenes, a un mirarse en el ombligo. En el foro que debido a mis críticas Mackler cerró, escribió:
Lo más probable es que nunca vaya a ir a Nueva Guinea [el hogar de una terrible tribu infanticida] y ellos nunca oirán de mí. Mi trabajo—nuestro trabajo, como yo lo veo—, es “reformar a las más regresivas psicoclases” dentro de nosotros mismos, para sanar nuestro interior. Una parte de mí sigue siendo primitiva y regresiva.
Mackler confunde así al mundo objetivo donde los no-occidentales abusan más de sus hijos, con su pequeño y subjetivo mundo plagado de New Age. Esencialmente nos está diciendo que su trabajo es estar libre de sus traumas interiores, ¡como si tal práctica acabaría con el comportamiento infanticida de los padres de Nueva Guinea!

El infanticidio en Oceanía y en las tribus que persisten en el mundo no tiene un impacto directo en nuestra civilización. Pero en tanto que los niños y las mujeres son muy maltratados en el Islam, la migración masiva de los musulmanes a Europa se ha convertido en un problema.

Esto debería ser una obviedad para los defensores auténticos de los niños. Pero me impacta sobremanera el hecho de que tanto los fans de Miller como los de deMause—incluyendo Mackler ¡y aún los críticos de Mackler!—, se obcecan deliberadamente ante ello. Aquí no puedo hablar de los libros de Bruce Bawer, Robert Spencer, Oriana Fallaci y muchos otros. Baste decir que con el colapso demográfico de los Caucásicos está poniendo en grave peligro la causa de los defensores de los niños y lo que deMause llama “modo ayuda” en puericultura. Esto se debe a que, al igual que Mackler, muchos padres potencialmente “ayudadores” se niegan a reproducirse. Y lo peor es que los inmigrantes musulmanes se reproducen profusamente y anhelan imponer la ley islámica en Europa, es decir, la ley coránica que exige un mayor abuso de las mujeres y los niños de lo que hacemos los occidentales.

A Will Durant le llevó más de tres décadas escribir su monumental Historia de la Civilización. Después de terminar los diez volúmenes de la Historia siguió su ensayo Las lecciones de la historia, que refleja tanto la erudición de Durant como su sabiduría acumulada. Leí Las lecciones de la historia en 1996 y me gustaría citar algunos extractos de uno de los capítulos, “La biología y la historia”. Resuena con el punto que estoy tratando de hacer frente a la ética Mackler (“Mi verdadero punto de vista trata de lo horrible que los padres [occidentales] son, y por qué no deberían tener hijos, el tema de mi artículo sobre Alice Miller”).

Will Durant escribió:
Así que la primera lección de la historia biológica es que la vida es competencia. La segunda lección biológica de la historia es que la vida es selección. No nacemos libres, ni iguales. La naturaleza ama la diferencia. La desigualdad no sólo es natural e innata, sino que crece con la complejidad de la civilización.

La naturaleza sonríe ante la unión de la libertad y la igualdad en nuestras utopías. Porque la libertad y la igualdad son enemigos jurados y eternos, y cuando uno se impone el otro muere. Dejad al hombre libre y sus desigualdades naturales se multiplicarán casi geométricamente, como en Inglaterra y Estados Unidos en la década del siglo bajo la laissez-faire.

Las utopías de la igualdad están biológicamente condenadas.

La tercera lección biológica de la historia es que la vida debe procrear. La naturaleza no hace uso de organismos, variaciones o grupos que no pueden reproducirse en abundancia [como los homosexuales, a quien por cierto Daniel Mackler defiende con vehemencia]. Tiene pasión por la cantidad como requisito previo a la selección de la calidad. No le importa que un alto porcentaje esté por lo general acompañado de una civilización cuya cultura sea baja, o una baja tasa de natalidad en una civilización de alta cultura. La naturaleza vela para que una cultura con baja tasa de natalidad sea periódicamente castigada por el grupo más viril y fértil.

Es divertido encontrar a Julio César en 59 A.C. ofreciendo premios a los romanos que tuvieran muchos niños, y prohibiendo a las mujeres sin hijos que llevaran joyas. En Estados Unidos la baja tasa de natalidad anglosajona ha disminuido el poder económico y político de ese grupo étnico. Así que la tasa de natalidad, como la guerra, puede determinar el destino de las teologías, al igual que la derrota de los musulmanes en Tours (732) mantuvo a Francia y a España libres de sustituir la Biblia por el Corán.

No hay mejor humorista que la historia...

En comparación con la Historia de Durant, el libro de Mackler Hacia la verdad parece haber sido escrito en Marte.

El problema central es el concepto mimado por Mackler, la “iluminación”, un estadio mental definido ¡por Mackler mismo! (“no sueños”, “no inconsciente” y cosas similares). Sí, es Mackler quien define cuándo una persona caucásica está lo suficientemente iluminada y por lo tanto tiene derecho a tener hijos. Absurdamente, Dan Mackler no predica a los inmigrantes moros que detengan su reproducción. Y mucho menos ha sugerido, como podríamos concluir al leer Conservando la civilización occidental (citado arriba), que expulsemos tanto a ellos como a otros abusadores de niños del tercer mundo que viven en Europa y los EE.UU.

Si la “iluminación” de la que habla Mackler o ética del No Te Reproducirás fuera su decisión privada, no casarse y no tener hijos, no me opondría. Pero Mackler predica a los demás: “ellos no deben tener hijos” (el énfasis es mío). Y Mackler coloca la barra del salto de altura para obtener el derecho a criar tan alto que cree que el Iluminado, presumiblemente quien sí podrá reproducirse ¡no tendría necesidad de soñar! Si todos los occidentales siguieran su consejo tanto nuestra civilización como la raza blanca se extinguirían. Y si la psicohistoria está en lo cierto, el Occidente suicida de Mackler dejaría a los niños del mundo en peligro mucho mayor de ser maltratados en las culturas no occidentales sobrevivientes.

¿Cómo podríamos entender la mente extraordinaria de Mackler? En Hacia la verdad, siempre que Mackler habla del niño maltratado se refiere a éste como un “él”, mientras que el padre abusivo siempre es una “ella”. Esto me hace leer su texto entre las líneas.

Usando su verdadero nombre—Daniel Mackler—, Mackler ha confesado en videos de YouTube que el perpetrador en su vida fue su madre. Qué curioso... ¿No será que su distribución de los roles de género indica que el alboroto que armó en su gran ensayo sobre la pobre de Alice Miller (presumiblemente debido a su fantasía sexual ocasional, no actuada, hacia sus hijos) sea proyección del mismo Mackler? Infortunadamente, Mackler ha declarado que no va a publicar su autobiografía en cuatro volúmenes durante el lapso de nuestras vidas, donde explica exactamente qué le pasó de niño. Danny escribió:
He tomado algunas decisiones respecto a mantener la mayoría de los aspectos de mi vida personal privados, por lo que podría parecer como hipócrita eso de mi hablar de las vidas personales de otros. A veces me siento culpable por eso. Pero en el caso de Ellie Van Winkle [su crítica aparece aquí], sin embargo, ha estado muerta durante más de cinco años, así que creo que es aceptable. Además, no tengo ninguna intención de dejar a mi historia personal siempre sin contar. De hecho, he escrito una gran cantidad sobre ello, con gran detalle tanto en lo que digo sobre quienes me traumaron como sobre las formas muy saludables, y muy enfermizas, en que reaccioné. Pero no puedo ver su publicación a corto plazo. Creo que se trata de décadas y décadas al futuro. Tal vez después de que yo y muchos otros hayan muerto. No lo sé...
Mackler está equivocado. Hacia la verdad no “lleva a Alice Miller al siguiente nivel” como se nos vende en la contraportada. Todo lo contrario. A diferencia de Mackler, Miller compartió mucho sobre su vida íntima. Andreas Wirsén, un fan de Alice Miller, ha señalado en un artículo que afirmaciones como la anterior cita de Mackler nos parecen un salto gigantesco hacia atrás desde el legado de Miller. No, no crean esto sólo porque yo lo digo. La prueba está en el postre: prueben los libros de Mackler; compárenlos con los de Miller, y vean qué quiero decir.

Quería publicar mi desenmascaramiento de Daniel Mackler antes de que pasara el año en que mi querida Alice Miller murió. Mi conclusión es que los estudios sobre la infancia sí pueden tomar un nuevo camino, “un siguiente nivel” como escribe Mackler. Pero lo que necesitamos es un camino más sano, digamos la unión de los hallazgos de Miller con la psicohistoria. (He escrito un libro sobre el tema, El retorno de Quetzalcóatl disponible en mi web, pero rebasa con mucho esta reseña).

domingo, 20 de junio de 2010

Pinocho y Alice Miller

Earl Hazell inicia así su reseña sobre el primer libro de Alice Miller: “Este es uno de esos libros que no son para los febles de corazón”, y la termina con estas palabras: “Compra este libro; deja la más reciente tentativa de ensayo sobre política moderna y el último caramelo neo-espiritual de la lista de bestsellers, e inicia un verdadero viaje”. Otra reseñadora se manifestó de este modo:
Alice Miller ha expresado exacta, precisa y cabalmente mis conclusiones sobre mis experiencias de los últimos treinta años de reconstrucción personal después de una infancia devastadora. Dios: ¡qué alivio! Es bello ver cómo hace añicos lo que he encontrado que es el tabú más potente de la sociedad humana. Al hacerlo, me ha dado una poderosa validación personal; nunca imaginé qué tan poderosa.
Otro reseñador de internet nos advierte: “Si lees este libro, prepárate para no hablarle a tu madre por un tiempo”. Y aún otros confesaron que la lectura había sido “una invasión espiritual” que les había “pegado como un martillo”.

Miller es la antítesis de los profesionales de salud mental que guardan un distanciamiento emocional sobre su materia de estudio. Su tema central es el asesinato de almas de niños y adolescentes por parte de sus padres: algo que la humanidad ha condonado por milenios y que requiere de un exposé tan cargado de tinta y bilis como el Archipiélago Gulag. No obstante, en contraste a los campos de trabajo forzado y de exterminio, no hay categorías vernáculas para transmitir la importancia o la dimensión del tema que nos atañe. Tratar de hacerlo en una sola entrada de blog sería riesgoso para nuestra credibilidad. Otro reseñador de Miller nos dice: “No es sorpresa que este libro no sea un importante bestseller y que no esté disponible en todos lados. El libro realmente se enfrenta al sistema”. Añadiría que una nueva estirpe de seres humanos, como la de estos reseñadores, han comenzado a despertar de la matriz social como nadie lo había hecho en la historia: un amanecer o enfrentamiento al sistema con el que ni siquiera se atrevieron a soñar los filósofos de la Ilustración.

Permítaseme recoger unas frases más sobre las impresiones de los lectores de Miller: “Sentí como si mi mente hiciera contacto con algo escondido dentro de mí que siempre he sabido. Por primera vez en mi vida siento que no estoy sola”, escribió Barbara Rogers. Y según otro reseñador: “La pregunta ahora es si este conocimiento alcanzará a suficientes personas en posiciones de poder”.


Pasajes del libro de Alice Miller El saber proscrito:

El paciente necesita estar rodeado de personas que se pongan sin reservas a favor del niño. Yo no encontraba en ninguna parte a esas personas, ni siquiera en los terapeutas primarios.

Quería saber lo que había sucedido en mi primera infancia, pero me faltaban los instrumentos necesarios. Con mis herramientas de sicoanalista no iba a ninguna parte.

Viendo cómo muchos terapeutas siguen negando la verdad acerca de los malos tratos en la infancia, no me cuesta nada imaginarme que ahí se halla una parte importante de la respuesta a mi pregunta.

Al principio casi no podía concebir que mis ideas fuesen correctas a pesar de ser yo la única que las sustentaba. Si todos estaban de acuerdo, pensaba, en que sólo se pueden superar los síntomas si se perdona a los padres, ¿cómo puedo estar segura de no engañarme? Al fin y al cabo todos los demás, en conjunto, tienen que poseer mucho más experiencia que yo. Sólo una cosa me dio la respuesta: los recuerdos, recientemente evocados, del terror destructivo de mi madre. Comprendí que ese acuerdo general entre todos los terapeutas no es fruto de sus experiencias, sino de su educación.

En las numerosas discusiones en grupo en las que abordé el tema, apenas si había terapeutas que pudieran desprenderse de la creencia de que para librarse de los síntomas hay que perdonar a los padres... No se daban cuenta que de tal manera ejercían una manipulación pedagógica, y ello para alcanzar un objetivo al servicio de la moral tradicional. Al aliarse con dicha moral, los terapeutas recogen la herencia de los educadores que siempre se ponen de lado de los adultos y en contra del niño.

El sustrato moral de esas terapias era la ineludible exigencia educativa de perdonar a los padres una vez pasados los accesos de ira temporalmente permitidos. Tuve noticia de una persona que, al final de una terapia semejante “se lo perdonó todo” por fin a su padre —un sádico—, y al cabo de dos años mató, sin motivo aparente, a un hombre que no tenía culpa de nada. Esa información confirmó mis suposiciones.

Como ya ha perdonado a sus padres durante la terapia, el sujeto no podrá dejar paso a sus nuevos sentimientos de ira, y correrá el riesgo de proyectarlos sobre otras personas. Dado que entiendo por terapia el descubrimiento sensorial, emocional y mental de la verdad reprimida en el pasado, veo en la exigencia moral de reconciliación con los padres un bloqueo y una paralización insoslayables del proceso terapéutico.


En las cartas dirigidas a Miller se hallan a menudo estos consejos:

  • “Eso sin duda fue un mal trago para usted, pero hace ya tanto tiempo. ¿No va siendo hora de olvidarlo?”

  • “El odio no le hace a usted ningún bien, le envenena la vida y prolonga su dependencia de sus padres. Hasta que no se reconcilie con sus padres, no se verá libre de ellos”.

  • “Intente ver también el lado positivo. ¿Verdad que sus padres a los que usted califica de malvados le pagaron sus estudios? ¿No le parece que usted es injusta?”

  • “No quiero forzarla a perdonar, pero no tendrá usted paz si sigue siendo tan intransigente, si no perdona”.

  • “Nadie se cura echándole la culpa a otros. No hay que olvidar que el niño también tiene una responsabilidad”.

  • “Los padres también son personas y pueden equivocarse”.


  • En su libro Miller les responde a esos llamados a la moral tradicional:

    Todas estas afirmaciones tienen algo en común: son desorientadoras y falsas, pero pasan generalmente por verdaderas, pues las conocemos desde siempre.

    El odio reprimido e inconsciente tiene efectos destructores, pero el odio vivido no es veneno, sino uno de los caminos por los que se sale de la trampa, del disimulo, la hipocresía o la franca destructividad. Y uno en verdad se cura cuando, libre de sentimientos de culpabilidad, deja de exonerar a los auténticos culpables; cuando uno se atreve a ver y sentir por fin lo que éstos hicieron.

    Cuanto más claro veía que muchos de los actuales terapeutas se dedicaban a proteger el sistema educativo de sus padres a costa de los pacientes, mayor se volvía mi desconfianza hacia las terapias.


    Intercambio con un lector de Miller en septiembre de 2006:

    —¿Has leído el cuento original de Pinocho de Carlo Collodi? Es lectura obligatoria, creedme.

    —No, no lo he leído. ¿Es similar a la vieja historia de Pinocho?

    —La “vieja historia” es en realidad la serie publicada en 1880 en una revista de Carlo Collodi (la película de Disney es una traición del cuento italiano original). Collodi proyectó sus sentimientos sobre sus abusivos padres hacia los tremendamente manipuladores personajes de Geppetto y el Hada Azul. En la historia original, en el capítulo XV para ser específico, Pinocho es ahorcado enfrente de la mansión del Hada Azul y la maternal hada no lo socorre. Exclamó palabras como las de Jesús en la cruz:

    “¡Oh papá!, ¡querido papá! ¡Si estuvieras aquí!”

    Esas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida se quedó tieso como muerto.



    El editor le pidió a Collodi que rescatara a Pinocho en el siguiente número de la revista.

    Al igual que mi padre, de niño Collodi había sido atormentado en una escuela de jesuitas, y, como jamás ajustó cuentas con ellos posteriormente se identificaría con el agresor. Para ganarse el pan Collodi ilustró aburridos libros de texto para niños y vivió siempre con su manipuladora madre (proyectada arquetípicamente en el Hada Azul).

    Aunque Miller no analizó el cuento, el original de Le avventure di Pinocchio es la peor clase de “pedagogía negra”, como diría (los consejos de las misivas arriba citadas ejemplifican qué entendía Miller por pedagogía negra). Los padres y el sistema escolar son idealizados a costa del yo interno del niño. Gran bestseller, fue usado para manipular y socializar niños a principios del siglo XX.

    Vale la pena leer el cuento original...

    martes, 17 de marzo de 2009

    Mi primer lector

    El sueco Andreas Wirsén, amante de la literatura, ha sido el primer lector de mi obra Hojas susurrantes, la cual comprende cinco libros. Por carta Wirsén me ha dicho que, para él, fue enormemente refrescante leerme; y textualmente me confesó que está agradecido de que comparta el mundo con alguien como yo.

    Aún así, como apenas he mandado el primero de los cinco tomos de
    Hojas susurrantes a los agentes literarios aquí en España, sólo tengo la satisfacción de haberla terminado después de veinte años de trabajo, además de la remuneración que Wirsén me envió por un pesado encuadernado que le envié a Suecia de los primeros cuatro tomos. En pocas palabras, Hojas susurrantes edifica a partir del legado de Alice Miller y Lloyd deMause.

    Por lo que respecta a sus fans, creo que la peor censura es la autocensura: y no deja de enfadarme que incluso los más lúcidos lectores de Miller se acobarden a la hora de hablar de su familia, o de aceptar los crudos hechos de la psicohistoria descubierta por deMause. Me refiero al neoyorkino Daniel Mackler y al holandés Dennis Rodie, a quienes conocí en 2006 a través de internet y con quienes mantuve una intensa conversación en diversos foros. He hablado de ello en la entrada
    An analysis of the limits of Daniel Mackler de mi blog en inglés. Me apetece traducir lo dicho por Wirsén en esa entrada, aunque él escribió en términos más cordiales que mi regañina a ese par. Nótese la afirmación de Wirsén de que, después de Miller, toda propuesta artística que presuma hurgar el alma debiera cumplir con las nuevas reglas del juego. Ya había hablado algo de esto en mi entrada sobre lo que llamo"literatura antidiluviana", la literatura previa a tocar con los dedos al monolito que aparece en la película 2001, por decirlo metafóricamente.

    En el foro de Dennis Rodie, Wirsén escribió:

    Que el autor secretamente está contrabandeando, escamoteando y embelleciendo; frecuentemente mintiendo y anestesiando su infancia emocionalmente abusiva, es algo que Alice Miller tiende a implicar al abordar las obras de arte: un proceso mental en el que nosotros como sus lectores fácilmente caemos, ¿no? Que el trabajo de Kafka es básicamente explicable como una dramatización artística de la inseguridad de un niño sobre los verdaderos móviles de sus padres; que las mujeres vampiresas de los poemas de Baudelaire son de hecho su emocionalmente distante y seductora madre... —tal es la única entrada al trabajo de Baudelaire que puedo aceptar, la única manera en que puedo leer su trabajo con interés.

    Por lo mismo, el trabajo artístico después de Alice Miller demanda una nueva apertura y concienciación del creador. No podemos masticar y masticar las emociones no procesadas de nuestra infancia encontrando ingeniosas maneras de presentarlas, y llamarles Arte. Estamos ante un nuevo juego y las apuestas están en el aire. (¿O será sólo el impulso de Pol Pot del artista buscando amor a través de que otros acepten sus grandiosas fantasías? Como Pol Pot, tratando de erradicar todo lo que se hizo antes. “¿No lo ves?: Shakespeare fue un escritor débil porque escribió antes de Miller y deMause. Disparémosle en el cuello y en las rótulas para dejar espacio para Mi, Mi, MI trabajo!”) Lo que nos conduce al tema de este posteado: la crítica de César Tort a la novela de Dennis Rodie, The Curse of the Third-rate Artist. Discutirlo nos conduce a las diferentes visiones del mundo y aun temperamentos de estos dos escritores.

    Primero quisiera decir que creo que César es un prometedor e interesante escritor que en su trabajo intenta abordar temas muy panorámicos, los cuales también son importantes para mí. Como brevemente mencioné arriba, creo que los artistas que trabajan después de Alice Miller tienen una nueva responsabilidad de estar conscientes. A ello le añadiría la meta-perspectiva de la historia desarrollada por Lloyd deMause, la cual dice que toda la historia humana, y en particular sus aspectos destructivos, se basa en el maltrato a la infancia. “La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco....”, inicia su trabajo más importante. Miller dice lo mismo, pero no tan sistemática y claramente como la elaboración que, a pesar de todo, ha tenido lugar. Puesto en perspectiva, los maltratos emocionales y la estresante vida que a Martin Maag, el narrador de la novela de Dennis, le infligieron, pudieron ser tan destructoras como fueron, pero menos destructoras y menos generadoras de las psicosis aullantes hacia la luna y el pensamiento mágico que las puericulturas de la Edad Media europea produjeron.

    La crítica a tu novela que César escribió en el contexto de la polémica alrededor del llamado Maltrato [Ritual] Satánico en otro lugar de este foro debe entenderse en este contexto. La novela de Dennis Rodie no tiene la misma meta-perspectiva de César Tort, algo que desde su punto de vista el Sr. Tort ve naturalmente como una debilidad. Como yo mismo estoy interesado en la idea de escribir y en la expansión de la conciencia de la que el escribir es la huella física con fines de comunicación como lo que César Tort está desarrollando, comparto, en parte, su crítica. Permítaseme, para agilizar y simplificar este posteado, citar las partes relevantes de una carta-reseña que recientemente le escribí a Rodie después de haber leído su novela The Curse of the Third-rate Artist.
    La reseña de Wirsén sobre la novela inédita de Rodie puede leerse en el foro online de este último. Por otra parte, Daniel Mackler, el otro gran lector de Miller quien fuera nuestro amigo, nunca compartió su enorme autobiografía con ninguno de nosotros.

    Continúa Wirsén:
    Permítaseme por un momento personalizar el asunto. Sobre lo que deseo, y sobre el tipo de escritura que quisiera producir, una perspectiva que el mundo necesita, creo que César es pionero en desarrollar un nuevo deporte. Sus logros serán los míos, e incluso su fallos serán valiosas lecciones. La manera en que osa manifestarse expresivamente enojado es inspirador para mí, aunque en lo que a mí se refiere no estoy seguro adónde me llevaría. Quizá por mi temperamento (que no puede corregirse); quizá por falta de coraje (que, si es el caso, debiera conquistarse) no puedo manifestar tan claramente mi enojo. Por otra parte no el enojo, sino la sensibilidad, parece ser la estrella guía de la novela de Dennis Rodie. Para mí, el jurado está por emitir su juicio, y el desarrollo futuro de César y Dennis, como seres humanos y como artistas, me proporcionará la información necesaria para saber qué camino tomar.

    El pentateuco de César, Hojas susurrantes, se expande a partir de una corajuda epístola a la madre, a través de un tratado antisiquiátrico, a una autobiografía brutalmente honesta (así se me dice, aún no he llegado a esa página), a la historia de su familia, a una crónica del sangriento pasado de su nación, hacia una evaluación de la raza humana y donde nos encontramos ahora, lo cual es una expansión y una nueva dirección del pensamiento demausiano: la rápida erradicación de quienes maltratan o hieren a los niños, impidiendo de ese modo que la humanidad se desarrolle de la manera más óptima. Cómo César desenlazará esto en su último libro será una experiencia muy excitante de compartir. Eso es todo lo que sé. El que esté o no de acuerdo y hasta qué punto, es otra de las cuestiones en que el jurado está por pronunciarse. Como contraparte negativa, él podría estar acerándose peligrosamente a una nueva motivación para el genocidio, un nuevo giro del viejo régimen nazi.

    Daniel Mackler, en sus escritos, parece implicar que existe una falta de lo que llama “iluminación” de César Tort en este sacar a la luz pública su vida emocional y la de su familia. Que es malsano exhibicionismo, un desafortunado desarrollo de un alma torturada, más bien que la perla que produce la calma por la piedrecilla de arena que tortura, corta y esculpe, en su vulnerable carne rosa a fin de parar el dolor.

    Me inclino a la postura de César en este conflicto. Yo mismo tengo ambiciones de convertirme en un gran escritor y encuentro que, después de asimilar el pensamiento de Alice Miller, la obra de arte que no es intensamente personal y honesta no recompensa. ¿Estará sugiriendo Mackler que nos guardemos nuestras historias a nosotros y, así curados, nos sentemos en estado solitario y búdico cuando en vez de eso podemos hacer que nuestras historias salgan a cambiar la conciencia del mundo real? Como dije, me inclino a la interpretación de Tort, pero como siempre el jurado está por pronunciarse. Y creo que incluso Mackler no podrá evitar ver la obra de Tort, como lo ha hecho antes con las psicobiografías y autobiografías—la motivación de escribir que él encuentra dudosa—; no puede eludir mirarlas como un bello choque de automóviles provisto, como entretenimiento para el Buda, de la carne y sangre de otros. El Buda se la pasa flotando en el mundo sufriente con un rostro distante.

    Todo lo que he escrito arriba debe apreciarse como mi hallazgo de los escritos de Daniel Mackler, César Tort y Dennis Rodie: una revelación y aspiración de la vida de una nueva conciencia integrada, pulsando con una auténtica capacidad a las emociones, la cual he hallado antes en la obra de Alice Miller y de Lloyd deMause acerca de la cual, una vez saboreada, nada se le compara. Por eso tanto me interesan estos tres [Mackler, Tort, Rodie], leerlos y reflexionar sobre ellos, así como el escribir este texto.

    Andreas.


    Cuando Andreas Wirsén posteó el comentario de arriba aún no le había enviado el quinto y último libro de mis Hojas susurrantes. De ahí su preocupación sobre un nuevo motivo de genocidio, que hasta lo relacionó con el régimen nazi. No obstante, una vez que se lo envié y lo leyó, me comentó por carta:
    “Algo del manuscrito que me sorprendió, sin embargo, fue tu sensible tratamiento sobre el deseo de extermino total. Había imaginado que éste sería terreno de opiniones fuertemente discrepantes entre nosotros, pero manejaste el asunto con delicadeza. El odio es ideal, todo lo demás es Realpolitik. Incluso puedo suscribirme a esa opinión —¡a veces lo único que quiero es que todo este doloroso mundo vuele en llamas!”
    Wirsén se refiere a lo que llamo “el exterminio de los Neandertales”, y lo único que puedo adelantar por ahora es la referencia obligada a tres películas que produjo Stanley Kubrick.

    El Doctor Insólito es una comedia de humor negro que termina con una guerra nuclear que extermina a la humanidad. 2001: Una Odisea del Espacio finaliza con el advenimiento del Niño Estrella que está por metamorfosear a la humanidad en una especie más elevada. Respecto a Inteligencia Artificial —la cual Kubrick planeó por once años pero no pudo dirigirla porque la muerte lo sorprendió y su esposa se la encargó a Spielberg—, la trama continúa aún cuando el Homo sapiens está extinto…