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domingo, 5 de septiembre de 2010

“Anónimo”


Nota de diciembre 15 de 2010:

Escribí esta entrada cuando un comentario mío en el blog de José Luis Cano Gil misteriosamente desapareció hace unos meses.

Estos días he estado revisando, uno por uno, los artículos de mi blog en inglés. He descubierto que, con toda probabilidad, Teresa, de quien he hablado tanto, posteó una cantidad de comentarios hipercríticos y frecuentemente insultantes bajo seudónimos (o como se diría en la jerga de internet, sockpuppets). He borrado muchas entradas de 2009 junto con los comentarios de los sockpuppets de Teresa porque ese año me limité a “copiar y pegar” lo que veía en otros blogs sobre la islamización de Europa. Los borré no porque censurara lo escrito, sino porque, en su encarnación actual, en mi blog en inglés sólo dejé la crema y nata de tanta cosa que había subido.

Comportándose de manera similar a lo que Tere hacía en mis blogs, hoy me enteré que un sujeto anónimo posteó un comentario sumamente crítico sobre mí en una entrada del foro Psicodinámica y humanismo de mi amigo José Luis Cano Gil. Me resulta molesto esto del anonimato pues, aunque yo firmo con el nombre de “Chechar”, en la blogósfera todos conocen mi verdadero nombre. Así que no me aguanto las ganas de responderle a esta persona que, escudándose en el anonimato, citó unas palabras mías que originalmente había escrito en el foro Gates of Vienna. Anónimo le preguntó al amigo José Luis:
¿Has leido la última entrada en el blog del autor del video, en la que cita tu enlace?
¿Has leido su blog en inglés? Moraleja: antes de enlazar a alguien en tu blog, infórmate antes sobre el susodicho... Una cosa es la libertad de opinión y otra promocionar a personas que escriben cosas como la siguiente: (extractos de entradas en su blog en inglés que ha borrado recientemente pero que persiten [sic] en foros en los que participaba):
A renglón seguido de esos dos puntos, Anónimo citó unos pasajes en que yo hablaba de los futuros nazis. He aquí mi respuesta a:


Anónimo:

He explicado mis borrados arriba. No obstante, todo lo que dije en ese hilo de discusión que mencionas está aún intacto en esta entrada. Y no me retracto de aquello de “reinaugurar Auschwitz”. El problema con eso de sacar citas fuera de contexto como lo hiciste es que se pierde el hilo de la argumentación. Ahí te va el contexto:

1. En primer lugar, Gates of Vienna es un sitio filosemita (cuando escribí eso que citas yo también era filosemita);

2. Gates of Vienna se dedica a despertar a la población sobre el problema de la islamización de Occidente;

3. En un controversial artículo, el bloguero que escribe en Gates of Vienna con el nombre de El Inglés dijo que Inglaterra se encaminaba al genocidio de moros en un futuro (recordemos la película Hijos de los Hombres del mexicano Alfonso Cuarón, ubicada en una Inglaterra inundada de inmigrantes el año 2027);

4. El artículo de El Inglés no era un llamado al genocidio, sino una descripción de un posible futuro;

5. A pesar de ello, tanto escándalo causó el artículo de El Inglés en otros blogs que, desde entonces, algunos sujetos del movimiento anti-yihadí quitaron a Gates of Vienna de sus enlaces en sus respectivos blogs;

6. A partir del artículo de El Inglés surgieron otros artículos en Gates of Vienna sobre cómo expulsar a los moros de Europa sin caer en un futuro genocidio.

Anónimo: Sólo en el contexto de arriba se apreciarían mis posteados en Gates of Vienna. Lo que dije en ese foro es claro y transparente, e invito a los que lean inglés a leer todo el hilo de discusión. Cierto: el bloguero Conservative Swede, de cuyo blog sacaste la cita mía, se enojó mucho conmigo en ese hilo. (Pero mi disputa con ese sueco es otro asunto.)

Lo que en el hilo de discusión enlazado arriba dije es que “Auschwitz II” sería una farsa. Una farsa en que, si bien morirían los ingenieros sociales que crearon Eurabia, el objetivo sería asustar a los millones de moros (en Francia ya son el 10% de la población y aún más en otros países europeos según el video de abajo) para que abandonen el suelo europeo.

Nada de este escenario hipotético violaría los derechos humanos, obviamente. Ni siquiera aquello de mi “show televisivo” para ajusticiar a los traidores blancos que crearon Eurabia. Aplicarles la pena de muerte no sería nada nuevo. Antes de que la Unión Europea y el liberalismo galopante se apoderaran de Europa, la pena de muerte en casos de alta traición era muy común.

En la blogósfera anglosajona me caracterizo por decir las cosas más incendiarias que se me ocurran. Escribo en inglés como hablo en español en el video empalmado en el blog del amigo José Luis. Pero si se analizan a fondo mis palabras, se verá que son más “show” que otra cosa.

¿Quién podría condenarme por sugerir ajusticiar a los traidores y, a través de ese susto, sacar de nuestras tierras a los moros—sin necesidad genocidarlos como predecía el artículo de El Inglés? Porque son los moros quienes andan diciendo que, una vez que demográficamente alcancen mayoría en las próximas décadas, nos impondrán la ley coránica como lo habían hecho en Andalucía.

jueves, 16 de abril de 2009

Nuevas leyes orwellianas

En los pensamientos finales de su célebre serie Civilización de 1969, la primera serie televisiva de su género, Kenneth Clark nos confesó su más íntimo pensamiento: “Ante todo, creo en el divino genio de algunos individuos, y valoro la sociedad que hace posible su existencia”. Stefan Zweig, el biógrafo del alma humana, fue más lejos:
"El natural reflejo del individuo no es su opinión propia, sino su adaptación a la opinión de la época, y constituye el sometimiento ante la opinión de la mayoría. Si la mayoría, la mayoría aplastante no fuera tan maleable, si esos millones no renunciaran por instinto o por inercia a su propia opinión personal, ya hace mucho que la gigante maquinaria estaría en reposo. Se precisan cada vez energías especiales, un valor a toda prueba ¡y cuán pocos lo poseen! a fin de oponerse a esta presión espiritual de millones de atmósferas, que significan energías magnas. En un individuo deben reunirse fuerzas muy raras y muy probadas para que pueda subsistir en su singularidad. Debe poseer un exacto conocimiento del mundo, un espíritu de visión clara y rápida, un soberano desprecio por toda manada o agrupación, una arrogante y descomunal desconsideración y ante todo coraje, tres veces coraje, coraje tan firmemente cimentado que lo secunde para su propio convencimiento".
Estas ideas del individuo versus Leviatán son muy atacadas hoy día, especialmente por los ingenieros sociales que importan a millones de musulmanes a Europa y desean prohibir la libre expresión por medio de nuevas leyes llamadas “expresiones de odio” que tienen como blanco a quienes tal ingeniería critican, como muestro en mis entradas de Bruce Bawer y Oriana Fallaci aquí, y en los extractos de sus libros: Autoentrevista, así como La Fuerza de la Razón y La Rabia y el Orgullo.

viernes, 20 de febrero de 2009

La islamización: el suicidio de Europa

Bruce Bawer y otros autores mencionados en el subtítulo de este blog, Spencer y Fallaci, cambiaron mi visión del mundo. Antes de leerlos creía que Europa occidental, y los países nórdicos en particular, estaban más adelantados que los estadounidenses en lo que a moral y compasión por los que sufren se refiere.

Los autores que leí en 2008-2009 transvaloraron mis valores. Siendo éste el tema más importante que pueda imaginar —si Europa no reacciona pronto se convertirá en Eurabia— me veo en la obligación moral de ir recogiendo algunos pasajes de sus libros.

El año pasado publiqué en este blog extractos de la trilogía de Fallaci. Ahora capturaré extractos de las primeras páginas de “Antes del 11 de septiembre: la ceguera de Europa”, el primer capítulo del libro de Bruce Bawer Mientras Europa duerme. Al igual que en mis citas de Fallaci, no interpondré puntos suspensivos entre los párrafos que me salte a fin de agilizar la lectura.

Ya en las primeras páginas Bawer se refiere al brutal asesinato de Theo Van Gogh —descendiente del hermano del famoso pintor— por un holandés musulmán:

Según testigos presenciales, Van Gogh le dijo a su asesino (que por aquel entonces vivía de prestaciones sociales que le pagaba el gobierno holandés): “¡No lo hagas! ¡Piedad!” Y: “Seguro que podemos hablar de esto”. El franco y directo Van Gogh había sido un crítico implacable de la pasividad europea frente al Islam fundamentalista: al contrario que muchos europeos, había entendido la conexión que existe entre la guerra del terror y la crisis de integración europea y había llamado a Estados Unidos “el último rayo de esperanza en un mundo cada vez más oscuro”. [págs. 14s]

Mis amigos y conocidos holandeses dejaron claro que era un tema que no se podía tocar. Entonces llegó el 11-S. Sin embargo, aunque la mayor parte de los países de Europa occidental participó en la invasión a Afganistán y algunos ayudaron a derrocar a Saddam, la contundente respuesta de Estados Unidos dividió a la opinión pública del Continente y abrió un abismo filosófico que a veces se antojaba tan vasto como el propio océano Atlántico.
¿Por qué se dio una diferencia de perspectivas tan acusada entre las dos mitades del Occidente democrático? Una razón fue que la clase dirigente europea occidental —la elite política, mediática y académica que formula lo que llamamos la “opinión europea”— tendía a considerar cualquier disputa internacional susceptible de una solución pacífica.
Ni siquiera los atentados de marzo de 2004 en Madrid —el “11 de septiembre” de Europa— despertaron del todo a la elite europea de su letargo.
Dos días después estaba en Ámsterdam. Me dirigí al escenario del crimen [de Van Gogh]. Había dado por hecho tontamente que me costaría encontrar el lugar exacto. Pero en realidad, habían acordonado un área de unos sesenta metros cuadrados en uno de los lados de la calle Linnaeusstraat. Había montones de tributos florales y alrededor de cincuenta personas abarrotaban la zona, la mayoría de ellas sumidas en profundas cavilaciones. Rodeé el lugar despacio, leyendo las notas que la gente había dejado. “Hasta aquí y no más lejos”, decía una de ellas. “¡Viva Holanda! ¡Viva la libertad de expresión!”, decía otra.
Habían pasado muchas cosas desde que no vivía en Ámsterdam. Primero los atentados del 11-S, luego el asesinato de Pim Fortuyn y por último los atentados de Madrid. Tras cada una de estas atrocidades, yo esperaba que Europa occidental —al menos parte de ella— despertara y se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. [págs. 16-20]

Poco después de mi segundo viaje —para entonces ya había decidido vender mi apartamento y mudarme a Europa— ocurrió algo totalmente inesperado. Para resumir diré que me enamoré y fue un amor correspondido.
Conforme mis semanas en el Viejo Mundo se iban convirtiendo en meses, mi percepción cambió. Me encontré a mí mismo recopilando palabras que empezaran por “i”: individualidad, imaginación, iniciativa, inventiva, independencia de espíritu. A mi juicio, los norteamericanos eran más dados a pensar por sí mismos y a confiar en sus propias opiniones, y menos a dejarse intimidar fácilmente por las autoridades. Estados Unidos, a mi juicio, tenía otra cosa importante: su fe en el futuro. Es el país que gana la mayoría de los premios Nobel y que tiene el doble de licenciados universitarios que Europa. Y sí, este país era responsable de mucha cultura popular mediocre; pero los europeos, según empezaba a darme cuenta entonces, la consumían con la misma avidez.
Como muchos otros norteamericanos, yo había identificado mi país con sus productos más insípidos de cultura pop, y Europa, con los más nobles de su noble cultura. Pero cuanto más tiempo permanecía en Europa, más me sorprendía a mí mismo considerando con buenos ojos la ambición tan característica de mi país. Sin ésta, veía que la vida podía ser algo muy apagado e insustancial. Además, había empezado a darme cuenta de que en gran parte de Europa occidental la apreciación de placares cotidianos estaba ligada a una sofocante conformidad. A veces podía dar incluso la impresión de que aquello en lo que Europa occidental verdaderamente creía era en la mediocridad.
Conforme iba buscando integrarme a la sociedad holandesa, notaba que los holandeses me oponían resistencia. Los europeos occidentales no eran cristianos fundamentalistas. Pero estaba empezando a darme cuenta de que determinados elementos de la población inmigrante, en constante expansión, representaban una amenaza mayor para la democracia que los fundamentalistas cristianos en Estados Unidos.
Durante nuestros seis meses en Ámsterdam, vivimos en tres apartamentos distintos. El primero era un amplio sótano sin ventanas en un barrio precioso; el segundo, aunque estaba en un barrio algo menos bueno, era elegante, con grandes ventanales y una maravillosa vista sobre el canal Oude Schans. El tercero estaba al oeste del centro y justo al otro lado del perímetro, en un barrio llamado Oud West, de mayoría musulmana. Nuestra dirección era Bellamyplein, una plaza claustrofóbica de fealdad dickensiana. Las mujeres llevaban burka. Proliferaban los rótulos con caracteres árabes; también los cochecitos de bebé.
Más tarde habría de encontrar similares contrastes en otras ciudades europeas. Por todo el Continente, el Islam era una presencia enorme y en expansión, y las personas a las que consideraban sus dirigentes no eran los miembros electos del Parlamento sino imanes. Ese mismo año [2004] un orador musulmán dijo a su público en Copenhague que “el laicismo es una repulsiva forma de opresión. Ningún musulmán puede aceptar el laicismo, la libertad y la democracia. ¡Sólo es tarea de Alá legislar cómo debe regularse la sociedad! Los musulmanes desean y ansían que la ley de Alá reemplace la ley de los hombres”.
Un musulmán en Europa no está aislado. Es parte de una familia que, a su vez, es parte de un gran clan, algunas de cuyas ramas viven en el país natal de la familia, y otras en otros países europeos y/o en Estados Unidos. También es parte de una comunidad cuyos miembros se tienen muy vigilados unos a otros. “En el universo del que provengo —declaró Hirsi Ali en The Guardian—, ser un individuo no es algo que uno dé por sentado. [págs. 28-38]

Quizá la más bárbara y menos conocida de estas costumbres sea la mutilación de los órganos femeninos (ablación del clítoris). Luego está la práctica conocida como dumping, mandar a los niños musulmanes europeos al país de origen de sus padres para que frecuenten allí las escuelas coránicas. El objetivo es claro: impedir que se integren en la democracia occidental. Los gastos de esta “reeducación” suelen financiarlos las mezquitas europeas que, a su vez, reciben fondos de los gobiernos musulmanes y europeos. Algunos niños son enviados a esas escuelas ya desde los tres años de edad. En 2004, mis amigas Hege Storhaug y Rita Karlsen de la Oficina de Derechos Humanos regresaron de un viaje a Pakistán con un terrible testimonio de primera mano de una escuela coránica, una madraza, en Gujarat: “Desde fuera parecía una cárcel. Estaba oscura, hacía frío y no tenía electricidad”. Las alumnas, todas niñas escandinavas, no tenían buen aspecto.
En Holanda muchos jóvenes frecuentaban academias islámicas. Estas escuelas, que, como las mezquitas, reciben subsidios del Estado holandés así como de gobiernos islámicos, enseñaban el odio a los judíos, a Israel, a Estados Unidos y a Occidente. Enseñaban a los jóvenes a sentir desprecio por las sociedades democráticas en las que viven y a considerarlas transitorias, destinadas a ser sustituidas por un califato musulmán gobernado por la ley de la Sharia. Y reforzaban también la moralidad sexual que los chicos aprendían en casa, que permite la poligamia (para los hombres), percibe severos castigos para las adúlteras y las víctimas de violación (no así para los violadores) y exige que se aplique la pena de muerte a los homosexuales.
Esas escuelas no existían comúnmente en Holanda, por supuesto, sino en toda Europa. Los libros de texto musulmanes utilizados en Alemania enseñan que “la existencia del pueblo musulmán ha sido amenazada por judíos y cristianos desde los tiempos de las Cruzadas, y es el deber de cada musulmán prepararse para luchar contra estos enemigos”.
Storhaug y Karlsen también han señalado un hecho que la mayor parte de los políticos europeos preferiría pasar por alto, a saber: que un matrimonio forzoso probablemente implicaría relaciones sexuales forzosas, a veces cotidianas. La Oficina de Derechos Humanos estudió noventa casos de matrimonio forzoso en Noruega y descubrió que tan sólo tres de las esposas no sufrían violaciones. Una chica dijo que cuando gritó pidiendo socorro, su nueva familia política, que seguía celebrando la boda en una habitación cercana, “se limitó a subir el volumen de la música”. Otra chica dijo: “Nunca olvidaré el día después de la noche de bodas. Todo el mundo tenía que haber visto el dolor reflejado en mi rostro. Pero ni siquiera mi propia madre hizo ningún gesto que me diera a entender que podía esperar de ella el más mínimo consuelo o ayuda”. Tradicionalmente, en los países musulmanes, una nueva esposa se traslada a vivir con la familia del marido, nunca al contrario.
Para los padres, este esfuerzo de antiintegración [desalentar europeizarse] es especialmente urgente cuando se trata de sus hijas. Algunos llegarán a extremos insospechados para impedir tal contaminación, combinando el dumping y el matrimonio forzado para lograr así la no integración más absoluta. Obligando a su hija a casarse con un pueblerino analfabeto que cree que el marido tiene el derecho de golpearla por cualquier motivo, un padre puede contrarrestar la influencia de Occidente y asegurarse de que su hija, pese a vivir en Europa, tendrá una vida muy similar a la de una campesina de cualquier aldea paquistaní.
La típica chica musulmana residente en Europa occidental vive, así, con la probabilidad de que algún día se la obligue a casarse con un marido importado al que tendrá que obedecer sin falta. Y si lo desobedece públicamente —manchando así el honor de la familia— la familia entera quizá considere que es su obligación sagrada despacharla en un “asesinato de honor”.
Lo que diferencia a estos asesinatos de otros que tienen lugar todos los días en Occidente es que numerosos miembros de la subcultura del perpetrador los consideran defendibles. Según declaraba el periódico The Sun, la policía de Yorkshire, al investigar un asesinato “se topó con un muro de silencio en la comunidad paquistaní de la chica”. Tras el asesinato de Fadime Sahindal, cuando los periodistas entrevistaron a algunos musulmanes noruegos, éstos no quisieron condenar categóricamente el hecho. Más de uno insistió en que el padre había hecho lo que tenía que hacer. Resulta imposible colmar el abismo entre una mentalidad occidental y otra que permite que se lleven a cabo “asesinatos por honor”. Imagínense que violan a su hija, y que como consecuencia se sienten obligados a matarla.
En 2000, una chica de doce años con pasaporte sueco se hallaba de compras con su madre y su hermano en la ciudad natal de su familia en el norte de Irak. Allí conoció a un vecino, que le dio un paseo en el coche. Esta contravención del honor —pasear a solas con un muchacho que no era familia suya— “enfureció a toda la familia”, relató un pariente. Unos sesenta miembros de la familia se reunieron para hablar de matar a la chica. Al final decidieron no hacerlo. No todos estaban de acuerdo. Pero un día de mayo de 2001, la chica, que entonces contaba trece años, salió de su casa y encontró a tres tíos y cuatro primos suyos esperándola en la puerta. Le metieron ochenta y seis balas en el cuerpo. (Como ella, dos de los tíos eran ciudadanos suecos.)
Por horrible que esto pueda parecer, no es nada comparado con la Europa gobernada por la Sharia, que es el sueño de los imanes fundamentalistas. [págs. 40-51]

¿Por qué, se pregunta Sajer, tiene que ser esto así? “¿Por qué tienen estos islamistas tanto poder sobre nosotros? ¿Por qué los respalda el Estado, sin supervisión sin control y sin que muchos otros musulmanes puedan expresar sus opiniones sobre ellos? Hay una gran diferencia entre un musulmán y un islamista, una diferencia tan grande como entre un alemán y un nazi”.
Como yo me marché a vivir a Ámsterdam en 1999, aún no sabía nada de todo esto. Pero quería enterarme. Desgraciadamente, la información no era fácil de conseguir (internet todavía no era la fuente global y exhaustiva que es ahora). Día tras día me pasaba las horas en los cafés hojeando periódicos holandeses, británicos, franceses, alemanes, italianos y españoles (en muchos cafés holandeses hay una gran variedad de periódicos extranjeros al alcance del cliente), pero apenas encontraba referencias a los musulmanes europeos. Recorrí varias de las excelentes librerías de Ámsterdam así como la gran biblioteca de Prinsengracht pero apenas encontré nada. (Ahora sé que el primer libro de Pim Fortuyn, Against the Islamization of Our Culture, se había publicado dos años antes, pero entonces nunca me topé con él.) Tan sólo hallé unos pocos sobre el Islam en Occidente. Casi todos adoptaban una perspectiva confiada y optimista. Por ejemplo, el estudioso estadounidense John Esposito, en su obra The Islamic Threat? (1992), defendía largo y tendido que el Islam no suponía ninguna amenaza, y era categórico al respecto. Y se supone que Esposito era un experto.
Exceptuando esto, poco sabía de los musulmanes europeos. Y no era el único. En 1998 los europeos no tenían ni idea. Los medios de comunicación no habían dedicado su atención al tema, los parlamentos no lo habían debatido y los profesores no habían enseñado nada al respecto en sus colegios. [págs. 54s & 58]

Sus barrios no son guetos temporales que desaparecerán con la integración; son colonias embrionarias que seguirán creciendo como resultado de la inmigración y la reproducción.
El término “colonias” no es ninguna exageración. Como lo expresa el historiador británico Niall Ferguson, “una joven sociedad musulmana al sur y al este del Mediterráneo espera preparada para colonizar una Europa senescente al norte y al oeste del Mediterráneo”. Bassam Tibi, un musulmán liberal que trabaja como profesor en una universidad alemana, ha advertido de que “o bien el Islam se europeíza, o Europa se islamiza”. (Él preferiría lo primero.) Y en julio de 2004, Bernard Lewis —tal vez el experto sobre el islam más destacado— predijo que antes del final del siglo, Europa será islámica.
Los imanes lo saben. “Los musulmanes tienen el sueño de vivir en una sociedad islámica”, declaró un dirigente musulmán en 2000. “Ese sueño sin duda se realizará en Dinamarca. Allí llegaremos a ser mayoría”. En una camiseta popular de los jóvenes musulmanes de Estocolmo puede leerse el siguiente lema: “En 2030 el mundo será nuestro”.
La razón principal por la que me alegraba abandonar Estados Unidos era el fundamentalismo protestante. Pero al final vi que Europa estaba cayendo en las garras de un fundamentalismo aún más alarmante cuyos cabecillas hacían que sus homólogos protestantes norteamericanos parecieran meros aficionados. Falwell era un desgraciado, pero no proclamaba fatwas. Los consejos sobre vida familiar de James Dobson eran atroces, pero no le recomendaba a la gente que asesinara a sus hijas. Los liberales norteamericanos llevaban décadas luchando contra la derecha religiosa; los europeos occidentales ni siquiera se habían dado cuenta de que tenían una derecha religiosa. ¿Cómo eran capaces de no verlo? Desde luego, como homosexual [recuérdese que es Bruce Bawer quien escribe], no podía cerrar los ojos a una realidad tan lúgubre. Pat Robertson simplemente quería negarme el derecho al matrimonio; los imanes querían lapidarme.
La situación era alarmante. Las cosas que yo precisamente más amaba de Holanda —y de Europa— eran las que estaban más amenazadas por el aumento del islam fundamentalista. Y sin embargo, los holandeses no hacían nada. ¿Por qué se negaron a tratar una cuestión que ponía en peligro de manera tan flagrante su libertad? ¿Acaso no veían ellos lo que yo veía?
Una noche cenamos con Stephan Sanders, un escritor gay, conservador y a la vez inconformista, que aparecía frecuentemente en la televisión holandesa y era bien conocido por expresar con franqueza sus opiniones poco ortodoxas. Mencionó de pasada que Holanda, a diferencia de Estados Unidos, no tenía una derecha religiosa. Yo sabía muy bien que sí la tenía; que estaba compuesta de musulmanes, y no de cristianos, fundamentalistas; y que tarde o temprano los holandeses tendrían que afrontar abiertamente el desafío que suponía. Pero por aquel entonces, sin embargo, era obvio que la idea les resultaba demasiado incómoda. Criticar cualquier corriente del islam de la manera que fuera se les antojaba igual que expresar prejuicios raciales o étnicos. En efecto, los holandeses (como el resto de los europeos occidentales en general) consideraban al islam no tanto una religión, como una expresión de identidad étnica. Aunque condenaban con fervor el fundamentalismo protestante —que apenas existía en un país que había sido tan severamente calvinista— los holandeses no eran capaces de pronunciar una sola palabra negativa sobre el fundamentalismo islámico. Cuando me fui de Holanda, yo ya sabía todo esto. Y también sabía que llegaría el momento en que los holandeses también tendrían que afrontarlo.
En abril de 1999 dejamos Ámsterdam y nos fuimos a vivir a Oslo; y el 8 de mayo, en una sencilla y bonita ceremonia en el juzgado, nuestra unión se hizo oficial.
Al vivir en Oslo, pronto me di cuenta de que muchas conclusiones a las que había llegado sobre Holanda podrían aplicarse también a Noruega. En ambos países había una supremacía absoluta de lo políticamente correcto.
Aproveché una oferta que el gobierno hacía extensible a todo nuevo inmigrante: quinientas horas gratuitas de clase de noruego. En las aulas a final del pasillo se veían mujeres con hiyab, acompañadas de miembros varones de sus familias, sin cuya escolta no les estaba permitido salir de casa. Y éstas eran las que tenían maridos permisivos: muchas mujeres que habían de pasarse la vida entera en Noruega estaban casadas con hombres que, al considerar la lengua occidental como un instrumento de corrupción, nunca les permitirían aprender noruego. [págs. 63-69]

Si bien es cierto que algunos jóvenes musulmanes beben alcohol, tienen relaciones sexuales y cometen delitos que no están verdaderamente motivados por la religión, otros, como el asesino de van Gogh y los terroristas del ataque de Londres de 2005 son cultos, devotos y célibes abstemios que nunca robarían ni matarían, pero sí están desando llevar a cabo acciones de asesinato en masa en nombre de Alá.
Nuestro encuentro con una banda en el centro de Oslo tuvo lugar un jueves por la noche. A la mañana siguiente, los periódicos se hacían eco de las últimas investigaciones sobre el asesinato reciente de una anciana de ochenta y tres años. Resultó que los asesinos eran libios a los que se había concedido asilo político en Noruega, a uno de ellos porque había sido condenado a muerte en Libia. Vivía en un centro de refugiados y no se había informado a nadie, ni siquiera a la policía, de que había cometido un delito grave, porque eso no estaba permitido. Al día siguiente, la noticia que acaparaba todos los titulares era un tiroteo en el aeropuerto de Oslo: el resultado de un enfrentamiento por honor entre paquistaníes.
Mientras tanto los problemas sencillamente empeoran. En algunas áreas urbanas de Europa no reina ya ningún orden. Grupos de jóvenes recorren las calles, cometen delitos a plena luz del día, frente a decenas de testigos, sin miedo a que se les detenga ni se les castigue. “En numerosas ciudades francesas con una población islamista radical creciente —observa el profesor de la Sorbona Guy Millière—, ninguna adolescente puede salir sola por la noche, al menos no si no se cubre con una burka de los pies a la cabeza” porque de lo contrario estaría reconociendo que es una puta y pidiendo a gritos que la violen. Las estadísticas que conciernen a la ciudad holandesa de Amersfoot probablemente sean representativas de gran parte de Europa: la policía ha abierto expediente al 21 por ciento de los chicos marroquíes y al 27 por ciento de los somalíes, y sospecha que el 40 por ciento de los marroquíes de entre quince y diecisiete años está involucrado en asuntos de delincuencia. En 2005, un periodista holandés, sacando a colación un incidente sobre bandas marroquíes de Den Bosch que había salido en las noticias, hizo unos cuantos cálculos y determinó que el 80 por ciento de los adolescentes marroquíes de la ciudad estaba “involucrado en distintos tipos de violencia callejera”. [págs. 72-74]

¿Por qué los policías de Oslo renunciaron a tratar el problema de los inmigrantes? ¿Por qué la gente de Ámsterdam se mostraba tan reacia a debatir seriamente nada que tuviera que ver con la inmigración? ¿Y por qué no se encontraba ni una alusión siquiera a la verdad sobre nada de esto en los periódicos y en los noticiarios de la televisión? Cuanto más tiempo vivía en Europa, más obvio me resultaba que la respuesta estaba en el multiculturalismo a prueba de bombas que gobernaba la mente del establishment político, mediático y académico. Por supuesto, me llevó un tiempo comprender que existía tal establishment, y que ejercía un inmenso control sobre las noticias y las opiniones a las que el público estaba (y dejaba de estar) expuesto. El consenso ideológico que caracteriza a los políticos y periodistas de la clase dirigente de Europa occidental no tiene parangón en Estados Unidos.
Y te considerarán “brillante” tus compañeros de la elite académica y mediática, que suscriben el mismo dogma y entienden que es parte de su labor preservar el poder de la elite y seguir ofreciéndole a la gente la misma línea de pensamiento sobre lo brillantes y perspicaces que son sus propios líderes y lo idiotas que son los Estados Unidos. Todo forma parte del legado de la larga tradición feudal europea (la política norteamericana es diferente). En Europa occidental, los que reciben las recompensas más espléndidas suelen ser los que hacen gala de la más firme lealtad al partido. Los que tienen ideas originales y propias no son bienvenidos. Y se arrincona a los que podrían sacudir esos cimientos. [págs. 76-79]

En cuestiones importantes de filosofía política, las diferencias entre partidos disminuyen. Aunque los partidos “de izquierdas” son abierta y orgullosamente socialdemócratas y los de “derechas” no, en la práctica los partidos dominantes casi nunca desafían la fe socialdemócrata en una economía controlada y en la distribución de ingresos, un sistema que se enseña a los niños desde pequeños a ver como el equilibrio perfecto entre el capitalismo al estilo estadounidense y el comunismo al estilo soviético.
En determinadas cuestiones, están todos hombro con hombro, incluso si tiene que ser en contra de una mayoría de la población. Pongamos por ejemplo la pena de muerte. La ficción casi universalmente aceptada es que los europeos desprecian a Estados Unidos por tener pena de muerte. La realidad es que muchos europeos —algunas encuestas sugieren que podría tratarse incuso de la mayoría— también les gustaría tenerla. El problema es que ningún partido dominante, de la tendencia que sea, la respalda.
Hace tiempo que se sigue el mismo patrón con respecto a las cuestiones de inmigración e integración. Durante años, mientras que los europeos de pie se sentían cada vez más preocupados por esas cuestiones, los partidos europeos dominantes —en colaboración con los medios de comunicación y el entorno académico— eludían un debate público sobre ellas. Se ponía en la picota, se ridiculizaba y se mancillaba el buen nombre de casi cualquiera que intentara entablar un debate al respecto. La organización verticalista de los partidos principales mantenía a raya a los políticos; la rigidez filosófica de los jefazos de los grandes grupos mediáticos (muchos de los cuales pertenecían al gobierno o se sustentaban con sus subvenciones) mantenía toda opinión poco ortodoxa alejada de las ondas y las páginas de opinión. Sí, hay pensadores independientes y se puede acceder a sus opiniones (si se pone en ello el suficiente empeño) en algún otro artículo de periódico o, cada vez más, en las bitácoras de los blogs de Internet. En general, sin embargo, las opiniones discordantes se mantienen eficazmente alejadas de los medios de comunicación dominantes.
Aquí es donde entran en escena los llamados “partidos populares”. En numerosos países europeos, tales partidos han sido los únicos en abordar con franqueza las cuestiones del islam fundamentalista, la inmigración y la integración. Y se les ha estigmatizado tremendamente por hacerlo. Los políticos del establishment hablan con altanería sobre lo que es mejor para la “sociedad”, para la “comunidad”, para el “pueblo”, pero cuando aparecen otros políticos que de verdad comunican con las preocupaciones del pueblo sobre las cuestiones más urgentes, los primeros los condenan tildándolos de “populistas”. Algunos de los partidos “populistas” del Continente, como el Vlaams Belang (antes llamado Vlaams Blok) en Bélgica, el Frente Nacional en Francia el Partido de la Libertad en Austria y el Parido Nacional en Alemania, son en efecto grupos más o menos fascistas, obsesionados con la identidad racial, étnica y cultural. Otros, como el Partido del Progreso en Noruega, el Partido de la Independencia en el reino Unido, el Lijst Pim Fortuyn en Holanda y el Partido del Pueblo Danés en Dinamarca, atraen quizá a elementos intolerantes y xenófobos, pero principalmente captan la atención de ciudadanos preocupados por preservar la libertad y la igualdad. Los partidos “populistas” partidarios de la libertad tienden a ver las cosas de una manera que a los estadounidenses les resulta más familiar. [págs. 80-83]


El libro de Bawer consta de más de 400 páginas y recomiendo mucho su lectura. Lo único que quisiera aportar aquí es que, en este último párrafo, estoy en completo desacuerdo con él.
El querer preservar la identidad étnica y cultural de la propia nación no sólo no tiene nada de malo, sino que es la más grande de las virtudes en una época tan oscura como ésta. Adjetivarlo de “obsesión”, “xenofobia” e incluso “fascista”, como lo hace Bawer —o de “populismo” como lo hacen sus enemigos—, es calumnioso. Si hay algo que Europa necesita es una legión de gente preocupada por preservar tanto la cultura occidental como, digámoslo sin rubor, el genotipo y fenotipo de los occidentales nativos. Y eso no se hace importando a millones de extranjeros, mucho menos a quienes anhelan derrocar nuestro sistema para imponernos un califato mundial.

sábado, 3 de enero de 2009

Reseñas del libro de Fallaci vs. el Islam

Para vergüenza de México no llegó, que yo sepa, la trilogía de Oriana Fallaci a las librerías nacionales (de cuyos libros recojo algunos pasajes—véanse mis últimas entradas de 2008). Y para vergüenza de España, no he visto la trilogía en las librerías a finales de 2008 e inicios de 2009. En las librerías españolas que he visitado la traducción de sus tres libros sólo está disponible sobre pedido.

Quisiera recoger unos brevísimos extractos de reseñas sobre el segundo libro de la trilogía, “La Fuerza de la Razón”, que leí en Amazon Books. Los comentarios que recojo son positivos. No encontré un sola reseña crítica o negativa de ese libro que presentara argumentos sustanciales. Si alguien sabe de una reseña negativa que presente argumentos sustanciales en vez de ad hominems (falaces acusaciones de “racismo”, etc.), hágamelo saber.

Aunque cada libro vendió un millón de copias en Italia, la causa de que a Oriana no se le reconozca se debe, como dijo uno de los reseñadores de Amazon, a la gente políticamente correcta de la izquierda zombie que tiene el poder en Europa.

He aquí estos pasajes:


“Murió en los Estados Unidos. Sus congéneres europeos básicamente la expulsaron del continente. Convirtieron los años finales de Fallaci en un infierno en vida” (19 septiembre 2006).

“Oriana Fallaci merece una estatua erigida en su honor. ¿Será su memoria una inspiración durante las inevitables pruebas y tribulaciones del futuro? Estoy convencido que ese será el caso” (David Thomson).

“Leer este libro es como prender un cerillo en la oscuridad” (11 junio 2006).

“…las meretrices que han dado nuestra civilización, nuestra cultura, a los puercos. Es sólo después de toda una vida de experiencia que uno puede legítimamente transformar o rediseñar las reglas de su profesión, y al hacerlo el escritor nos da el néctar de su sabiduría” (28 marzo 2006).
La reseña del 17 de marzo de 2006 vale la pena leerla toda en Amazon Books.
“Se han caído las escamas de mis ojos. He visto el error de mis caminos, y dicho las mea culpas. Sí, yo también he sido un libertario…” (12 marzo 2006).

“¿A qué se parecerá Europa? No será muy diferente de Arabia Saudita. Ese bravo nuevo mundo verá al Renacimiento y a la Ilustración como edades oscuras. La libertad de expresión será herejía. Una brutal policía religiosa mantendrá en vigencia la ley islámica. Las hembras serán ciudadanas de segunda categoría. Este es un libro provocativo y perturbador. No extraña que Fallaci sea la mujer más odiada sobre la tierra —el precio por no tolerar la intolerancia”.
Finalmente, Kat Bakhu escribió el 7 de marzo de ese mismo año:
“Necesitamos mil voces de éstas, e incluso más. Necesitamos un entendimiento apasionado sobre lo maravillosa que es nuestra cultura [Occidente]”.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Oriana Fallaci III: “Oriana se entrevista a sí misma” & “El Apocalipsis”

Oriana Fallaci dedica el tercer libro de su trilogía, entre muchas otras víctimas de la Yihad, “a los ciento cincuenta niños y ciento noventa adultos que los ‘guerrilleros’ chechenos exterminaron con la ayuda de tres árabes. A las niñas las habían matado en las letrinas después de haberlas violado una a una”. Además, continúa Oriana, “se lo dedico al director holandés Theo van Gogh”, así como “a los soldados americanos que todos los días mueren en Irak pero nadie los llora”.
En el primer capítulo Oriana habla del cáncer que acabaría matándola:



Extractos de su tercer y último libro:

Pero aparte del hecho de que mi enfermedad nunca la he escondido, Occidente Europa e Italia están más enfermos que yo. Amiga mía, vamos a hacer una entrevista política, ¿lo sabe?

Comencemos por los ochocientos mil ejemplares o mejor por la enésima edición de su libro “La Fuerza de la Razón”, de dedicatoria feroz, diría yo.

No. Es justa y necesaria. Porque han sucedido cosas nefandas. Cosas atroces y, sin embargo, acogidas, a menudo, con las consabidas mentiras de la “resistencia iraquí”. Basta con que abra la boca para que me agredan con articulazos, grandes titulares. Es ya una moda. Pero yo seguiré hablando mientras me quede un hálito de vida. Lo importante es que al leerme alguien termine razonando y encontrando el coraje que ahora no tiene.
Me floreció entre las manos La Fuerza de la Razón, y cuando escribo un libro me comporto como una mujer embarazada que sólo piensa en el feto que está en su vientre y en nada más. Sólo cuenta él. Me percaté, sí, de que el Otro [el cáncer] se había despertado. Una tos seca, dura y parecida a la que en pocos meses se había llevado a mi padre con un cáncer de pulmón. Pero en vez de irme inmediatamente a Boston o buscar un médico en Nueva York seguí trabajando. Si voy y me confirma que se ha despertado, me opera. Si me opera, interrumpo el embarazo. Aborto. En definitiva me encontraba en las mismas circunstancias de una mujer que tiene que elegir entre la propia vida y la del hijo. [págs. 21-34]

…los hipócritas que se atreven a comparar una cabeza encapuchada [de la prisión de Abu Ghraib], la fotografía del iraquí a cuatro patas, con el vídeo de Nick Berg que es decapitado. ¿Por qué los editoriales sobre la decapitación de Nick Berg fueron tan cautos? [págs. 39s]

Significa la renuncia a hacer frente a un Hitler que nos destruirá. Hasta que un Churchill se despierta para ganarse la acusación de belicista… Ignorando tales verdades la mayoría no entiende dónde está la similitud entre ayer y hoy. Entre el nazifascismo de ayer y el llamado integrismo islámico es decir el nazi-islamismo de hoy. Porque es precisamente esa similitud la que me quita el sueño. Ese dolor de mi Otro o del cáncer de esta Eurabia de nuevo vendida por los Chamberlain y los Daladier. ¡Cuánto tendremos que tragar antes de darnos cuenta de que Eurabia, perdón, la Unión Europea es la Europa de 1938! [págs.46s]

Esos pertenecen también a la Derecha, sin embargo.

Pero qué Derecha. Hoy, para mantenerse a flote, hay que estar con la izquierda. Por lo demás, ya lo escribí en La Fuerza de la Razón: Derecha e Izquierda son ya las dos caras de la misma moneda.

¿Y cómo han reaccionado estos dos “equipos de fútbol” al segundo libro sobre el Islam?

La orden fue perentoria: “Callar. Ignorarla como a una vieja loca, que ya no goza de sus facultades mentales”. O como máximo decir: “Yo no la he leído ni lo haré”. Por eso, esta vez no hubo ofensas, ni difamaciones, ni pintadas “Fuck-you Fallaci”. Dios, qué alivio. Y qué favor. Porque eso evitó el consabido lavado de cerebro de los italianos y favoreció el éxito del libro. Un éxito mucho más inmediato que el que bendijo a La Rabia y el Orgullo. De hecho, éste tardó cerca de un año en llegar al millón de ejemplares. La Fuerza de la Razón, en cambio alcanzó los ochocientos mil ejemplares en menos de cuatro meses. Además, he permanecido casi siempre primera en las clasificaciones de los libros.

Tengo una gran curiosidad sobre aquel libro en apariencia difícil: saber quiénes son los lectores.

Los de siempre, gente del pueblo. Mi tendero me reconoció y: “¡Porca miseria, es la Fallaci! Querida Fallaci he leído su nuevo libro y no le doy un kilo de judías, le doy un kilo y medio. Y gratis”. Palabras por las que incluso los demás clientes me reconocieron y me cubrieron de abrazos. “¡Gracias, valiente!” Después fui a la gasolinera. “¡Oh usted! Mi mujer ha leído su libro. Y dice que habría que hacerle un monumento a la Oriana”. Por lo que se refiere a las cartas que recibo…

¿Quién se las manda?

Todo tipo de personas. Escuche esta de un camionero boloñés: “Querida señora, acabo de leer La Fuerza de la Razón, el único libro que he regalado a mis familiares. ¡Cuánta gente le ha caído encima, Oriana! No les haga caso. El pueblo la quiere, la quiere mucho. Me gustaría llamar a su puerta con mi mujer y llevarle muchas flores y muchos tortellini”.

¿Ninguna que le insulte?

Hasta hoy, sólo dos. No llevan remitente. Una de esas me insulta indirectamente contándome que no consigue hacer leer La Fuerza de la Razón a sus colegas y estudiantes de la Universidad de Verona. Al parecer se niegan a leerlo diciendo que la fascista soy yo.
“Querida Oriana, hasta ayer presumía de la bandera del arcoiris. En mi universidad dicen ‘a la Fallaci no hace falta leerla’ y mi profesor añade que ‘ni siquiera hay que pronunciar su nombre’. Mi chica en cambio te quiere con locura. Ha gruñido que si no los leía de principio a fin me dejaba. Los he leído, y me he dado cuenta de que he estado viviendo con gente que me tomaba el pelo. Gente que desnaturalizaba los hechos para su propio consumo. Veo lo que antes no veía, a los presuntos pacifistas les llamo belicistas, y si alguien me habla mal de la Fallaci me revuelvo como un animal”.

Léame otra.

“Apreciada señora, gracias por llamarle al pan pan y al vino vino. Gracias por ser valiente. Es muy incómodo tener las ideas que usted tiene. Incluso para nosotros los jóvenes, ¿sabe? Como mínimo te llaman racista. Hace tiempo se hizo un debate en clase. Yo puse el ejemplo de los talibanes que mataban a las mujeres por llevar las uñas pintadas, y los bienpensantes me ofendieron a muerte. Uno me gritó indignado la regla fundamental: no se pueden expresar juicios sobre los comportamientos, las costumbres y las religiones de los demás. Ayer por la noche, cenando, los amigos de mi familia dijeron que en 1945 Francia y Alemania no fueron liberadas por los americanos sino por la URSS y a mí casi me comen vivo por haber dicho que Stalin era igual que Hitler”.

Pero dígame ahora si ninguno de sus lectores le hace reproches.

Los hay. Por ejemplo, el inteligente médico de Roma me escribe: “Acabo de terminar La Fuerza de la Razón, libro que he devorado literalmente en los escasos momentos libres que me concede el trabajo. Pero en mi mente se agolpan las preguntas. ¿Qué puedo hacer yo?, ¿cómo podemos hacer sobrevivir nuestra cultura?” No tengo respuesta a la pregunta del médico amable e inteligente.

¿Realmente no la tiene?

No porque apunta a los límites y a las mentiras de la democracia. Lo sostengo también en La Fuerza de la Razón. Por medio de Tocqueville , que de esas cosas sabía lo suyo. [págs. 50-65]

¿Conoce a Fassino?

Un poco. Lo vi a finales del verano de 2002, cuando los antiglobalización querían entrar en el Centro Histórico de Florencia y pintarrajear los monumentos. Alguna gentuza de esa intentó quemar mis libros. Quemarlos como en 1933, en Berlín. [págs. 80s]

¿Pero no hay nadie en la Izquierda que suscite hoy en usted un poco de confianza?

Me temo que no. Cuando más lo pienso más me convenzo de que todos son iguales aunque con formas diferentes. Tome el caso del engreído con la cabeza rapada a lo Yul Brinner. Ese que pertenece al Partido de los Comunistas Italianos y que como el petulantísimo verde que se declaró bisexual nos aflige siempre con su manía de exhibicionismo. ¿Recuerda lo que dijo en el debatucho electoral organizado en piazza Navona?: “Desde Florencia para arriba Italia fue liberada por los partisanos comunistas”. La sangre me subió al cerebro. Ignorante, grité. ¡Florencia no fue liberada por los partisanos comunistas, por Dios! ¡Fue liberada, el 11 de agosto de 1944, por el Octavo y el Quinto Ejército de los Aliados! ¡Ignorante! ¡Vete a hablar mejor a las fosas comunes!

Vamos, no se enfade…

Es mi sacrosanto derecho el enfadarme. Porque yo estaba allí. Y no necesito leer los libros de historia que el engreído con cabeza rapada a lo Yul Brinner no ha leído, o finge no haber leído. ¡Con las ristras de balas en la espalda, balas de francotiradores que me disparaban desde los tejados, por Dios! Y yo no era una partisana comunista. De todas formas, los motivos por los que no hay nadie que me guste en esa Izquierda son otros muy diferentes.

¿Cuáles?

Ésos de los que hablo en mis dos libros. La hegemonía cultural que gracias a ello estableció la Izquierda en todos los ganglios de la sociedad. En las escuelas, en la universidad. En los periódicos, en las televisiones, en el cine. Válgame Dios, sólo la Iglesia Católica había conseguido imponer tal hegemonía cultural. Hay que volver a la tiranía con la que la Iglesia Católica nos ha atontado para encontrar algo parecido a lo que estamos viendo desde hace sesenta años en toda Europa. [págs. 84-90]

¿Se da usted cuenta de que en la última campaña electoral ninguno de ellos habló de inmigración, de los problemas relacionados con ella? Ninguno. Era un tema que tenía que ver, que tiene que ver con Europa, con nuestras ciudades. Diría que es el tema más evidente. El más urgente. Silencio de tumba. Algo así como dijesen. “¿Has visto? Esos cretinos no se dieron cuenta de que sobre la inmigración ambos hemos tenido el pico cerrado”. Me plantean la pregunta a la que no acierto a responder: “¿Y entonces con quién votamos, para quién votamos?” Y me duelo con toda el alma. [págs. 95-97 & 100]

De acuerdo. Y olvidemos el cuchillo de sierra, la cabeza en el frigorífico, hablando de Europa.

¿Qué Europa? Europa no existe. Es una mentira para mantener en pie el fortísimo euro y sostener el antiamericanismo, el odio hacia Occidente. Y sobre todo es un instrumento para introducir cada vez más invasores en nuestro territorio. [págs. 142s]

La ONU estaba tan preocupada en ser amable con el Islam que no tuvo tiempo de ocuparse del Darfur.

Todo el mundo sabe que se trata de una limpieza étnica, de un genocidio. Pero la ONU nunca habla de limpieza étnica, ni de genocidio. Sus tomas de postura son siempre a favor del Islam. ¡Caramba! La ONU nunca se ha pronunciado, de forma clara y rotunda, contra los secuestros y los asesinatos realizados por los terroristas islámicos. Nunca. La Asamblea General nunca puso en el índice a Bin Laden. [págs. 148-151]

El Islam ávido, rastrero, ambiguo. Occidente ciego, sordo, chocho. Su cáncer moral e intelectual, su debilidad, su timidez. Su masoquismo. Mi deber de hablar de todo ello, de decir lo que la gente piensa pero no dice.
Estamos en guerra. Una guerra que no queríamos, pero que el enemigo nos ha declarado y que por consiguiente tenemos que hacer. Una guerra que se alarga cada día, que cada día corre el riesgo de aniquilarnos, y que por lo tanto me atañe incluso personalmente. Haberme criminalizado e incuso demonizado, no les basta. [págs. 178s & 183]

Oriana Fallaci
En una parte de Toscana,
Verano de 2004


POSDATA: EL APOCALIPSIS

No soy la única que sostiene que con la ayuda de la Bestia el Monstruo está ya venciendo. El pasado junio Jean Raspail, el escritor que con su libro Campo de los Santos ya en 1973 había anunciado la descomposición de nuestra civilización, publicó en Le Figaro un artículo que parecía escrito por Juan el evangelista. Léalo. Habla del tam-tam martilleante que también en Francia se hace sobre la acogida, sobre el multiculturalismo, sobre los derechos del hombre aplicados a una parte solamente. Denuncia las leyes represivas que hoy se llaman antirracistas. Describe la autoagresión con la que por medio de la escuela, los partidos, los periódicos y la televisión, su país se está entregando a los inmigrantes, y concluye: “Tal situación es irreversible. En el 2050 los franceses originarios serán sólo la mitad”. Toda Europa, toda, marcha hacia su propia muerte”. [págs. 192-193]

Se ha convertido en una moda hablar del Islam Moderado.

Ya. ¿Y qué es?

¡Ni idea! Se lo pregunto a usted. ¿Es moderado o no un musulmán que no tiene vínculos con el terrorismo pero tiene dos o tres mujeres y las esclaviza, las humilla? ¿Es moderado o no un musulmán que no tiene vínculos con el terrorismo pero mata a bastonazos a la hija de diecinueve años porque se niega a casarse con el hombre que él eligió para ella? ¿Es moderado o no un musulmán que no tiene vínculos con el terrorismo pero que cuando una niña ofrece buñuelos de arroz corre enfurecido a ver al director y monta un numerito, le advierte de que no debe dejar que lleven a la escuela ese alimento manchado por el alcohol? ¿Es moderado o no un musulmán que no tiene vínculos con el terrorismo pero que se niega a aceptar nuestro sistema de vida, no quiere ni siquiera aprender el italiano? [págs. 201 & 208-210]

El Islam moderado no existe. Lo hemos inventado nosotros los occidentales con nuestro optimismo. Pero sí hay musulmanes moderados.

Claro que los hay. Obviamente los hay. Incluso según el matemático cálculo de probabilidades tiene que haberlos. Piense en mi amado Abdel Rahman al-Rashed. Pero son una minoría exigua. Tan exigua que apostar por ellos, esperar que puedan cambiar el mundo al que pertenecen es pura utopía. Abra los ojos: nueve de cada diez casos de los Abdel Rahman al-Rashed están en el cementerio o en la cárcel. En sus países no tienen peso alguno, no cuentan para nada, son ignorados. Incluso en los países que parecían tener manga ancha como Egipto o Túnez o Argelia. [págs. 219s]

Me gustaría que se equivocase

Quisiera equivocarme. Si me equivocase, moriría en paz. Bernard Lewis, el viejo sabio que llaman el historiador el Islam, nos dice que muchos occidentales se engañan pensando que el Islam radical no es una amenaza para el futuro. Nos dice que a finales del 2100 Europa será toda o casi toda musulmana. [págs. 222s]

En Turquía la práctica de matar a las hijas rebeldes u obligarlas a suicidarse es ampliamente tolerada. Esto, incluso a los más altos niveles del poder ejecutivo y judicial. Raramente las autoridades hacen investigaciones. En Arabia Saudita para no ofender al Corán dejaron quemarse a treinta y seis mujeres en un incendio. Supongo que Mortadella conoce también la historia de las cinco chicas de dieciséis años ahogadas [en el mar, también para no violar un estatuto islámico - págs. 236ss].

El mundo está en llamas, occidente hace agua por todas partes. Todos callados. Todos chantajeados por la tiranía de lo Politically Correct. [pág. 250]

[El matrimonio gay y la adopción de niños por éstos] muestra la prueba definitiva de nuestra autodisolución, del ansia de autodestrucción que devora a Occidente por medio de su cáncer intelectual y moral.
Esta Eurabia antiamericana y antiisraelí donde, no contento con haber mandado a Ohio cincuenta mil cartas invitando a no votar por Bush, el diario inglés The Guardian se atreve a escribir en su editorial que “Bush merecería que le echasen a patadas en el culo”. Esta Eurabia antisemita y anticristiana de donde el bolchevismo salió por la puerta para entrar por la ventana y donde si tocas a la Izquierda o a eso que ellos llaman Izquierda estás frito.
Fue entonces cuando me dije basta, ya no pertenezco más a Eurabia. Italia ya no es mi patria. [págs. 262-268]

¿Para ir dónde?

América es todavía el baluarte de la Libertad, y sin duda el único defensor de Occidente. Pero se agitan los mismos problemas. Piense en sus universidades invadidas por estudiantes y por profesores que apoyan el Islam. Piense en sus grandes periódicos, por ejemplo en The New York Times y en The Washington Post y en las cadenas televisivas (con la CNN a la cabeza) que apoyan las causas de lo Politically Correct. Piense en ese estúpido de Michael Moore al que le dieron el Oscar por una película que es la estatua más indigna erigida a la gloria del Monstruo. [pág. 271]
Y sin embargo, no fue eso lo que me indujo a superar el cansancio del alma, a encontrarme conmigo misma.

¿Qué fue entonces?

Fue el lago de lágrimas que en Italia vi derramar [por Arafat cuando murió]. Y también la apoteosis que le tributó el Parlamento cuando al oír el nombre de Arafat todos se pusieron de pie.
Me siento incluso un poco mejor, poniéndoles los cuernos. Quiero decir, un poco mejor respecto a cuando creía durar sólo unas cuantas semanas, unos cantos meses. No hay que ceder. Quiero resistir. Porque quiero ver la derrota del Monstruo, quiero ver la victoria del Angel que lo encarcela. Quero estar entre los que mueren sin haber tenido nunca en la frente o en la mano la marca de la esclavitud o de la complicidad. ¿Lo conoce, no, el bello pasaje en el que el evangelista Juan cuenta estas cosas? “Entonces vi bajar del cielo a un ángel que tenía en la mano la llave del abismo y una gran cadena. Y el ángel agarró al Monstruo, lo arrojó al abismo y con las llaves cerró la entrada. Y encima de él puso un sello para que no extraviase a nadie. Después, sentados en el trono, vi a aquellos a los que Dios había pedido que juzgasen a los siervos del Monstruo, a los cómplices del Monstruo. Eran las almas de los decapitados, aquellos jueces, las almas de las personas asesinadas por el Monstruo porque se habían puesto de parte del Bien. Eran también las almas de los que a los pies del Monstruo nunca se habían arrodillado, que al Monstruo nunca habían erigido estatuas, y que por lo tanto no habían tenido la marca sobre la frente y sobre la mano. Y aquellos muertos volvieron a la vida, vivieron por mil años”. [págs. 300 – final del libro]

Oriana murió poco después de haber terminado ese libro.
A pesar de que quería resistir; de que quería “ver la derrota del Monstruo” (el Islam en Occidente), la enfermedad que no se atendió a fin de cumplir con su deber de escritora, liberándonos así de nuestra ceguera, acabó con su vida.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Oriana Fallaci II: La fuerza de la razón

Hace unos siglos los europeos eran más inteligentes de lo que son hoy. Si fuera leída más de lo que es por una raza que ha perdido la fe en sí misma, Oriana Fallaci sería la Carlos Martel de Europa. Ya he capturado algunos pasajes del primer libro de su trilogía en que lamenta el reciente suicidio de los europeos ante el Islam y aquí capturo algunos otros de su segundo libro, dedicado a las víctimas del terrorismo en Irak que fueron “degollados como cerdos” por islamofascistas, en la que Oriana habla también de los marines cuyos cadáveres chamuscados fueron exhibidos “y todo esto sin que los falsos pacifistas expresen la indignación expresada por las personas civilizadas ante los abusos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib”. La lectura de los libros de Oriana Fallaci es materia obligatoria para todo disidente de la corrección política que impera en los medios de comunicación.


Extractos de su libro La Fuerza de la Razón:

Han pasado más de dos años desde el día en que, como una Casandra que habla al viento, publiqué La Rabia y el Orgullo. Y si escribes que la Tierra es redonda, no te quepa duda: te convertirán de inmediato en un fuera de ley. El infierno que aquel santo Oficio desencadenó también me ha proporcionado mucho amor. En Francia, por ejemplo, una página web abierta con el nombre de “thankyouoriana” acumuló sólo en un año cincuenta y seis mil mensajes de agradecimiento. De Bosnia, por ejemplo, de Marruecos, de Nigeria, de Irán, sobre todo por mujeres musulmanas bajo el yugo de la Sharia. En Moscú el director de una fábrica hizo una traducción pirata (en Rusia no se había publicado todavía) con la que hizo una serie de lecturas en voz alta a sus empleados. El New York Post, por ejemplo, me definió como “la excepción en una época en la que la honestidad y la claridad ya no se consideran virtudes preciosas”. Uno de Nueva York añadió: “Al parecer, el de Oriana Fallaci es el único intelecto elocuente que ha producido Europa desde que Winston Churchill pronunció su célebre discurso sobre la Cortina de Hierro". [págs. 11-14]
Pero también hubo:
Repugnantes artículos. Vehementes injurias por periódicos tanto de derechas como de izquierdas. En un periódico de extrema izquierda, el “Fuck-you Fallaci” apareció con grandes caracteres y ocupando toda la página. Obscenidades escritas en los muros de las calles (“Oriana puta”). Presentadores de televisión que durante la transmisión pintan grotescos bigotes sobre mi fotografía. Senadores y senadoras que en mis ideas ven una perturbación neurológica sugieren que me encierren en una clínica psiquiátrica. [págs. 15s]

Los charlatanes que, de buena o mala fe, le echan la culpa de la guerra a los americanos, y punto, a los israelíes, y punto. La guerra de Vietnam fue una guerra civil en todos los sentidos, y el que no lo admita es un mentiroso o un cretino. Piensa en la guerra de Camboya que fue exactamente lo mismo. [págs. 19-21]
Oriana había arriesgado su vida durante su trabajo como reportera in situ en ambas guerras. Ayer que veía las noticias era patente el sesgo pro Palestina de la televisión española estos días en que Israel emprendió una campaña militar contra Hamas.
En discursos públicos se han rebajado patéticamente a emplear mi apellido como un adjetivo despectivo, hablando de “fallaci-engaños” o “fallaci-ilusiones”, incluye también el proceso judicial que se instruyó contra mí en París en 2002 por racismo, xenofobia, blasfemia, instigación al odio contra el Islam.
En Suiza se aprobó en 1995 el artículo 261 bis del Código Penal, en el cual un inmigrante musulmán puede ganar cualquier proceso ideológico apelando al racismo religioso. En noviembre de 2002 la Oficina Federal de Justicia de Berna osó pedir mi extradición al Estado Italiano y abrieron contra mí y contra mis editores un procedimiento penal por los contenidos de La Rabia y el Orgullo. La petición fue rechazada de inmediato por el Ministro italiano de Justicia Roberto Castelli que recordó a su colega suizo que el artículo 2 y especialmente el artículo 21 de la Constitución italiana garantizan al ciudadano italiano el inviolable derecho a manifestar libremente su ideas de palabra y por escrito. Que pedir al Estado Italiano que me procesase habría atentado contra un principio fundamental de nuestra Constitución. La denominada Extrema Izquierda protestó deseando que al menos en Suiza fuese procesada.
Son muchas las víctimas del 261 y del 261 bis. El defensor de los animales suizo Erwin Kessler no soporta el sacrificio [musulmán] de animales al estilo halal y por haberlo criticado se tragó dos meses de cárcel sin derecho a libertad condicional. Gaston Armand Amadruz que publicaba un pequeño mensual revisionista (revisar la Historia es decir contarla de forma diferente de la versión oficial está hoy prohibido, viva la libertad) fue condenado en 2000 por el Tribunal de Lausana a un año de cárcel. Otra sanción es la del historiador francés Robert Faurisson. También él, y a pesar de su avanzada edad, sin derecho a libertad condicional. Para terminar tras las rejas en Berna o en Lausana o en Ginebra me basta con ir a tomarme un café a Lugano. O con encontrarme a bordo de un avión que a causa del mal tiempo o de un cambio de ruta aterrice en Zurich. [págs. 24-28]

Como es obvio, todo esto también ocurre por culpa de la filoislámica ONU. Esa ONU de la que los imbéciles y los hipócritas hablan siempre quitándose el sombrero como si fuese una cosa seria. [pág. 30]
En las siguientes páginas Oriana menciona casos más que abyectos de filoislamismo y censura de los críticos del islamofascismo de parte de la ONU y la UNESCO, por lo que comenta:
Ergo, la rabia que me consumía hace ya más de dos años no se ha aplacado. Sólo me arrepiento de haber dicho menos de lo que habría debido decir y de haber llamado sólo cigarras a los que hoy llamo colaboracionistas. Es decir traidores. Añado además que la rabia y el orgullo se casaron y han dado a luz un hijo robusto: la indignación. Y la indignación ha alimentado la reflexión, ha fortalecido la Razón. La Razón ha enfocado las verdades que los sentimientos no habían enfocado y que hoy puedo expresar sin medias tintas. Preguntándome por ejemplo: ¿qué clase de democracia es una democracia que veta disenso, lo castiga, lo transforma en delito? ¿Qué tipo de democracia es una democracia que favorece la teocracia?
Troya arde en llamas mientras Europa se convierte cada vez más en una provincia del Islam, una colonia del Islam. [págs. 34-36]
Hasta acá, el prólogo del libro. A continuación recojo los pasajes de los capítulos, comenzando por el primero, recapitulación histórica que me hizo cuestionar la imagen idealizada que tenía sobre la “edad de oro” del Islam. Oriana habla de:
…las crucifixiones de Córdoba, sobre los ahorcamientos de Granada, sobre las decapitaciones de Toledo y de Barcelona, de Sevilla y de Zamora. Las de Sevilla, decretadas por Mutamid, el rey que adornaba los jardines de su palacio con cabezas cortadas. Crucificados o decapitados o ahorcados. Y a veces empalados.
De España en el 721 pasaron a la no menos católica Francia. Tomaron Narbona. Ahí masacraron a toda la población masculina. En 731 una oleada de trescientos ochenta mil soldados de infantería y dieciséis mil de caballería llegó a Burdeos que se rindió de inmediato. De Burdeos pasó a Poitiers y si en 732 Carlos Martel no hubiese ganado la batalla de Poitiers-Tours, hoy en día los franceses también bailarían flamenco. En 827 desembarcaron en Sicilia. La islamizaron hasta que fueron expulsados por los Normandos. Llegaron hasta Roma. Para prevenir otros ataques, León IV levantó las murallas leoninas.
Abandonada Roma ocuparon Campania, ciudad en la que sacrificaban todas las noches la virginidad de una monja. ¿A que no sabes dónde? En el altar de la catedral.
Ocuparon Turín y Casale, incendiaron iglesias y bibliotecas, mataron a miles de cristianos, después pasaron a Suiza y… Hoy está de moda darse golpes de pecho a cuento de las Cruzadas, echar pestes de Occidente a cuento de las Cruzadas, considerar las Cruzadas una injusticia cometida contra los pobres musulmanes inocentes.
Al momento de capturar este pasaje se ve en la televisión la película El Reino de los Cielos donde Ridley Scott idealiza a Saladino durante la Segunda Cruzada.
Las Cruzadas fueron la respuesta a cuatro siglos de invasiones, ocupaciones vejaciones carnicerías. Fueron una contraofensiva para bloquear el expansionismo islámico en Europa, para desviarlo hacia Oriente, hacia Rusia y Siberia, donde los Tártaros convertidos al Islam estaban ya difundiendo el Corán.
Y en 1453 asediaron de nuevo Constantinopla que el 29 de mayo cayó en manos de Mehmet II, una fiera sanguinaria que estranguló a su hermano de tres años. Por cierto ¿conoces el relato que sobre la caída de Constantinopla nos ha legado el escribano Phrantez? Quizá no. Europa llora sólo por los musulmanes, pero jamás por los cristianos o los hebreos o los budistas o los hinduistas.
Irrumpen en la catedral y decapitan hasta a los recién nacidos. Y con sus cabecitas apagan las velas. Mientras, la ciudad ardía. La soldadesca crucificaba y empalaba. Los jenízaros violaban y después degollaban a las monjas (cuatro mil en unas pocas horas). Sí, sí, así fue como Constantinopla se convirtió en Estambul. Lo quieran oír o no los de la ONU.
Tres años después conquistaron Atenas. Después atacaron la república de Venecia. Luego Solimán alcanzó Buda, hoy Budapest, la incendió, y adivina cuántos húngaros terminaron inmediatamente en el mercado de esclavos que distinguía a Estambul. Cien mil. Adivina cuántos terminaron el siguiente año en los mercados. Tres millones. Solimán armó otro ejército con otros cuatrocientos cañones y en 1529 pasó de Hungría a Austria. Tras cinco semanas de inútiles asaltos prefirió retirarse. Pero en la retirada masacró a treinta mil campesinos.
La reforma de la armada le permitió convertir el Mediterráneo en el feudo marítimo del Islam, de ahí, tras haber sofocado una conjura palaciega haciendo estrangular al primero y al segundo de sus hijos y a los seis hijos de éstos, es decir, a sus nietos. [págs. 39-50]
Después de ultrajes aún peores Oriana habla de los sucesos del siguiente siglo, cuando se puso de nuevo el cerco a Viena:
Pero el hecho es que en aquella época los europeos eran más inteligentes de lo que son hoy, y excepto los franceses del rey Sol (que había firmado con el enemigo un tratado de alianza) acudieron todos a defender la ciudad considerada como el baluarte del Cristianismo. Todos. Ingleses, españoles, alemanes, ucranianos, polacos, genoveses, venecianos. El 12 de septiembre consiguieron una extraordinaria victoria que obligó a Kara Mustafa a huir abandonando camellos, elefantes, mujeres, concubinas degolladas, y… [pág. 52]
Oriana pasa luego a temas de mayor actualidad:
Son también los inmigrantes que se instalan en nuestra casa, lo que incluye Suiza donde son más del diez por ciento de la población. En la Europa sojuzgada el tema de la fertilidad islámica es un tabú que nadie se atreve a desafiar. Si lo intentas, vas derecho ante un tribunal acusado de racismo-xenofobia-blasfemia. No es casual que entre las acusaciones del proceso al que fui sometida en París figurase una frase (brutal, estoy de acuerdo, pero exacta) con la que me había traducido al francés. “Ils se multiplent comme les rats. Se multiplican como las ratas”.
Las regiones más densamente pobladas de la ex Unión Soviética son las musulmanas, comenzando por Chechenia.
Ninguna ley liberticida podrá nunca desmentir que precisamente gracias a esa extraordinaria fertilidad en los Años Sesenta y Ochenta los chiítas lograron imponerse en Beirut y destronar a la mayoría cristiano-maronita. Basta recordar aquello que Bumedián (que destituyó a Ben Bella con un golpe de Estado tres años después de la independencia de Argelia) dijo en 1974 ante la Asamblea de las Naciones Unidas: “Un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”. [págs. 54-56]

Pues sí. En la Europa que arde en llamas se ha reproducido la enfermedad que el siglo pasado convirtió en fascistas incluso a los italianos no fascistas, en nazis incluso a los alemanes no nazis y en bolcheviques a los rusos no bolcheviques. Y que ahora convierte en traidores incuso a los que no querrían serlo: el miedo.
“El Islam es teocracia. La teocracia niega la democracia. Ergo, el Islam está contra la democracia”. Un silogismo que don Tassi utilizaba para explicar que en manos de una teocracia la religión sólo sirve para mantenernos en la ignorancia, privarnos del conocimiento, asesinar nuestro intelecto.
¿Es el Corán es el nuevo Das Kapital, Mahoma el nuevo Karl Marx, Bin Landen el nuevo Lenin y el Once de Septiembre la nueva toma de la Bastilla? [págs. 59-61]

FRANCIA:
Que el sueño de destruir la Torre Eiffel es ante todo una gran estupidez lo entendí una tarde de la primavera de 2002, cuando La Rabia y el Orgullo salió en Francia donde un novelista acababa de ser incriminado por haber dicho que el Corán era el libro más estúpido y peligroso del mundo. ¿Sabes quién fue el primero en amontonar leña para mi suplicio? El mismo semanario parisino al que el editor le había concedido permiso para publicar extractos del libro en primicia. Publicado, junto a mi texto, las requisitorias de los psicoanalistas, islamistas, filósofos. ¿Sabes quién prendió fuego a la pira? El periódico de extrema izquierda que me dedicó una portada con el titular “Anatomía de un Libro Abyecto”. ¿Sabes qué pasó después? Muchos libreros atemorizados se vieron obligados a venderlo a escondidas.
Oriana nos confiesa a renglón seguido cómo le afectó esto:
No hacía otra cosa más que torturarme durante esos días. No hacía otra cosa más que sacudir la cabeza y repetirme: “No lo entiendo, no lo entiendo”. [págs. 63-66]
A lo que continúa escribiendo sobre Francia, específicamente sobre los llamados “asesinatos de honor” en el mundo musulmán:
Donde hace diez años una muchacha franco-turca de Colmar fue lapidada por su familia porque se había enamorado de un católico (“Mejor muerta que deshonrada” fue el comentario de su familia). Donde el mes de noviembre de 2001 una estudiante franco-marroquí recibió veinticinco puñaladas de su padre porque estaba a punto de casarse con un corso, también católico (“Mejor presidiario que deshonrado”, fue el comentario del padre).
Marsella en la práctica ya ha dejado de ser una ciudad francesa. Es una ciudad árabe. Ve y visita el barrio de Bellevue Pyat, convertido ahora en un arrabal de porquería y delincuencia donde los policías se niegan a aventurarse. Ve y visita la famosa Rue du Bon Pasteur donde todas las mujeres van con velo, todos los hombres con chilaba y la barba larga.
El colaboracionismo [de quienes promueven aún más inmigración] nace casi siempre del miedo. Pero su caso me recuerda al de los banqueros hebreos alemanes que, confiando en salvarse, le prestaron dinero a Hitler y que, a pesar de ello, terminaron en los hornos crematorios. [págs. 67-70]

INGLATERRA:
Es en Inglaterra, no en Francia, donde viven los cerebros de esta ofensiva, ideólogos que teorizan sobre ella, los intelectuales y los editores que la propagan, los sultanes que poseen los edificios y los hoteles más bellos de Londres. Porque también allí no se hace otra cosa que publicitar la sociedad pluriétnica, plurirreligiosa, pluricultural. [págs. 75s]
Oriana dedica las siguientes páginas a hablar de la escandalosa situación no sólo en Inglaterra, sino en Alemania, Holanda, Suecia y España, donde “desde Cádiz a Sevilla, desde Córdova a Granada, los ricachones de la realeza saudita han comprado las tierras más bellas de toda la región” (la antigua Al-Andaluz) y donde hay escuelas “en que enseñan exclusivamente a memorizar el Corán”. Luego se pregunta:
Y de todo esto nace el interrogante que me desgarra desde hace dos años: ¿pero cómo es posible que hayamos llegado a esta situación?
Pasa luego revista a la situación en su propio país, Italia, en la cual cita a un yihadista que dice:
Que para conquistarnos no necesitan pulverizar nuestros rascacielos o nuestros monumentos: les basta nuestra debilidad y su fertilidad. Entendámonos, lo dijo de forma simplona, burda, pero lo dijo con mucha claridad. “Esto no significa que nosotros queramos conquistaros con los ejércitos. Quizá todos los italianos terminen convirtiéndose. Porque a cada generación nosotros nos duplicamos más. En cambio vosotros os reducís a la mitad". [págs. 95s]

No hay religión [salvo el Islam] que se identifique con la Ley. En su vocabulario ni siquiera existe el término Libertad. Para decir Libertad dicen Liberación, Hurriya, palabra que deriva del esclavo derivado. Por Dios bendito, con todo lo que hemos luchado por romper el yugo de la Iglesia. Y después de haberlo roto, ¿vamos a entregarnos al yugo de un credo que no es el nuestro? ¿Para quién ha sido redactada la Constitución? ¿Para los italianos o para los extranjeros? Pregunto, en definitiva, si los extranjeros cuentan más que los ciudadanos. Si son una especie de superciudadanos. [págs. 97-100]

“Tradición islámica” significa total subordinación de la mujer. Esclavitud total. El Proyecto de las Comunidades Islámicas pide en cambio que en nuestras escuelas se enseñe el Corán como se enseña en sus escuelas privadas o en sus mezquitas. Y esta vez, lo piden sin ambigüedad. [págs. 127 & 131]

A Italia vuestros antepasados no han traído nada salvo el grito “Mamá, los turcos”. Vuestros antepasados sólo han venido a robar. Robar y punto. Y mientras escribo, la pregunta “cómo es posible que hayamos llegado a esto” vuelve a surgir. Y mientras vuelve a surgir me pregunto si fue por falta de perspicacia o por la fatalidad del destino por lo que gente como yo no se ha dado cuenta a tiempo de lo que se nos estaba viniendo encima. [págs. 135s]

Por lo demás, nadie se dio cuenta. La Guerra Fría distraía de todo. En aquella época sólo se hablaba del comunismo. No se oía la palabra islamismo.
Mira, el mundo que vislumbré con los Black Muslims [musulmanes negros] de Miami sólo lo volví a ver en 1971. Cuando fui a Bangladesh para cubrir la guerra indo-paquistaní y en Daca asistí a la matanza de los jóvenes impuros. Vi también la cantera de cemento donde un par de días antes los musulmanes de Mujib Rahman habían masacrado a ochocientos hindúes y donde los cuerpos de los ochocientos hindúes yacían abandonados al apetito de los buitres. Miles de buitres que desenrollaban en el cielo lo que parecían larguísimas serpentinas. Pero no eran serpentinas. Eran las vísceras que entre graznidos cogían con sus picos.
Entrevisté a George Habash [el rival de Arafat], el hombre al que le debíamos la mayor parte de los atentados en Europa. Y la entrevista con Habash me abrió los ojos. Porque mientras su concienzudo guardaespaldas lo protegía apuntándome con la ametralladora a la cabeza, con suma claridad Habash me explicó que el enemigo de los árabes no era Israel: era Occidente. Y aquí escúchame bien. No pierdas una palabra, una coma de lo que voy a contar. Ahí va: “Nuestra revolución es una etapa de la revolución mundial. No se limita a la reconquista de Palestina. Es necesario que toda la nación árabe entre en guerra con América y Europa. Que desencadene una guerra total contra Occidente. Y la desencadenará. Que América y Europa sepan que estamos apenas en el principio del principio. Que lo mejor está aún por llegar”. Y añadió: “Avanzar paso a paso, milímetro a milímetro. Año tras año. Década tras década”. [págs. 146-152]

Ya habían surgido [a mediados de los años noventa] la gran mezquita de París, la gran mezquita de Bruselas, la gran mezquita de Marsella. Habían surgido grandes y pequeñas mezquitas en Londres, Birmingham, Bradford, Colonia, Hamburgo, Estrasburgo, Viena, Copenhague, Oslo, Estocolmo, Madrid, Barcelona con el dinero de Arabia Saudita y de Kuwait y de Libia. Había estallado el Renacimiento del Islam apenas caído el Muro de Berlín. Ha llegado pues el momento de responder con claridad a la pregunta que ya por dos veces he dejado en suspenso. La pregunta de cómo hemos llegado a esto, qué hay detrás de esto. [págs. 157s]
En el siguiente capítulo Oriana expone su teoría. Una vez expuesta, culpa de colaboracionismo a la izquierda europea de la situación actual, y en subsecuentes capítulos escribe:
Aclarar ante todo que cuando hablo de derecha e Izquierda no me refiero a dos entidades opuestas y enemigas. ¿Sabes por qué? Porque en Occidente la Derecha ya no existe. Por eso hay momentos en los que me maldigo por no haberlo visto antes, por haberme dejado tomar el pelo durante buena parte de mi vida. [págs. 225s & 235]

Sin embargo, las culpas [de la izquierda] superan ampliamente a los méritos. Una de estas culpas que por medio de los cineastas, periodistas, maestros de escuela, profesores universitarios, se ha envenenado a dos generaciones. Y que ahora se está envenenando a la tercera. Salieron del vientre de la Izquierda. A los antiglobalización y los sedicentes pacifistas no los ha creado mi tía. Los ha creado la Izquierda.
Habitualmente son aquellos que cuando escribía contra la guerra de Vietnam se ponían en pie para aplaudirme. En cambio desde Hanoi cuando contaba las monstruosidades del régimen comunista, me comían viva. Pero la mayor culpa con la que se manchó la Izquierda durante los últimos cincuenta años es la culpa de haber favorecido la islamización de Italia. [págs. 239s & 245]
Mahoma consumó el matrimonio con una niña de nueve años y los musulmanes devotos tratan de imitarlo (a sus treinta años, el ayatolá Jomeini se casó con una niña de diez años). En el capítulo 11 Oriana habla de los estatutos sexuales que elaboró Jomeini cuando impuso la ley de la Sharia en Irán después del régimen secular del desterrado Sha. Oriana comenta:
En 1979 la Izquierda italiana mejor dicho la europea se había enamorado de Jomeini. La izquierda habla de progreso. ¿Cómo es posible que fornique con la ideología más retrógrada y más represiva de la tierra? ¿Cómo es posible que aplauda a un mundo en el que una niña puede ser viuda a los nueve años? Sufrí una especia de enfermedad, sí. De obsesión mejor dicho. Les preguntaba a todos: “¿Tú lo entiendes, usted entiende por qué la Izquierda está de parte del Islam?” Y todos respondían: “Claro que sí. La Izquierda es tercermundista, antiamericana, antisionista. Y el Islam también”. O bien: “Simple. Con el hundimiento de la Unión Soviética y el resurgir del capitalismo en China, la Izquierda ha perdido sus puntos de referencia. Ergo, se aferra al Islam como su tabla de salvación”. Por eso seguí atormentándome hasta que me di cuenta de que mis preguntas estaban equivocadas.
Eran preguntas equivocadas porque estaban equivocados los razonamientos o mejor dicho presupuestos en los que se basaban. Primer presupuesto, que la Izquierda es laica. Pues no: no es laica. La Izquierda es confesional. Eclesiástica. De una parte sus fieles y de otra parte sus infieles más bien los perros-infieles. Como el Islam, nunca reconoce sus culpas y sus errores. Se considera infalible, nunca pide perdón. Como el Islam, no acepta que pienses de una forma diferente. Autocrática, totalitaria, incluso cuando acepta el juego de la democracia. No en vano el noventa y cinco por ciento de los italianos convertidos al Islam proceden de la Izquierda o del la Extrema Izquierda roji-negra. Como el Islam, por último, la Izquierda es antioccidental. Y el motivo por lo que es antioccidental te lo digo con un extracto del liberal austriaco Friedrich Haynek a propósito de la Rusia bolchevique y de la Alemania nazi: “Aquí no sólo se abandonan los principios de Adam Smith y de Hume, de Locke y de Milton. Aquí se abandonan las características más básicas de la civilización desarrollada por los griegos y los romanos y el cristianismo, es decir, la civilización occidental. Aquí no se renuncia sólo al liberalismo del XVIII y del XIX, es decir al liberalismo que completó dicha civilización. Aquí se renuncia al individualismo que gracias a Erasmo de Rotterdam, a Montaigne, a Cicerón, a Tácito, a Pericles, a Tucídides, heredó esa civilización. El individualismo, el concepto de individualismo, que a través de las enseñanzas proporcionadas por los filósofos de la antigüedad clásica, del cristianismo, del Renacimiento y de la Ilustración nos ha hecho tal y como somos”. [págs. 249-254]
En las siguientes páginas Oriana arremete contra aquellos que, en aras del multiculturalismo y la corrección política —jamás considerar a una cultura más patológica que la nuestra—, hacen la apologética de la ablación del clítoris en algunos países musulmanes. Una vez concluido este tema, Oriana habla sobre:
Una mezquita de Túnez donde se suele decir “espero que todos mis hijos mueran mártires”. A los tipos como yo se les procesa, se los denigra, pero a los hijos de Alá hay que tratarlos con sumo cuidado, ¿verdad? [págs. 275s]
Ya en el epílogo de su libro, Oriana cita a Tocqueville: que en las democracias, es decir: la dictadura de las mayorías, se puede decir todo menos la verdad porque la verdad pone entre la espada y la pared. “Da miedo. Los más ceden al miedo y trazan en torno una invisible pero infranqueable barrera de la cual sólo se puede o callar o unirse al coro”. Luego añade:
Cuando en el mes de octubre de 2002 publiqué en Italia el texto de la conferencia titulada “Wake up Occidente”, esperaba que en torno a él se abriese un debate. Era un texto sobre el sueño que ha narcotizado a Europa transformándola en Eurabia, y merecía una discusión. Pero… el círculo infranqueable, la barrera insuperable, existe también en América. Lo sé. De hecho, Tocqueville descubrió el triste fenómeno estudiando las democracias en América. Piensa en los oportunistas que vestidos de profesores infestan las universidades contando a los estudiantes que la cultura occidental es una cultura inferior e incluso perversa.
A tales ideologías de autoodio Oriana contrapone lo mejor que Occidente ha dado:
“El secreto de la felicidad es la libertad, y el secreto de la libertad es el coraje”, decía Pericles.
Pero en nuestro mundo gobernado por lo Politically Correct lo que impera es el—:
miedo, y expresar una opinión diferente a la expresada o aceptada por la mayoría. Miedo de no estar suficientemente alineados, obedientes, serviles, y por lo tanto poder ser condenados a la muerte civil con la que las democracias inertes chantajean a los ciudadanos. En definitiva, miedo a ser libres. A arriesgarse, a tener coraje. Hoy el coraje es una mercancía de lujo, en cambio la cobardía es el pan que se vende en las tiendas.
Si muere la democracia, la libertad se va a hacer puñetas. Porque, queridos míos, es necesario un examen de conciencia. Eso que nadie quiere hacer, se atreve a hacer. Y una vez establecido esto, intentemos responder a la pregunta más difícil que jamás me hayan planteado. La pregunta: ¿estamos todavía a tiempo de apagar el incendio?
Quizá no.
He aquí el problema, porque para apagar el incendio no basta sólo con América. No es sufriente. Es cierto que América es fuerte y generosa. Tan fuerte y tan generosa que en los últimos sesenta años ya ha apagado dos incendios. El del nazifascismo y el del comunismo. Pero para apagar este incendio hace falta ante todo y sobre todo contar con Europa. Y todo lo que sucede en Europa, en Eurabia, es declive de la Razón. Pensar ilusamente que hay un Islam bueno y un Islam malo, es decir no darse cuenta que existe sólo un Islam; no defender el propio territorio, la propia casa, los propios hijos, va contra la Razón. Ir contra la Razón es también esperar que el incendio se apague por sí solo. Por lo tanto, escuchadme bien, por favor. Escuchadme bien porque, como ya he dicho, no escribo por diversión o por dinero. Escribo porque es mi deber. Un deber que me está constando la vida. Y por deber he examinado a fondo esta tragedia, la he estudiado a fondo. En los últimos dos años no me he ocupado de otra cosa. Y me gustaría morir pensando que tanto sacrificio ha servido para algo. En mi “Wake up Occidente” decía que habíamos perdido la pasión, que es necesario reencontrar la fuerza de la pasión. Y Dios sabe que es cierto. Para no acostumbrarse, para no resignarse, para no rendirse, es necesaria la pasión. Para vivir es necesaria. Pero aquí no se trata sólo de vivir y punto. Aquí se trata de sobrevivir. [págs. 288- final del libro]

Oriana Fallaci I: La rabia y el orgullo

Oriana Fallaci es una heroína que merece un monumento en cada ciudad de Europa. Europa: una Troya en llamas por el Islam por culpa de los gobiernos, la academia antioccidental y multiculturalista, y los medios de comunicación.
Como no tengo los medios para construirle una escultura, me limito a capturar los pasajes más iluminadores de su trilogía, empezando por
La Rabia y el Orgullo (España: La Esfera de los Libros, 2002), sin intercalar puntos suspensivos al saltarme un párrafo:


Extractos de La rabia y el orgullo:

Vivo en el autoexilio político que contemporáneamente a mi padre me impuse hace muchos años. Es decir, cuando ambos nos dimos cuenta de que vivir codo a codo con una Italia cuyos ideales yacían en la basura se había convertido en algo demasiado difícil, demasiado doloroso; y desilusionados, ofendidos y heridos cortamos los lazos con la mayoría de nuestros compatriotas. [pág. 7]

Y por disciplina, por coherencia, he permanecido callada durante todos estos años como un lobo desdeñoso. Un viejo lobo consumido por el deseo de destripar las ovejas, descuartizar los conejos. Así, dieciocho días después del Apocalipsis de Nueva York [el 11 de septiembre], rompí el silencio con el larguísimo artículo que apareció en un periódico italiano. [pág. 14]

Y justo cuando me preguntaba “qué hago”, “qué hago” la TV me mostró las imágenes de los palestinos que locos de alegría celebraban la masacre. Berreaban Victoria-Victoria. Entonces, con el ímpetu de un soldado que sale de la trinchera y se lanza contra el enemigo, me arrojé sobre la máquina de escribir. Hice lo único que podía hacer: escribir. Conceptos que durante años había tenido aprisionados en mi cerebro y en mi corazón diciéndome: “Es inútil. La gente está sorda. No escucha. No quiere escuchar”. Y lo que escribí en aquellos días era realmente un llanto incontenible. Por los vivos, por los muertos. Por los que parecen vivos pero están muertos como los italianos, los europeos, que no tienen cojones [“huevos” se diría en México] para cambiar. Regresé a la máquina de escribir donde el incontenible llanto se transformó en un grito de rabia y de orgullo. Un “ J’accuse ”. Trabajé todavía un par de semanas. Sin parar, sin comer, sin dormir. No sentía ni siquiera el hambre, no sentía ni siquiera el sueño. Me sustentaba sólo con cigarrillos y café. Bien: las páginas que siguen a este prólogo son el pequeño libro, el texto completo que escribí en las dos semanas las cuales no comía, no dormía, aguantaba despierta con café y cigarrillos. [págs. 16-19 & 23]

Para comprenderlo basta mirar las imágenes que encontramos cada día en la televisión. Las multitudes que abarrotan las calles de Islamabad, las plazas de Nairobi, las mezquitas de Teherán. Los rostros enfurecidos, los puños amenazadores, las pancartas con el retrato de Bin Laden, las hogueras que queman la bandera americana y el monigote de George Bush. Quien en Occidente cierra los ojos, quien escucha los berridos Allah-akbar, Allah-akbar. ¿Simples grupos de extremistas? ¿Simples minorías de fanáticos? Son millones y millones los fanáticos. Esos millones y millones para los que Osama bin Laden es una leyenda comparable con la leyenda de Jomeini. Esos millones y millones que, desaparecido Jomeini, se reconocen en el nuevo líder, el nuevo héroe. Hace unas cuantas noches vi a los de Nairobi (lugar del que nunca se habla). Abarrotaban la plaza del mercado más que en Gaza o Islamabad o Jakarta, y un reportero de TV preguntó a un viejo: “Who is for you Bin Laden?” “A hero!, our hero!” respondió. Y el verdadero protagonista de esta guerra no es Osama bin Laden. No es la parte visible del iceberg, la cumbre de la montaña. Es la Montaña. Esa Montaña que culpa a Occidente de las pobrezas materiales del mundo islámico. [págs. 27s]

Soy Toscana y Florentina. Pienso en la Galería de la Academia con el David de Michelangelo (un David escandalosamente desnudo, Dios mío, luego especialmente mal visto por los fieles del Corán.) Y si los jodidos hijos de Alá me destruyeran uno solo de estos tesoros, uno solo, sería yo quien se convertiría en una asesina. Así que escuchadme bien, secuaces de un dios que predica el “ojo por ojo y diente por diente”: yo no tengo veinte años pero nací en la guerra, en la guerra crecí, en la guerra he vivido la mayor parte de mi existencia. De guerra entiendo y tengo más cojones que vosotros.

Apenas informado de que el artículo se estaba convirtiendo en un libro, el profesor Howard Gotlieb de la Boston University, la universidad americana que desde hace décadas recoge y cuida mi trabajo, me llamó y me preguntó: “Cómo definiremos La Rabia y el Orgullo?” “No lo sé”, respondí explicándole que esta vez no se trataría de una novela ni de un reportaje y tampoco de un ensayo o de unas memorias o de un panfleto. “Cómo esperas que se lo tomen los italianos, los europeos?” “No lo sé”, respondí. “Un sermón se juzga por los resultados, no por los aplausos o los silbidos que recibe. Y antes de ver los resultados del mío tendrá que pasar mucho tiempo. No se puede despertar de repente y con un pequeño libro escrito en pocas semanas a quien duerme como un oso en letargo. No sé tampoco si el oso despertará, profesor Gotlieb. De veras no lo sé...” En compensación sé que cuando se publicó el artículo en cuatro horas el diario agotó un millón de ejemplares y ocurrieron episodios conmovedores. Cuando el director ahora espantado vino a Nueva York para incitarme a romper el silencio ya roto, no me habló de dinero. Y esto no me desagradó. Me pareció casi elegante que él no tocase el tema del dinero respecto a un trabajo avalado por la muerte de tantas criaturas y en mi intención destinado a taladrar las orejas de los sordos, abrir los ojos de los ciegos, inducir a los descerebrados a usar el cerebro. [págs. 38-41 & 51s]

En cuanto a los que se arrojaron contra las Torres y el Pentágono, los juzgo particularmente odiosos. Se ha descubierto que su jefe Muhammad Atta dejó dos testamentos. Uno que dice: “En mis funerales no quiero seres impuros, es decir, animales y mujeres”. Otro que dice: “Ni siquiera cerca de mi tumba quiero seres impuros. Sobre todo los más impuros de todos: las mujeres embarazadas”. [pág. 62]

Intimidados como estáis por el miedo de ir a contracorriente o parecer racistas —palabra inapropiada porque como resultará claro el discurso no es sobre una raza, es sobre una religión. No entendéis o no queréis entender que aquí está ocurriendo una Cruzada al Revés. Y no tengo ninguna intención de ver mi racionalismo, mi ateísmo, ofendido y perseguido y castigado por los nuevos inquisidores de la Tierra. Por los bárbaros que usan el cerebro sólo para memorizar el Corán. Por los obtusos que rezan cinco veces al día, que cinco veces al día están arrodillados y con el trasero expuesto... [págs. 83]

“¡Racista, racista!” Fueron las cigarras, los soi-di-sant progresistas —en aquel tiempo se llamaban comunistas— los que me crucificaron. Por lo demás el insulto racista-racista me lo gritaron de igual modo cuando los soviéticos invadieron Afganistán. ¿Recuerdas a los barbudos con sotana y turbante que antes de disparar el mortero o mejor a cada golpe de mortero, berreaban preces al Señor, Allah-akbar? Yo les recuerdo bien. Y, a pesar de mi ateísmo, aquel acoplar la palabra de Dios al golpe de mortero me daba escalofríos. Horrorizada decía: “Los soviéticos son lo que son. Pero debemos admitir que con esta guerra nos protegen incluso a nosotros. Y se los agradezco”. Ayuda, ayuda: se volvieron a abrir los cielos: “¡Racista, racista!” Cegados por su mala fe, su cinismo, su oportunismo, no querían tampoco considerar las monstruosidades con las que los afganos mataban a los prisioneros soviéticos. A los prisioneros soviéticos les cortaban las piernas y los brazos, ¿recuerdas? El pequeño vicio al que sus correligionarios ya se habían dedicado en el Líbano con los cristianos y los judíos. (Y no hay que asombrarse visto que durante el siglo XIX mutilaban y mataban de la misma manera a los diplomáticos y los embajadores británicos de Kabul. Relee la historia y apunta los nombres, los apellidos, las fechas… A los diplomáticos británicos, a los embajadores, les cortaban también la cabeza. Después, con ella, jugaban al polo. Las piernas y los brazos, en cambio, los exponían en las plazas o los vendían en el bazar.) Eh, sí: también de esto rehusaban hablar las cigarras. [págs. 86s]

Si América cae, cae Europa. Cae Occidente, caemos nosotros. [pág. 89]

Durante la entrevista de la CNN, cuatro veces Christiane Amanpour le preguntó a Chirac de qué modo y en qué medida pensaba oponerse a la Yihad. Y cuatro veces eludió la respuesta escurriéndose como una anguila. Cuatro. Y la cuarta vez grité: “Monsieur le Président! ¿Recuerda el desembarco en Normandía? ¿Recuerda cuántos americanos cayeron en Normandía para expulsar de Francia a los nazis?”
El problema es que de España a Suecia, de Alemania a Grecia, ni siquiera en los otros países europeos veo a Ricardos Corazón de León. [pág. 90]

Y a propósito de inteligencia: ¿es verdad que en Europa los actuales líderes de la izquierda o de lo que llaman izquierda no quieren oír lo que digo? ¿Es verdad que al oírlo montan en cólera, berrean “Inaceptable, inaceptable”? ¿Por qué? Si las monstruosidades de su Corán osan imponerlas en mi país… Lo pretenden. Osama bin Laden ha declarado muchas veces que toda la Tierra debe ser musulmana, que todos debemos convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas. Y me dan ganas de invertir los papeles, de matarlo él. La Cruzada al Revés dura desde hace demasiado tiempo, amigo mío. Y seducida por nuestro bienestar, nuestras comodidades, nuestras oportunidades, alentada por la flaqueza y la incapacidad de nuestros gobernantes, sostenida por los cálculos de la Iglesia católica y por oportunismos de la izquierda, protegida por nuestras leyes complacientes. Los quince millones de musulmanes que hoy viven en Europa (¡quince!) son solamente los pioneros de las futuras oleadas. Y créeme: vendrán cada vez más. Exigirán cada vez más. Pues negociar con ellos es imposible. Razonar con ellos, impensable. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio. Y cualquiera que piense lo contrario es un pobre tonto. [págs. 96-99]

A las cigarras de sexo masculino, o sea los hipócritas que nunca pronuncian una palabra contra el burkah, nunca mueven un dedo contra los nuevos nazis de la tierra, no tengo nada que decirles. A las cigarras de sexo femenino, o sea las feministas de mala memoria, por el contrario, tengo algo que decirles y aquí está. Fuera la máscara, falsas amazonas. ¿Cómo es que ante las mujeres afganas, ante las criaturas asesinadas torturadas humilladas por los cerdos-machistas con la sotana y el turbante, imitáis el silencio de vuestros varoncitos? ¿Cómo es que nunca vais a ladrar ante la embajada de Afganistán o de Arabia Saudí o de cualquier otro país musulmán? Sois y siempre habéis sido gallinas. [págs. 112-114]

Además, cada objeto sobreviviente del Pasado es sacro. Los dos Budas de Bamiyán… esos hijos de puta me los han destruido. [pág. 116]

Los he visto en Beirut. Aquella Beirut donde habían sido acogidos por los libaneses, se habían apropiado de la ciudad y luego del país entero. Dirigidos por ese Arafat que hoy se hace la víctima, que descaradamente reniega de su pasado (y presente) de terrorista.
¿Nadie se acuerda del santo eslogan lanzado por Lenin, “La religión es el opio de los pueblos”? Miradme a los ojos, cigarras de lujo y no lujo: ¿adónde ha ido vuestro laicismo? En Europa defender la propia cultura se ha convertido en un pecado mortal. [págs. 125-127]

Paren demasiado, esos hijos de Alá. Los europeos y particularmente los italianos ya no paren: estúpidos. Sus huéspedes, al contrario, no hacen más que parir. Se multiplican como ratones. [pág. 136]

Estoy diciendo que en Italia, en Europa, no hay sitio para los muecines, los minaretes, los falsos abstemios, el maldito chador. Equivaldría a regalarles nuestra alma, nuestra patria. En mi caso, Italia. Y mi Italia no se la regalo a nadie. Naturalmente mi patria, mi Italia, no es la Italia de hoy: la Italia mezquina, estúpida, cobarde. [pág. 143 & 149]

Los ex comunistas me han ofendido con su prepotencia, su terrorismo intelectual. Esos curas rojos que me trataban como una Infiel. Cuando les señalas la luna con el dedo, los cretinos miran el dedo, no la luna. [págs. 153 & 176]

¡Ah! ¡Cómo soñaba a Europa cuando era joven, muy joven! Bueno. Los italianos de las Italias que no son mi Italia cacarean que hemos hecho Europa [la Unión Europea]. Los franceses, los ingleses, los españoles, los alemanes (etcétera) que se asemejan a los italianos dicen lo mismo. Pero este Club Financiero que roba mi parmesano y mi gorgonzola, que sacrifica mi bella lengua y mi identidad nacional, que me irrita con el Politically Correct y con sus ridículas demagogias populistas, “todos los perros son iguales”, “todos los culos son iguales”, esta mentira que facilita la invasión islámica y hablando de Identidad Cultural fornica con los enemigos de la civilización, no es la Europa que yo soñaba. No es Europa, es el suicidio de Europa.
Lo que tenía que decir lo he dicho. La rabia y el orgullo me lo han ordenado. [págs. 180-final del libro]
Extensas citas a los siguientes libros de Oriana sobre la islamización también pueden leerse en este blog aquí y acá.