jueves, 16 de diciembre de 2010

La psicoclase de Nueva Guinea

En mi entrada anterior hablé de la idiotez de un supuesto fan de Alice Miller quien se hace de la vista gorda sobre los crímenes que, con sus críos, cometen los padres de las culturas más rezagadas. Puse el caso de Nueva Guinea. Pero no especifiqué qué sucedía allá. Aunque casi extinta, en la actualidad la psicoclase infanticida tribal que escandalizó a los europeos decimosextos con sus sacrificios y canibalismo de niños (el tema de mi libro El retorno de Quetzalcóatl) persiste, y fueron precisamente unos españoles quienes se toparon con ella.

En noviembre de 1995 César Pérez de Tudela, uno de los alpinistas más conocidos en España, y el profesor Vicente Martínez encontraron en Nueva Guinea una tribu de antropófagos. Al inicio de mi Quetzalcóatl hablé de lo que Géza Róheim escribió en los años cincuenta sobre los aborígenes que había visto en la isla. La nueva expedición se hizo en poblados situados en las fuentes de los ríos de Irian Jaya. “La expedición española vio numerosas cabezas cortadas a las que habían devorado partes de sus cuerpos”. Un misionero desaparecido en esa zona meses antes había sufrido idéntica suerte. “Al ser nómadas”, continúa el artículo, “estas tribus son de difícil localización; las regiones que recorren, muy insalubres, están habitualmente azotadas por la malaria”. Hay quienes creen que Pérez de Tudela y sus acompañantes encontraron a los últimos caníbales del planeta. Pero lo que se hacía en la isla era sabido por los antropólogos tiempo atrás, como se detalla en mi libro.

El infanticidio animal ha sido estudiado por Yukimaru Sugiyama y otros, incluyendo el infanticidio entre los monos Langur de la India y los gorilas de lomo plateado: la plataforma para entender las motivaciones infanticidas de nuestros ancestros homínidos. Como no podemos ver nuestro pasado paleolítico y neolítico, en psicohistoria los estudios de los caníbales nómadas de Nueva Guinea arrojan luz sobre las formas de crianza que mantuvieron cautiva a la humanidad en el pensamiento paleológico antes de idear la agricultura.

Otra manera de visualizar el concepto de psicoclases es leer las notas periodísticas sobre la cacería de “niños brujos” en África. Un reporte de 2006 de la UNICEF y otros defensores infantiles calculan que miles de niños en Angola, Congo y la antigua Zaire son acusados de brujería. La creencia está tan arraigada que incluso los trabajadores sociales creen en su existencia. En 2001 al menos mil brujas fueron macheteadas hasta morir en una purga en Zaire: la actual República Democrática del Congo.

La figura de la depredadora bruja nocturna que se chupa a los niños ha dejado perplejos a los antropólogos. Aunque no creen en los universales tal figura se presenta independientemente en las culturas autóctonas de Asia, América, Europa y África.

Pero después de haber escrito mi Quetzalcóatl entiendo mejor el fenómeno. La dualidad del mito podría tener su génesis en el hecho que muchas madres de la vida real cuidan íntimamente al niño a la vez de comportarse como devoradoras, succionadoras de vida. Al estar proscrito este saber a lo largo de las culturas debido al problema del apego con el agresor, el inconsciente colectivo crea un símbolo. Así lo ilustré con la figura de Tonantzin-Guadalupe en mi libro La india chingada, y, a nivel individual, en la manera como de adolescente me escandalizaba al soñar diariamente a mi madre como una Medusa al despabilarme en las mañanas: sueños que le dieron el título al primer libro de mi serie, Carta a mamá Medusa.

¿Llevando a Alice Miller “al siguiente nivel” o un gigantesco paso hacia atrás?

En memoria de Alice Miller, aquí presento una traducción de mi reciente reseña de un libro en Amazon Books.


A diferencia de un libro académico que Daniel Mackler coeditó, y a diferencia de otro libro escrito en colaboración con muchos autores, Toward Truth (Hacia la verdad: una guía psicológica de iluminación) es la declaración más personal de Mackler. Tanto en la imagen de la portada del libro como en su contenido, “iluminación” es un concepto tan central en Mackler (“Se trata de mi tema favorito, el más precioso para mí que todos los demás, de verdad”) que es pertinente analizarlo.

En primer lugar, ¿es Danny Mackler realmente un “iluminado”? Como defensor de los niños, lo que más llama mi atención de los libros y escritos de Mackler, incluyendo Hacia la verdad, es el hecho de que no da crédito a Lloyd deMause, un pensador social conocido por su trabajo en el campo de la psicohistoria. DeMause vive en la misma ciudad de Mackler y comenzó a publicar sobre las diversas formas abusivas de crianza de los niños cuando Danny era un niño pequeño. Por supuesto, cuando uno se entera de que la conclusión final de la psicohistoria demausiana es que los métodos de crianza son aún peores en las culturas no occidentales, la razón por la que Mackler apriorísticamente despacha a la psicohistoria se vuelve vidente.

Como la mayoría de los neoyorquinos no gentiles, Mackler es un ultraliberal que se suscribe a las modas posmodernas en nuestro suicida zeitgeist (de los libros que he reseñado para Amazon, véase especialmente mi reseña de libro de Michael H. Hart Conservando la civilización occidental). Quizá Mackler no esté plenamente consciente, pero inconscientemente se suscribe a lo que los antropólogos llaman relativismo cultural. Mackler escribió:
Esto [el concepto de “psicoclases” de deMause], para mí, representa un peligro: etiquetar a otra cultura de inferior, o etiquetarla de “totalmente infanticida”. Básicamente el concepto nos dice que ellos están totalmente mal, son viles, inútiles y estúpidos, y que no tenemos nada que aprender de ellos; cuando eso no siempre puede ser el caso. Asimismo, el concepto resulta en que se nos haga muy fácil idealizarnos.
Por supuesto, Mackler es ignorante de la psicohistoria. Ni deMause ni otros psicohistoriadores dicen que las tribus son “totalmente infanticidas”. Cuando un terapeuta que coquetea con el New Age como Mackler lleva a cabo su “conexión interna” que supuestamente culmina en la “iluminación”, ¿está diciendo que es posible sanar al mundo a través de la introspección, sin acción política alguna (incluyendo guerra contra las culturas inferiores)? Cuando se enfrenta con el pensamiento político conservador, Mackler distorsiona la psicohistoria y mágicamente trasmuta horribles hechos históricos, como el infanticidio y el sacrificio de niños entre los aborígenes, a un mirarse en el ombligo. En el foro que debido a mis críticas Mackler cerró, escribió:
Lo más probable es que nunca vaya a ir a Nueva Guinea [el hogar de una terrible tribu infanticida] y ellos nunca oirán de mí. Mi trabajo—nuestro trabajo, como yo lo veo—, es “reformar a las más regresivas psicoclases” dentro de nosotros mismos, para sanar nuestro interior. Una parte de mí sigue siendo primitiva y regresiva.
Mackler confunde así al mundo objetivo donde los no-occidentales abusan más de sus hijos, con su pequeño y subjetivo mundo plagado de New Age. Esencialmente nos está diciendo que su trabajo es estar libre de sus traumas interiores, ¡como si tal práctica acabaría con el comportamiento infanticida de los padres de Nueva Guinea!

El infanticidio en Oceanía y en las tribus que persisten en el mundo no tiene un impacto directo en nuestra civilización. Pero en tanto que los niños y las mujeres son muy maltratados en el Islam, la migración masiva de los musulmanes a Europa se ha convertido en un problema.

Esto debería ser una obviedad para los defensores auténticos de los niños. Pero me impacta sobremanera el hecho de que tanto los fans de Miller como los de deMause—incluyendo Mackler ¡y aún los críticos de Mackler!—, se obcecan deliberadamente ante ello. Aquí no puedo hablar de los libros de Bruce Bawer, Robert Spencer, Oriana Fallaci y muchos otros. Baste decir que con el colapso demográfico de los Caucásicos está poniendo en grave peligro la causa de los defensores de los niños y lo que deMause llama “modo ayuda” en puericultura. Esto se debe a que, al igual que Mackler, muchos padres potencialmente “ayudadores” se niegan a reproducirse. Y lo peor es que los inmigrantes musulmanes se reproducen profusamente y anhelan imponer la ley islámica en Europa, es decir, la ley coránica que exige un mayor abuso de las mujeres y los niños de lo que hacemos los occidentales.

A Will Durant le llevó más de tres décadas escribir su monumental Historia de la Civilización. Después de terminar los diez volúmenes de la Historia siguió su ensayo Las lecciones de la historia, que refleja tanto la erudición de Durant como su sabiduría acumulada. Leí Las lecciones de la historia en 1996 y me gustaría citar algunos extractos de uno de los capítulos, “La biología y la historia”. Resuena con el punto que estoy tratando de hacer frente a la ética Mackler (“Mi verdadero punto de vista trata de lo horrible que los padres [occidentales] son, y por qué no deberían tener hijos, el tema de mi artículo sobre Alice Miller”).

Will Durant escribió:
Así que la primera lección de la historia biológica es que la vida es competencia. La segunda lección biológica de la historia es que la vida es selección. No nacemos libres, ni iguales. La naturaleza ama la diferencia. La desigualdad no sólo es natural e innata, sino que crece con la complejidad de la civilización.

La naturaleza sonríe ante la unión de la libertad y la igualdad en nuestras utopías. Porque la libertad y la igualdad son enemigos jurados y eternos, y cuando uno se impone el otro muere. Dejad al hombre libre y sus desigualdades naturales se multiplicarán casi geométricamente, como en Inglaterra y Estados Unidos en la década del siglo bajo la laissez-faire.

Las utopías de la igualdad están biológicamente condenadas.

La tercera lección biológica de la historia es que la vida debe procrear. La naturaleza no hace uso de organismos, variaciones o grupos que no pueden reproducirse en abundancia [como los homosexuales, a quien por cierto Daniel Mackler defiende con vehemencia]. Tiene pasión por la cantidad como requisito previo a la selección de la calidad. No le importa que un alto porcentaje esté por lo general acompañado de una civilización cuya cultura sea baja, o una baja tasa de natalidad en una civilización de alta cultura. La naturaleza vela para que una cultura con baja tasa de natalidad sea periódicamente castigada por el grupo más viril y fértil.

Es divertido encontrar a Julio César en 59 A.C. ofreciendo premios a los romanos que tuvieran muchos niños, y prohibiendo a las mujeres sin hijos que llevaran joyas. En Estados Unidos la baja tasa de natalidad anglosajona ha disminuido el poder económico y político de ese grupo étnico. Así que la tasa de natalidad, como la guerra, puede determinar el destino de las teologías, al igual que la derrota de los musulmanes en Tours (732) mantuvo a Francia y a España libres de sustituir la Biblia por el Corán.

No hay mejor humorista que la historia...

En comparación con la Historia de Durant, el libro de Mackler Hacia la verdad parece haber sido escrito en Marte.

El problema central es el concepto mimado por Mackler, la “iluminación”, un estadio mental definido ¡por Mackler mismo! (“no sueños”, “no inconsciente” y cosas similares). Sí, es Mackler quien define cuándo una persona caucásica está lo suficientemente iluminada y por lo tanto tiene derecho a tener hijos. Absurdamente, Dan Mackler no predica a los inmigrantes moros que detengan su reproducción. Y mucho menos ha sugerido, como podríamos concluir al leer Conservando la civilización occidental (citado arriba), que expulsemos tanto a ellos como a otros abusadores de niños del tercer mundo que viven en Europa y los EE.UU.

Si la “iluminación” de la que habla Mackler o ética del No Te Reproducirás fuera su decisión privada, no casarse y no tener hijos, no me opondría. Pero Mackler predica a los demás: “ellos no deben tener hijos” (el énfasis es mío). Y Mackler coloca la barra del salto de altura para obtener el derecho a criar tan alto que cree que el Iluminado, presumiblemente quien sí podrá reproducirse ¡no tendría necesidad de soñar! Si todos los occidentales siguieran su consejo tanto nuestra civilización como la raza blanca se extinguirían. Y si la psicohistoria está en lo cierto, el Occidente suicida de Mackler dejaría a los niños del mundo en peligro mucho mayor de ser maltratados en las culturas no occidentales sobrevivientes.

¿Cómo podríamos entender la mente extraordinaria de Mackler? En Hacia la verdad, siempre que Mackler habla del niño maltratado se refiere a éste como un “él”, mientras que el padre abusivo siempre es una “ella”. Esto me hace leer su texto entre las líneas.

Usando su verdadero nombre—Daniel Mackler—, Mackler ha confesado en videos de YouTube que el perpetrador en su vida fue su madre. Qué curioso... ¿No será que su distribución de los roles de género indica que el alboroto que armó en su gran ensayo sobre la pobre de Alice Miller (presumiblemente debido a su fantasía sexual ocasional, no actuada, hacia sus hijos) sea proyección del mismo Mackler? Infortunadamente, Mackler ha declarado que no va a publicar su autobiografía en cuatro volúmenes durante el lapso de nuestras vidas, donde explica exactamente qué le pasó de niño. Danny escribió:
He tomado algunas decisiones respecto a mantener la mayoría de los aspectos de mi vida personal privados, por lo que podría parecer como hipócrita eso de mi hablar de las vidas personales de otros. A veces me siento culpable por eso. Pero en el caso de Ellie Van Winkle [su crítica aparece aquí], sin embargo, ha estado muerta durante más de cinco años, así que creo que es aceptable. Además, no tengo ninguna intención de dejar a mi historia personal siempre sin contar. De hecho, he escrito una gran cantidad sobre ello, con gran detalle tanto en lo que digo sobre quienes me traumaron como sobre las formas muy saludables, y muy enfermizas, en que reaccioné. Pero no puedo ver su publicación a corto plazo. Creo que se trata de décadas y décadas al futuro. Tal vez después de que yo y muchos otros hayan muerto. No lo sé...
Mackler está equivocado. Hacia la verdad no “lleva a Alice Miller al siguiente nivel” como se nos vende en la contraportada. Todo lo contrario. A diferencia de Mackler, Miller compartió mucho sobre su vida íntima. Andreas Wirsén, un fan de Alice Miller, ha señalado en un artículo que afirmaciones como la anterior cita de Mackler nos parecen un salto gigantesco hacia atrás desde el legado de Miller. No, no crean esto sólo porque yo lo digo. La prueba está en el postre: prueben los libros de Mackler; compárenlos con los de Miller, y vean qué quiero decir.

Quería publicar mi desenmascaramiento de Daniel Mackler antes de que pasara el año en que mi querida Alice Miller murió. Mi conclusión es que los estudios sobre la infancia sí pueden tomar un nuevo camino, “un siguiente nivel” como escribe Mackler. Pero lo que necesitamos es un camino más sano, digamos la unión de los hallazgos de Miller con la psicohistoria. (He escrito un libro sobre el tema, El retorno de Quetzalcóatl disponible en mi web, pero rebasa con mucho esta reseña).

domingo, 5 de septiembre de 2010

“Anónimo”

Nota de diciembre 15 de 2010:

Escribí esta entrada cuando un comentario mío en el blog de José Luis Cano Gil misteriosamente desapareció hace unos meses.

Estos días he estado revisando, uno por uno, los artículos de mi blog en inglés. He descubierto que, con toda probabilidad, Teresa, de quien he hablado tanto, posteó una cantidad de comentarios hipercríticos y frecuentemente insultantes bajo seudónimos (o como se diría en la jerga de internet, sockpuppets). He borrado muchas entradas de 2009 junto con los comentarios de los sockpuppets de Teresa porque ese año me limité a “copiar y pegar” lo que veía en otros blogs sobre la islamización de Europa. Los borré no porque censurara lo escrito, sino porque, en su encarnación actual, en mi blog en inglés sólo dejé la crema y nata de tanta cosa que había subido.

Comportándose de manera similar a lo que Tere hacía en mis blogs, hoy me enteré que un sujeto anónimo posteó un comentario sumamente crítico sobre mí en una entrada del foro Psicodinámica y humanismo de mi amigo José Luis Cano Gil. Me resulta molesto esto del anonimato pues, aunque yo firmo con el nombre de “Chechar”, en la blogósfera todos conocen mi verdadero nombre. Así que no me aguanto las ganas de responderle a esta persona que, escudándose en el anonimato, citó unas palabras mías que originalmente había escrito en el foro Gates of Vienna. Anónimo le preguntó al amigo José Luis:
¿Has leido la última entrada en el blog del autor del video, en la que cita tu enlace?
¿Has leido su blog en inglés? Moraleja: antes de enlazar a alguien en tu blog, infórmate antes sobre el susodicho... Una cosa es la libertad de opinión y otra promocionar a personas que escriben cosas como la siguiente: (extractos de entradas en su blog en inglés que ha borrado recientemente pero que persiten [sic] en foros en los que participaba):
A renglón seguido de esos dos puntos, Anónimo citó unos pasajes en que yo hablaba de los futuros nazis. He aquí mi respuesta a:


Anónimo:

He explicado mis borrados arriba. No obstante, todo lo que dije en ese hilo de discusión que mencionas está aún intacto en esta entrada. Y no me retracto de aquello de “reinaugurar Auschwitz”. El problema con eso de sacar citas fuera de contexto como lo hiciste es que se pierde el hilo de la argumentación. Ahí te va el contexto:

1. En primer lugar, Gates of Vienna es un sitio filosemita (cuando escribí eso que citas yo también era filosemita);

2. Gates of Vienna se dedica a despertar a la población sobre el problema de la islamización de Occidente;

3. En un controversial artículo, el bloguero que escribe en Gates of Vienna con el nombre de El Inglés dijo que Inglaterra se encaminaba al genocidio de moros en un futuro (recordemos la película Hijos de los Hombres del mexicano Alfonso Cuarón, ubicada en una Inglaterra inundada de inmigrantes el año 2027);

4. El artículo de El Inglés no era un llamado al genocidio, sino una descripción de un posible futuro;

5. A pesar de ello, tanto escándalo causó el artículo de El Inglés en otros blogs que, desde entonces, algunos sujetos del movimiento anti-yihadí quitaron a Gates of Vienna de sus enlaces en sus respectivos blogs;

6. A partir del artículo de El Inglés surgieron otros artículos en Gates of Vienna sobre cómo expulsar a los moros de Europa sin caer en un futuro genocidio.

Anónimo: Sólo en el contexto de arriba se apreciarían mis posteados en Gates of Vienna. Lo que dije en ese foro es claro y transparente, e invito a los que lean inglés a leer todo el hilo de discusión. Cierto: el bloguero Conservative Swede, de cuyo blog sacaste la cita mía, se enojó mucho conmigo en ese hilo. (Pero mi disputa con ese sueco es otro asunto.)

Lo que en el hilo de discusión enlazado arriba dije es que “Auschwitz II” sería una farsa. Una farsa en que, si bien morirían los ingenieros sociales que crearon Eurabia, el objetivo sería asustar a los millones de moros (en Francia ya son el 10% de la población y aún más en otros países europeos según el video de abajo) para que abandonen el suelo europeo.

Nada de este escenario hipotético violaría los derechos humanos, obviamente. Ni siquiera aquello de mi “show televisivo” para ajusticiar a los traidores blancos que crearon Eurabia. Aplicarles la pena de muerte no sería nada nuevo. Antes de que la Unión Europea y el liberalismo galopante se apoderaran de Europa, la pena de muerte en casos de alta traición era muy común.

En la blogósfera anglosajona me caracterizo por decir las cosas más incendiarias que se me ocurran. Escribo en inglés como hablo en español en el video empalmado en el blog del amigo José Luis. Pero si se analizan a fondo mis palabras, se verá que son más “show” que otra cosa.

¿Quién podría condenarme por sugerir ajusticiar a los traidores y, a través de ese susto, sacar de nuestras tierras a los moros—sin necesidad genocidarlos como predecía el artículo de El Inglés? Porque son los moros quienes andan diciendo que, una vez que demográficamente alcancen mayoría en las próximas décadas, nos impondrán la ley coránica como lo habían hecho en Andalucía.

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Estimado José Luis:

Dudo mucho que “Anónimo” vaya a entrar en razón. Me limito a sugerirte a ti y a tus lectores de Psicodinámica y humanismo que vean un par de videos para entender la gravedad de este asunto:



No importa que el video de abajo termine con una referencia evangélica. Simplemente hay que verificar las estadísticas:

martes, 17 de agosto de 2010

¿Pato o conejo?: Mi cambio de paradigma

Los últimos días he removido gran cantidad de mis videos en mi canal Karellen2001 de YouTube, incluso los que estaban bien ranqueados. Por ejemplo, mi video “Cienciología y psiquiatría” tenía 1629 reproducciones, y mi crítica a la idealizada visión de Hans Küng sobre el Islam algo menos. Los quité porque considero esos temas como infinitamente menores a la serie “Padres tóxicos” que reinará en ese canal. También quité videos criticando otra secta, Escatología, y aun otros en que hablaba de temas misceláneos (como el cine, mi antigua vocación). Aunque el video “Idiotas españoles”, con más de 1,500 reproducciones y 33 comentarios, sí era importante, ya lo había pasado a mi otro canal de YouTube, LechiaLion. Lo mismo puedo decir de “Gente de raza blanca: ¡Despierten!” que tenía 1234 reproducciones y 47 comentarios. “¿Adiós a la raza blanca?” tenía 2385 reproducciones y 60 comentarios. A pesar de ello los quité por las mismas razones: ya los había subido al canal de LechiaLion y no me gustan las publicaciones dobles en YouTube.

En mi entrada anterior decía que el cambio de paradigma que he sufrido este año ha sido cataclísmico. Es cierto. Hablando sobre la islamización en Europa, eliminé videos en que yo decía cosas como que “la Alemania nazi era más bárbara que la Alemania contemporánea”. Mi cambio de paradigma fue tan radical que el año pasado me grabé diciendo que había que “velar por derechos de la mujer” y hablé en contra de “los años ochenta y noventa” de Reagan y los Bush, y en favor del feminismo. Ahora creo que el feminismo es una de las causas principales de que los caucásicos estén muriendo demográficamente (cf. los primeros párrafos de mi página web).

Borré casi todo video que condenara a los nazis. No es que ahora niegue al Holocausto. Es la propaganda de no mencionar al Gulag, donde los bolcheviques sobrerrepresentados por los no-gentiles mataron a más gente que los nazis, lo que me enfurece a la n potencia. (Y por esa misma razón también me preocupó mi reiterada mención a Auschwitz y el Holocausto en videos que no borré.)

A pesar de que José Luis Cano Gil había enlazado uno de mis videos sobre Alice Miller a su blog, lo quité. Lo volveré a subir una vez que lo edite para censurar algo que ya no creo: que todo no-gentil era un chivo expiatorio ciento por ciento inocente. (El movimiento de Hitler y sus secuaces fue básicamente una vigorosa reacción contra el terror rojo en la Unión Soviética, muchos de cuyos exponentes eran no-gentiles.) El cambio de paradigma que ocurrió en mi mente es tal que ahora estoy en desacuerdo con la psicobiografía de Alice Miller sobre Hitler y aquellos en la cúpula del poder alemán en los años treinta. La realidad es un poco más compleja, y no acaba de sorprenderme mi cambio interno. Como explica este artículo en inglés, la ilustración de arriba simboliza qué es un cambio de paradigmas: educar la mente para ver aquello que había estado siempre enfrente de nosotros. Voilà!

No obstante, como dije al final de mi previa entrada, quien no haya leído mi blog en inglés tendrá dificultades de entender cómo, en poco más de un año, metamorfoseé mi mente de un típico liberal de derechas a un racialista conservador.

Posdata del día siguiente:

Acabo de ver ahora los videos de LechiaLion. El cambio de paradigma ha sido tan brutal que removí varios videos incluso en ese canal. En “¿Adiós a la raza blanca?” e “Idiotas españoles” había hablado en favor de Israel y desfavorablemente de los antiguos nacionalistas blancos de Misisipí: algo que ahora jamás haría. Asimismo, quité el video “Bastardo racista antiblanco” (Clinton) porque tenía muchos cortes que había hecho para corregir mi dicción, y lo mismo puedo decir de “La conquista de México”. Sin embargo, editaré uno de mis videos favoritos, “Mi querida raza blanca”, el cual renombraré “Éowyn (LOTR)” quitándole una mención crítica a Hitler y añadiéndole subtítulos al inglés.

Actualización del 21 de agosto:

Mi buen amigo José Luis Cano ha actualizado el video del que hablaba arriba (por cierto, “video” se escribe sin acento en México y con acento en España). Gracias José Luis. Si ves esta entrada quisiera manifestar públicamente que, de los hispanohablantes, eres el único terapeuta que a la fecha entiende la mente humana.

Actualización del 20 de septiembre:

José Luis ha eliminado su viejo blog y, por tanto, la entrada a que me refería arriba. Pero la ha salvado (y modificado) aquí.

sábado, 7 de agosto de 2010

Octavio Paz: de mentor a traidor

He actualizado esta entrada en mi blog de WordPress.

jueves, 8 de julio de 2010

La siquiatría biológica: ¿Ciencia o seudociencia?



Subrepticia foto
tomada en 2000
por Ulises
Castellanos
en un siquiátrico mexicano




En esta entrada publico la página principal de mi ahora difunta página web, http://antipsiquiatria.org/ (la cual en septiembre de 2010 fue acaparada por otro usuario)


Bienvenidos.

Por diez años investigué a la profesión llamada siquiatría.

Una de las razones que me motivaron a hacerlo fue la nula información en castellano sobre la asociación delictuosa entre padres abusivos y siquiatras. Al intentar hablar sobre el tema, me he topado con que la mayor dificultad es una falta de empatía hacia los hijos martirizados por sus mismos padres, como diría un lector atento de la Psicohistoria.

En confabulación con un médico, muchos padres les están administrando psicofármacos a sus hijos cuerdos para controlarlos. Según el siquiatra egresado en Harvard Peter Breggin (su página en inglés puede leerse aquí), quien ha hablado en el Congreso americano sobre este tema, algunos de esos fármacos son tan peligrosos como las drogas de la calle.

Aquí demostramos cómo la llamada siquiatría biológica no pasa la “prueba de ácido” que distingue entre ciencia verdadera y falsa.

Quien esté cruzando por una crisis depresiva y sea escéptico de la publicidad farmacéutica, la cual nos pretende vender “píldoras de la felicidad”, encontrará información en ¿Qué causa la depresión? Incluimos también algunas Lecturas recomendadas.

La Parte I del libro Cómo asesinar el alma de tu hijo sólo aparece en mi [nueva] página web [aquí]. Aquí sacamos a la luz pública las partes restantes. El capítulo basado en Foucault dentro de la segunda contiene información fundamental:

Parte II. Un Gulag químico

Parte III. Hasta que tu nombre se te olvide

Parte IV. Qué es realmente la siquiatría

También publicamos una nota sobre por qué no debemos herir a nadie con la palabra "esquizofrénico", por más perturbado que esté; y una sección sobre la siquiatría en México.

Un punto de menor importancia. No nos agrada la palabra antisiquiatría que popularizó David Cooper en los años sesenta del siglo XX. Aunque simpatizamos con algunas ideas de Laing y Cooper, no nos consideramos “antisiquiatras”. Escogimos el término como dominio de esta web porque fácilmente nos viene a la cabeza al buscar información en Google.

Si bien hemos aprendido mucho del libro El yo dividido de Ronald Laing, no nos gusta cómo trató a su familia. Pero mucho más nos disgusta cómo Ron Hubbard trató a la suya. Hubbard, el creador de la Dianética y la Cienciología, fundó una organización crítica de la siquiatría. Hemos escrito un libro entero para que no se nos vaya a confundir con esa secta.

A fin de restarle un poco los humos de severidad a esta página, incluimos un librito humorístico sobre lo locos que andan los jugadores de ajedrez y su relación con la siquiatría: En pos de un rey metafórico.

Diviértanse con el contenido serio, y a la vez anecdótico, de esta página.

miércoles, 7 de julio de 2010

Cómo asesinar el alma de tu hijo (capítulo 9)






Noveno capítulo
del segundo libro
de César Tort Jr:






“Yo Nunca Hice Nada Innoble” —Freud
Llevo toda una vida combatiendo
contra el sentimiento de culpabilidad
y contra todas esas palabrejas que el
sicoanálisis nos ha metido en la cabeza.
- David Cooper [i]

Se habrá observado que en ocasiones usé intercambiablemente los términos siquiatra y sicoanalista. Antes de leer a Jeffrey Masson creía que eran cosas esencialmente diferentes. Cierto que tenía la experiencia con Amara, quien aparece en los medios mexicanos como sicoanalista pero que ante problemas familiares actúa como siquiatra. Pero aún así creía que eran cosas básicamente distintas.

Estaba equivocado. Ahora sé que desde sus orígenes el sicoanálisis ha estado vinculado a la siquiatría, y que en Norteamérica muchos analistas habían sido, como Amara, a la vez médicos y siquiatras. Sigmund Freud mismo, quien inició su carrera como electroterapeuta, floreció gracias a una amalgama de su sistema con actitudes siquiátricas.

Eugen Bleuler, el siquiatra que inventó la palabra esquizofrenia, publicó con Freud la primera revista de sicoanálisis. Desde el primer círculo de seguidores de Freud hubo siquiatras. Ludwig Binswanger y Jung, del grupo de Bleuler y representantes de la siquiatría oficial en Europa, comenzaron a relacionarse con Freud en 1907. Karl Abraham era un siquiatra de Zurich y fundó en Berlín la sociedad de sicoanálisis más estructurada. En el primer congreso de sicoanálisis Abraham y Jung presentaron ponencias sobre la demencia precoz, que actualmente se le llama esquizofrenia, y Freud los escuchó con beneplácito. Max Eitingon también era un siquiatra joven y fue el primer traductor de Freud al inglés. Al otro lado del Atlántico el siquiatra norteamericano Stanley Hall invitó a Freud a Estados Unidos, donde la Universidad de Clark le otorgó el título de doctor honoris causa en 1909. Ese fue el punto inicial para que las ideas de Freud se diseminaran en Norteamérica.

Las ideas freudianas son parte de nuestra matriz cultural: memorias reprimidas, sublimación sexual, símbolos fálicos, ansia de castración. No puedo detenerme a hacer un examen de la teoría analítica. Me enfocaré en los aspectos de la biografía de Freud en los que su personalidad está comprometida con el sistema que creó.

Freud escribió: “Considero que la ética se da por sentada. En verdad, yo nunca hice nada innoble”.[ii] Para comprobar si eso es cierto, es ilustrativo leer la correspondencia que mantuvo con sus amigos íntimos más que la versión oficial de su vida que aparece en las hagiografías de sus discípulos. En su correspondencia con Eduard Silberstein, su amigo de la adolescencia, el muchacho Freud escribió: “a quienes la naturaleza ha inclinado, además, a ser vanas, una combinación que suele encontrarse en las muchachas”.[iii] Menciono esto porque Freud nunca abandonó un cierto desprecio por la mujer. Esta carta que escribió de chico resuena en los juicios del Freud adulto sobre las mujeres, a quienes describiría como seres moralmente inferiores que envidiaban el pene de los hombres.

La carrera de Freud como terapeuta inició de manera horrenda. Cuando Pauline, la esposa de Silberstein, se deprimió en 1891, Silberstein la mandó con Freud. Por razones desconocidas Pauline se tiró del cuarto piso, donde Freud tenía su consulta. Aunque hay quienes tratan de defender a Freud arguyendo que Pauline se tiró sin haberlo conocido aún, hay que señalar que Freud nunca habló del caso.[iv] Pero yo tengo mis conjeturas. ¿Habrá Freud revictimado a Pauline por sus problemas conyugales con su amigo de la juventud? ¿Habrá sufrido la joven un pánico suicida en plena consulta a causa de la retraumatización (recuérdese lo que me hizo Amara de muchacho)?

Es sabido que, por lo que a la política familiar respecta, Freud se ponía de parte de los maridos en conflictos con sus mujeres. Asimismo, al igual que Kraepelin y Bleuler Freud encontraba difícil ponerse del lado de los hijos y fácil del lado de los padres. Por ejemplo, al siquiatra Richard von Krafft-Ebing le disgustó una carta que le envió una muchacha de diecinueve años, Nina R., manifestando que tenía sueños eróticos. Le escribió a Freud acusándola que sufría de “masturbación psíquica”. En 1891, el año en que Pauline se tiró del piso de Freud, éste escribió: “Nina R. siempre ha sido excitada en exceso, llena de ideas románticas, cree que no le agrada a sus padres. Tiene fantasías ocasionales de que su padre no la ama. La paciente no hace otra cosa que leer y escribir” (esto evoca en cierto modo el diagnóstico de Amara). Dos años más tarde Freud le escribió al doctor Binswanger sobre esta misma joven: “La perversión congénita en su carácter se manifiesta en el olvido de sus deberes inmediatos y su adaptación al medio ambiente, mientras se empeñaba en ganar intereses a un nivel más idealista y absorber estímulos intelectuales más exaltados”.[v]

Claramente, el de Nina fue un caso de una de esas típicas adolescentes liberadas a finales del siglo XIX que estaba en la mira de policías de la mente. Freud mismo envió a algunas mujeres al siquiátrico Bellevue en la década de 1890: incidentes desconocidos por las mujeres que actualmente consultan analistas.[vi]

En su primer libro, Estudios sobre la histeria que publicó junto con Josef Breuer, Freud escribió sobre otras mujeres. Breuer, quien le había conseguido estas pacientes a Freud, había sido una figura paternal. En la década de los ochenta del siglo XIX, cuando Freud aún era un médico desconocido y relativamente pobre, le abonó sumas de dinero mensual. Aunque Breuer no estaba siempre de acuerdo con las interpretaciones que Freud hacía de las mujeres en el libro que publicaron juntos, expresó sus diferencias de manera muy cauta y respetuosa hacia su protegido. Eso fue suficiente para que el discípulo repudiara a su maestro y no volviera a dirigirle la palabra el resto de su vida. Josef Breuer quedó muy dolido por la desproporcionada reacción de Freud. Hanna, la nuera de Breuer, cuenta algo que sucedió muchos años después: “Cuán profundamente debió haber afectado esta ruptura a mi suegro es algo que se puede adivinar a partir de un pequeño pero significativo incidente que ocurrió cuando él ya era un anciano: iba caminando por la calle, en Viena, cuando de pronto vio a Freud, que venía hacia él. Intuitivamente, abrió los brazos. Freud pasó a su lado fingiendo que no lo había visto”.[vii]

Freud así le pagó a la persona más protectora en su vida. Posteriormente Adler, Stekel, Jung, Rank y Ferenczi, al igual que Breuer, cayeron de la gracia de Freud por la misma razón: no se adhirieron a todas y cada una de las doctrinas freudianas. Si Freud se comportaba así con su protector y sus discípulos ¿cómo se habrá comportado con sus pacientes? Además del suicidio de Pauline Silberstein, se sabe a ciencia cierta que Freud llegó a poner en peligro la vida de una de sus pacientes: Emma Eckstein.

En 1895, cuando Freud vio que Emma no se curaba de su histeria, mandó llamar a Wilhelm Fliess. Los sicoanalistas omiten decir cuando hablan de su maestro que Fliess, el mejor amigo de Freud, era “uno de los gigantes de la chifladura alemana”.[viii] Fliess estaba convencido de que las neurosis estaban relacionadas con la nariz, por lo que extirpaba un trozo de algún hueso nasal en sus pacientes “severos”. En los diez años que duró la amistad de Fliess con Freud éste tomó la charlatanería de su amigo como ciencia real. De hecho, Freud llegó a llamarle “el nuevo Kepler” a su compadre por sus descubrimientos en el campo de la otolaringología. Así que Fliess, el nuevo Kepler, operó a Emma.

Después de la operación Fliess regresó a Berlín pero la joven comenzó a tener una hemorragia imparable. Alarmado, Freud la llevó con un verdadero cirujano quien volvió a abrirle la nariz y halló un pedazo de gasa yodada que Fliess había olvidado durante la operación. La gasa había impedido la cicatrización en la torturada nariz. Aunque sanó después de que el cirujano la curara, Emma quedó deformada de por vida por una cavidad en la mejilla. Sin embargo —y esto es lo importante— Freud interpretó lo sucedido a Emma Eckstein de forma tal que exculpó al peligroso curandero. En una de sus cartas Freud le escribió a Fliess:
Ante todo, Eckstein. Estoy en condiciones de probarte que tenías razón, que sus hemorragias eran histéricas, fueron ocasionadas por ansiedad, y probablemente ocurrieron en épocas sexualmente propicias. La mujer, debido a su resistencia, todavía no me ha revelado las fechas.[ix]
Freud concluyó: “Por lo que se refiere a la sangre ¡estás totalmente libre de culpa!”[x] Eso de las fechas era parte de la charlatanería de Fliess quien, cual astrólogo, hacía asociaciones de fechas y períodos menstruales para pronosticar los destinos humanos. Pero lo que nos interesa es la interpretación de Freud. No puedo pensar en un mejor ejemplo para mostrar cómo, a pesar de las más que obvias pruebas de la culpabilidad de Fliess, en un conflicto entre personas el sicoanalista exonera al compadre, y la manera de hacerlo es culpar a la víctima. A esto le llamo revictimación.

La interpretación analítica que Freud le aplicó a Emma, “hemorragia histérica”, no fue un lapsus epistolar en su correspondencia con Fliess. En su obra más importante, La interpretación de los sueños, le dedica dieciséis páginas al caso Emma, de seudónimo “Irma” en ese libro: el tema analítico más largo de La interpretación. En ese libro Freud confiesa que tuvo un sueño con Irma (es decir, con Emma Eckstein). No viene al caso transcribirlo aquí. Lo importante es que, según Freud, el sueño era la declaración de inocencia de su propio inconsciente respecto a la acusación de error médico, y según continúa el autoanálisis de Freud, el sueño culpaba a varias personas: a Emma / Irma por no aceptar su interpretación, a Breuer, y a otro médico que apareció en su sueño. Es una exquisita ironía que una obra que muchos consideran seminal para desenterrar la verdad de la mente humana —La interpretación de los sueños es el libro favorito de Amara por cierto— inicie tergiversando lo que Freud y Fliess le hicieron a Emma.

Para colmo de lo grotesco, el año de la operación que deformó a Emma Freud le escribió una carta a Fliess en la que le preguntaba si la casa en que tuvo el sueño con Emma no ostentaría algún día una placa de mármol con una lapidaria leyenda, según estas palabras del mismo Freud:

Aquí, el 24 de julio de 1895
el secreto del sueño fue revelado
al doctor Sigmund Freud [xi]

Diez años después, en 1905, Freud le escribió a Emma y volvió a tocar el tema de la chapucera operación de Fliess. Podría suponerse que después de tantos años el gran conocedor del alma humana habría hecho un examen de conciencia y se habría arrepentido de lo que él y su compadre le hicieron. No fue así. En la carta Freud la siguió acusando de creer que su problema era físico y que otro médico la había curado. Increíblemente, Freud reiteró que esta “resistencia” de Emma ante su interpretación había sido la responsable de que su “sicoanálisis” no hubiera prosperado.[xii]

El peor error en la carrera de Freud, un error que causaría estragos no en una sola mujer sino en la manera como sus seguidores tratarían a los pacientes a lo largo del siglo XX, fue el haber repudiado uno de sus descubrimientos.

A finales del siglo XIX Freud se había percatado que algunas mujeres que lo consultaban sufrían de recuerdos de haber sido violadas por sus padres: algo que pasó a la posteridad como “la teoría de la seducción”. En 1896 Freud escribió un artículo sobre el tema, La etiología de la histeria. Jeffrey Masson sugiere que, al ver Freud que estas revelaciones sólo lo alejaban de sus colegas en una Viena incapaz de poner en el banquillo de los acusados a los padres, muy a la manera de los siquiatras invirtió su ideología y decidió culpar a las víctimas. Freud las etiquetó de “histéricas” y definió la histeria como un deseo oculto de ser seducida. Actualmente se sabe que el incesto ocurre con mayor frecuencia de lo aceptado en la Europa decimonónica, pero esta inversión de culpas iba a ser la piedra angular sobre la que Freud levantaría su edificio. Para el sicoanálisis el año 1897 marca tanto el abandono de la teoría freudiana de la seducción (si dices que te molestaba tu progenitor...) como el “descubrimiento” del complejo de Edipo (...significa que en realidad lo fantaseabas).

En el año 1900 Freud vio por primera vez a la muchacha Ida Bauer, a quien llamó “Dora”. El señor K., un industrial amigo del padre de Dora, trató de seducirla dos veces: la primera cuando era apenas una púber de trece años, y la segunda, una muchacha de quince. El señor K. la besó por la fuerza en la boca y Dora respondió “con una viva sensación de asco”.[xiii] Cuando la joven denunció la situación, su padre quiso llevarla al médico. Dora rehusó: lo único que quería es que la vindicaran ante el acosador de la Lolita. Pero con el tiempo cedió.

En sesión con Freud, y ya a sus diecisiete años, Dora le contó su historia. Como su papá no la había apoyado quizá el doctor Freud lo haría. Freud la escuchó durante varias sesiones y, a diferencia de su padre, creyó su historia. Pero hizo algo más. La siguiente es una cita de un artículo en que Freud nos confiesa lo que, en su consulta, le dijo a Dora:
Estarás de acuerdo en que nada te enfurece tanto como el que se piense que sólo te imaginaste la escena junto al lago [el lugar de la seducción]. Yo sé ahora —y esto es lo que no quieres recordar—, que tú deseabas que las proposiciones del señor K. fueran serias, y que no cejaría hasta que se casaran.[xiv]
Este es uno de los pecados que a diario cometen los analistas. Ahora mismo alguno de ellos está “interpretando” la mente de uno de sus incautos clientes de manera tan caprichosa como ésta. Recuérdese cómo Amara interpretó que, por acomplejarme ante mis hermanos, había huido a la casa de mi abuela. Ante la interpretación de Freud, que estaba enamorada de un señor que le triplicaba la edad, y que la sensación de asco cuando el señor K. había querido besarla había sido “histérica” —Freud supuso que si fuera normal Dora habría respondido con agrado—, la muchacha no lo rebatió. Se despidió del curandero de Viena para no volver a entrar a su consulta.

Freud se vengó ideando la teoría de que si alguien no había estado de acuerdo con la interpretación del analista es simplemente debido a falta de insight, de no querer enfrentar la propia realidad psicológica. A esta sobreinterpretación, elevada a doctrina en sicoanálisis, la bautizó como “resistencia”: un concepto que ya había usado en el caso de Emma Eckstein. Para Freud y los sicoanalistas esta palabra significa que, una vez que el analista ha hecho una interpretación, el caso está cerrado: lo demás es resistencia. Escuchemos una vez más a Freud:
Sin dejarnos desorientar por su negativa inicial, insistiremos en nuestras deducciones, y nuestra firme convicción acabará por vencer toda resistencia.[xv]
Luego Freud añade que “esta convicción ha llegado a ser en mí tan absoluta...”

Este es el lenguaje del dogmático, no del estudiante de la mente y mucho menos de la mente ajena. Lo que en realidad Freud quería es que Dora cayera a un estado de folie à deux con él (como caí yo con Amara al impedirme que dejara de ir a su consulta). Freud no sólo no le pidió perdón a Dora por la estupidez que le había dicho sobre el señor K., sino que elevó su estúpida interpretación a nivel de ciencia con todos los recursos literarios de su intelecto. El ensayo de Freud sobre Dora, Análisis fragmentario sobre una histeria, es la más extensa historia clínica del legado freudiano y la más citada sobre la “histeria” femenina. En Análisis fragmentario Freud osó interpretar la tos de Dora como una expresión de su deseo de hacerle una felación al señor K., y también interpretó dos de sus sueños en esa línea sexual. Obviamente el desacuerdo de la adolescente ante tales interpretaciones eran “resistencias”. No conforme con eso, con el caso Dora Freud también elaboró la famosa doctrina de la “transferencia”. Leamos una vez más a Freud:
aquellos indicios que hacen verosímil una transferencia sobre mí [...]. Llego a la conclusión de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente [Dora] desear que yo la besara.[xvi]
Freud se autoengañó en creer que una muchacha en plena flor no sólo quería ser besada por el señor K., sino por él mismo. En una de las pocas buenas biografías que se han escrito sobre Freud el analista Louis Breger afirma: “Queda claro que la terapia que aplicó Freud a Dora fue bastante perjudicial, y resulta doloroso leer el caso hoy”.[xvii] La perjudicial terapia aparece en la estupenda obra teatral mexicana Feliz nuevo siglo doktor Freud de Sabina Berman. La comedia de Berman, que gocé enormemente y llegó a exhibirse en España, trata precisamente de lo dicho aquí sobre Freud y Dora.

Me pregunto cómo alguien como Freud fue a parar a la historia como un astuto observador de la mente. Como los analistas continúan siguiendo las doctrinas freudianas, a lo largo de decenios han manchado la imagen de Dora sin haberla conocido. Masson nos dice que analistas famosos como Ernest Jones, Felix Deutch, Jacques Lacan e incluso feministas como Toril Moi se han expresado de Dora con desprecio. Jenny Pavisic, una analista lacaniana, me dijo personalmente: “Dora era una histérica que—”. En otras palabras, continúa la folie à deux de los seguidores con las ideas de Freud. La verdad es que el doktor Freud culpó a Dora para absolver al industrial y culpó a Emma para absolver a su compadre; antecedentes de lo que, tres cuartos de siglo después, me haría Amara: culparme para absolver a mis padres. A lo largo del siglo XX e inicios del XXI los seguidores de Freud han culpado a incontables Doras, Emmas y Césares.

A finales del siglo XIX, en una carta a Wilhelm Fliess Freud le confesó que, debido a su ensayo sobre la seducción, en que Freud hablaba del incesto en la clase media y alta, “la sentencia de abandonarme ha sido dada y me encuentro aislado”.[xviii] Masson cree que el caso Dora lo reivindicó. Su nueva teoría sobre la histeria significó un giro de ciento ochenta grados de su posición anterior. Ahora Freud ya no tenía como blanco a poderosos industriales como el señor K., sino a una indefensa jovencita. La conducta de Freud estaba en línea con la siquiatría: ponerse de lado de los padres, las clases pudientes y en contra de sus víctimas. Desde este ángulo no es exagerado decir que el sicoanálisis fue fundado sobre la traición de las mujeres y de los adolescentes en la Viena de principios del siglo XX.

El caso Dora y el abandono de su teoría de la seducción no son pecados veniales del fundador del sicoanálisis. Invalidan dos pilares del edificio freudiano: la noción de la histeria y el famoso complejo de Edipo. Pero Freud también usaba su prestigio para ponerse de parte de los padres en conflictos con adolescentes varones. Esto se desprende de sus propios escritos. En Psicopatología de la vida cotidiana Freud cuenta que una madre le pidió que examinara a su hijo. Freud notó una mancha en sus pantalones y el adolescente le dijo que se le había caído un huevo. Freud no creyó la historia y habló con su madre a solas: “Tomamos como base de discusión su confesión de estar sufriendo los problemas originados por la masturbación”.[xix] El punto de la anécdota, y se lo debo a Thomas Szasz, es que el muchacho no sufría absolutamente de nada: era una madre ignorante la que estaba preocupada por la sexualidad emergente del hijo. Freud vio como “psicopatológico” algo tan normal como una eyaculación adolescente. Se haya debido a la masturbación o no, al igual que los católicos que llevan al hijo al confesionario, la polución del chico ameritó toda una ceremonia médica que culminó en un diagnóstico formal.

Este no fue otro hipotético lapsus aislado de Freud. A lo largo de su vida compartió la histeria victoriana de su época sobre la masturbación: la verdadera histeria, no la “histeria” de Emma y Dora que no dañó a nadie. Freud creía que la masturbación era algo muy serio. A Fliess le escribió que la masturbación era la “adicción primaria” de la que surgían todas las demás, incluyendo la adicción a la morfina y al homosexualismo.[xx] Estamos tan acostumbrados a ver en Freud al pionero en la valiente revelación de la sexualidad humana que nos resulta difícil verlo como lo que era: un exponente de la moral de su época. A sus propios hijos no les dijo cómo venían los niños al mundo: los mandaba con el médico de la familia para que se los explicara. La anécdota más fascinante que conozco sobre el tema es algo que cuenta Oliver Freud, uno de los hijos de Freud.

Cuando Oliver tenía dieciséis años le pidió consejo a su papá sobre la masturbación. El chico esperaba que el reputado médico del alma humana lo librara del sentimiento de culpa. Freud hizo lo opuesto: le advirtió que no se masturbara. Según las palabras de Oliver mismo, estuvo “bastante disgustado durante algún tiempo”.[xxi] Louis Breger comenta que Oliver “tuvo la sensación de que la censura de su padre había erigido una barrera que evitaba la comunicación entre ellos”.[xxii] Años después Oliver sería el hijo de los Freud que más se distanciaría de la familia.

Qué mejor ejemplo que éste para retratar al verdadero Freud, el creador de una omnicomprensiva teoría que giraba alrededor de la erótica humana. ¡Quien fundó la profesión de escuchar a quienes necesitaban hablar de su sexualidad no quiso escuchar a su hijo!

Me referiré ahora a la postura de Freud frente a la realidad política de su tiempo.

La primera guerra mundial fue la mayor catástrofe que Europa experimentó a inicios del siglo. Despertó violentamente a la gente del sueño optimista de progreso irrefrenable del siglo XIX. Nunca antes habían muerto millones de seres humanos en una sola guerra. La guerra no sólo mató y minusvalidó a muchos soldados durante los combates, sino que las secuelas emocionales se dejaron sentir después con sus esposas y familias.

Freud estaba en la cumbre de sus capacidades intelectuales cuando el conflicto estalló. Al principio participó en el nacionalismo de la época y llegó a decirle a un discípulo: “Toda mi libido está puesta en Austria-Hungría”.[xxiii] La euforia de Freud se enfrió, como la de sus compatriotas, cuando las crudas realidades de la guerra y el número de las muertes comenzaron a conocerse. No puedo extenderme en los hechos, sólo señalar la postura de Freud ante los miles de soldados traumatizados que sobrevivieron a los combates. La película Paths of glory de Stanley Kubrick retrata por vez primera el infierno de la guerra de trincheras en la primera guerra mundial, incluyendo el trauma psicológico de algunos soldados que en tiempos de Freud se denominaba peyorativamente “neurosis de guerra”. Para algunos médicos ingleses y franceses, y esto no es película sino historia real, les era obvio que los traumas eran causados por las experiencias en la guerra. (Actualmente se habla del “trastorno de estrés postraumático” en algunos casos de veteranos de Vietnam y las guerras del golfo pérsico).

Freud, en cambio, se cegó ante lo obvio. En su contribución a la monografía El psicoanálisis y la neurosis de guerra escribió que los trastornos mentales de los soldados tenían un origen puramente sexual, y sus discípulos cercanos lo secundaron. Josef Breuer, a pesar de su avanzada edad durante la guerra, ayudó a tratar médicamente a algunos de los sobrevivientes. Su actitud filantrópica contrasta con la de Freud, quien jamás atendió a uno solo de los soldados. A Freud le bastó sacar sus conclusiones directamente de sus teorías. Para Freud estas teorías eran leyes de la naturaleza, y de ellas era posible deducir todo lo referente a la conducta humana. Si la teoría freudiana partía del axioma de la sexualidad humana todas las neurosis, incluyendo la “neurosis de guerra”, debían por necesidad tener una etiología sexual. Un solo caso bastará para ilustrar la postura de Freud. En 1919 Lou Andreas-Salomé, una de las más famosas discípulas de Freud, le escribió a Freud sobre el caso de un soldado que había sufrido la muerte de su hermano gemelo en la guerra. Ni Andreas-Salomé ni Freud le prestaron atención a la pérdida. Con la guía de Freud Andreas-Salomé condujo el “análisis” del gemelo sobreviviente alrededor de doctrinas freudianas clásicas como la homosexualidad latente, el complejo de Edipo y la fijación hacia la figura paternal.[xxiv]

La interpretación freudiana es tan caprichosa como las interpretaciones de Emma y Dora, o como la interpretación de Amara sobre mi huida a la casa de mi abuela. Pero Freud fue culpable de algo más que una postura teórica. El fundador del sicoanálisis no sólo se aliaba con los individuos poderosos en conflictos con las jóvenes: se aliaba también al Estado en conflicto con los soldados.

El siquiatra alemán Julius Wagner-Jauregg administró dolorosos shocks eléctricos en la primera guerra mundial a los jóvenes que querían abandonar el servicio militar. Después de la guerra, algunos de los que habían sido tratados en la división de siquiatría del Hospital General de Viena a cargo de Wagner-Jauregg se quejaron, y en 1920 se designó una comisión para investigar los cargos. La comisión le pidió a Freud su opinión. Freud defendió a Wagner-Jauregg, y no sólo eso. Insistió en denominar “pacientes” a los soldados que acusaban al célebre médico y hablar de su temor como “enfermedad” (¡qué más perfecto paradigma para entender a gente como Amara!). La comisión decidió a favor de Wagner-Jauregg. Como Freud era un hombre convencido de su propia rectitud y creía que nunca había hecho nada innoble, jamás se arrepintió de lo que le hizo a los jóvenes soldados.[xxv]

Insisto que éstos no fueron pecados aislados en las biografías de Freud y de Jung. En toda la vasta obra de estos pensadores no hay una sola línea crítica de la hospitalización siquiátrica involuntaria. Como Jung aprendió su oficio en el hospital Burghölzli en Zurich bajo la supervisión de Bleuler, estaba familiarizado con el neologismo que su jefe acuñó: esquizofrenia. En una ocasión Freud jugó al cómplice de la siquiatría carcelaria de Bleuler y Jung. El 16 de mayo de 1908 Freud le escribió a Jung:
Aquí te mando el certificado de Otto Gross. Una vez que lo tengas no lo dejes salir antes de octubre, cuando seré capaz de hacerme cargo de él.[xxvi]
Esto huele a mafia. Gross mismo era un médico que, irónicamente, ese mismo año publicó una carta a un editor donde objetaba el internamiento involuntario de una muchacha por su padre. El 17 de junio Gross se escapó del Burghölzli. Jung se vengó etiquetándolo de “esquizofrénico”. Freud aceptó el diagnóstico con entusiasmo.[xxvii]

En 1975 el Instituto Mexicano del Seguro Social convocó una conferencia internacional en la Ciudad de México sobre siquiatría y sicoanálisis, en la que Tom Szasz participó junto con otros siquiatras y analistas europeos y latinoamericanos. En una mesa redonda Szasz confrontó a sus colegas. Les dijo qué pensaba sobre los médicos lobotomistas y los siquiatras:
La otra conclusión es que se trata de gángsteres, de carniceros, criminales y delincuentes. Esa es mi conclusión. Y añadiría yo que gentes como Freud son también simpatizantes de estos carniceros, ya que durante cuarenta años nunca señaló que esto era algo equivocado. Y esto ocurría en la casa de al lado. Se comportó como uno de esos alemanes que cuando los no-gentiles estaban en las cámaras de gas decían no oler nada. Y en último señalamiento mi conclusión es que Freud y Jung, especialmente Freud —quien tuvo muchas buenas ideas y era muy inteligente— era básicamente un gángster, porque no estaba interesado en estudiar científicamente nada. Estaba sólo interesado en construir lo que él llamaba el movimiento psicoanalítico. Las palabras son muy importantes. Galileo no tenía un movimiento. Darwin no tenía un movimiento. Mendel no tenía un movimiento. Einstein no tenía un movimiento. Freud decía ser científico, pero puesto que necesitaba un movimiento esto lo convierte en un político. Sólo queda la pregunta: ¿les gusta Freud como político o no? A mí me parece detestable.[xxviii]
Los analistas que compartían la mesa redonda con Szasz no respondieron el cargo que le hacía a Freud: que a lo largo de su carrera guardó silencio sobre los crímenes siquiátricos en la casa de al lado. Igor Caruso y Marie Langer lo ofendieron y Szasz tuvo que abandonar la mesa de discusión.[xxix] Lo importante es recalcar que estos letrados en el sicoanálisis no respondieron nada sobre la indiferencia de Freud ante el crimen.

No tenían nada qué decir.

No sólo pecaba Freud de falta de compasión hacia las víctimas de las guerras mundiales y de los encarcelamientos siquiátricos sino que, como su mentor Charcot, al referirse a las mujeres perseguidas por la Inquisición habló de “histéricas”. Este es uno de los datos que más me horrorizó al leer un clásico de Szasz, La fabricación de la locura: Freud y su mentor no hablaron de perpetradores sino que diagnosticaron a las víctimas de los perpetradores. En su nota necrológica sobre Charcot, Freud escribió:
Al dictaminar la posesión diabólica como causa de los fenómenos de la histeria, la Edad Media está optando en realidad por esta solución; sería tan sólo una cuestión de cambiar la terminología religiosa de esa época oscurantista y supersticiosa por el lenguaje científico de la actualidad.[xxx]
Como ha señalado Szasz, esta es una afirmación extraordinaria. ¡Freud reconoce que la descripción sicoanalítica de la histeria es tan sólo una revisión semántica de la demonológica! Freud escribió su nota en 1893. En tiempos más recientes hay siquiatras e historiadores simpatizantes de la siquiatría que siguen diciendo exactamente la misma imbecilidad. Por ejemplo, en Nueva historia de la psiquiatría, publicado en Francia en 1983, los editores Jaques Poster y Claude Quétel escribieron una nota biográfica sobre Johann Christian Heinroth y las palabras que usaba. Este siquiatra decimonónico identificaba a la enfermedad mental con el pecado. Poster y Quétel comentaron que el vocabulario luterano de Heinroth había sido muy criticado, y que en nuestros tiempos había caído en desuso. Pero a renglón seguido añadieron: “Sin embargo, si sustituimos la noción de ‘pecado’ por la de ‘culpabilidad’, muchas de sus ideas adquieren una dimensión curiosamente moderna”.[xxxi] Otro de los contribuyentes de artículos, el siquiatra mexicano Héctor Pérez Rincón, escribió: “No se puede hablar de la historia de la psiquiatría de la Nueva España sin tomar en consideración [...] la actividad de la Inquisición en algunas conductas que hoy día serían calificadas de psiquiátricas”.[xxxii] Así que en un libro publicado un siglo después del pronunciamiento de Freud hay siquiatras que siguen manteniendo que su nuevahabla es sólo una revisión semántica de la ideología de la Inquisición.

En el siglo IV las etiquetas estigmáticas eran pagano y hereje. Mil años después ya no había paganos grecorromanos, sólo herejes, pero surgió un nuevo grupo a estigmatizar: las brujas. En 1486 los teólogos dominicos Jacob Sprenger y Heinrich Krämer publicaron el Malleus Maleficarum, literalmente el martillo de las brujas: el manual medieval que sería el Mein Kampf de su tiempo, la fuente ideológica de terror para innumerables mujeres: una cacería inhumana que duraría siglos.[xxxiii] No se sabe a ciencia cierta el número de mujeres asesinadas, pero algunos cálculos arrojan la cifra de cien mil a medio millón. La última ejecución por “brujería” se realizó en Polonia en 1793.

Por increíble que parezca, estas víctimas de cristianos enloquecidos no son consideradas como tales en los escritos de los siquiatras. Siguiendo a Charcot y a Freud, los siquiatras hablan de neuropatologías refiriéndose no a los inquisidores, sino a sus víctimas. Szasz observa que, para los historiadores de la siquiatría Franz Alexander y Sheldon Selesnick, el hecho que estas mujeres fueron torturadas y quemadas fue suficiente para convertirlas a ellas, no a sus asesinos, en objetos de interés médico. ¿Y qué dicen los siquiatras de los autores del Malleus? Gregory Zilboorg, otro historiador de la siquiatría, les llamó “dos dominicos honestos”. Similares palabras de admiración pueden leerse en los escritos de Jules Masserman, otro siquiatra.[xxxiv] Evidentemente, estos médicos tan soberbios como esos teólogos medievales diagnostican “psicopatologías” siglos después, sin haber examinado médicamente a ninguna de las mujeres. A esto le llamo Lógica Wonderland, haciendo referencia al cuento de Lewis Carroll: el surrealismo de castigar a la víctima y no al perpetrador. El punto de mayor relevancia en la Wonderlandia siquiátrica es que actualmente muchos siquiatras creen en esas historias oficiales de siquiatría. Incluso hay estudiantes que en el nuevo siglo aceptan tales historias. Por ejemplo, en su tesis para obtener el título de licenciado en sicología en la Universidad Nacional Autónoma de México en 2001, Guillermo Gaytan escribió: “el Malleus Maleficarum de Sprenger y Krämer, libro que puede ser considerado como un verdadero tratado de psicopatología, que además contaba con una buena cantidad de medidas correctivas”.[xxxv]

¡Medidas correctivas! Esto casi aprueba la quema de las mujeres en la estaca. Afortunadamente, para los historiadores que no son siquiatras o sicólogos, como Hugh Trevor-Roper, la cacería de brujas fue a todas luces una empresa paranoica en la cristiandad. Después de la Ilustración no hay excusa en ver de otra manera ese capítulo de la historia. No me extraña que un individuo que etiqueta de histérica a la víctima de fanáticos haya tratado como trató a algunas de sus pacientes.



Notas

[i] David Cooper, citado en Francisco Gomezjara: “La otra psicología” en Alternativas, pág. 76.

[ii] Freud a James Putnam, citado en Thomas Szasz: Ideología y enfermedad mental (Amorrortu, 2000), pág. 30. También leí esto en Masson: Final analysis, págs. 39s.

[iii] Citado en Louis Breger: Freud: el genio y sus sombras (Javier Vergara, 2001), pág. 71.

[iv] Ibídem, pág. 72.

[v] Citado en Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 43.

[vi] Ibídem, págs. 27 & 42.

[vii] Hanna Breuer, citada en Breger: Freud, pág. 174. La relación entre Josef Breuer y Freud se explica en tres capítulos del libro de Breger.

[viii] Martin Gardner: “Freud, Fliess y la nariz de Emma” en La nueva era (Alianza Editorial, 1990), pág. 52.

[ix] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 184.

[x] Gardner: La nueva era, pág. 55.

[xi] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 196.

[xii] Leí esto en ibídem, pág. 511.

[xiii] Ibídem, pág. 212.

[xiv] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 56.

[xv] Citado en Breger: Freud, pág. 162.

[xvi] Ibídem, pág. 213.

[xvii] Ibídem.

[xviii] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 65.

[xix] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 191.

[xx] Leí varias citas de Freud a Fliess sobre la masturbación en Szasz: Pharmacracy, págs. 102s. Véase también La fabricación de la locura, págs. 189-194.

[xxi] Oliver Freud, citado en Breger: Freud, pág. 375.

[xxii] Ibídem. En las páginas 244ss Breger escribe sobre un caso distinto en el que Freud mostró un amplio criterio y no condenó la masturbación de Albert Hirst, uno de sus pacientes. Pero Freud jamás habló del caso en sus escritos: lo que se sabe se debe a lo que Hirst mismo contó.

[xxiii] Freud, citado en ibídem, pág. 305.

[xxiv] Ibídem, pág. 339.

[xxv] El mito de la psicoterapia de Szasz contiene un capítulo sobre Freud y la electroterapia.

[xxvi] Szasz: Anti-Freud, págs. 135s (nota a pie de página).

[xxvii] Estas observaciones las tomé enteramente de ibídem, pág. 136. Un relato más detallado sobre estos sucesos y la extraviada vida de Otto Gross aparece en Richard Noll: Jung: el Cristo ario (Vergara 2002), págs. 106-114.

[xxviii] Basaglia y otros: Razón locura y sociedad, págs. 178s.

[xxix] Ibídem, 179-184.

[xxx] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 87.

[xxxi] Jaques Poster y Claude Quétel (coordinadores): “Diccionario biográfico” en Nueva historia de la psiquiatría (Fondo de Cultura Económica, 2000), pág. 652.

[xxxii] Héctor Pérez-Rincón: “México” en ibídem, pág. 525.

[xxxiii] Hay una versión en castellano del Malleus bajo el título de Compendium Maleficarum publicado en 2001 en Valencia por el Club Universitario.

[xxxiv] En el capítulo “La bruja como paciente mental” de La fabricación de la locura Szasz expone la postura de Charcot, Freud, Zilboorg y demás médicos sobre la Inquisición, así como en “Teología, hechicería e histeria” de El mito de la enfermedad mental (Amorrortu, 1982).

[xxxv] Guillermo Gaytan-Bonfil: El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda (tesis de licenciatura en la Facultad de Psicología, UNAM, 2001), pág. 3.

domingo, 20 de junio de 2010

Pinocho y Alice Miller

Earl Hazell inicia así su reseña sobre el primer libro de Alice Miller: “Este es uno de esos libros que no son para los febles de corazón”, y la termina con estas palabras: “Compra este libro; deja la más reciente tentativa de ensayo sobre política moderna y el último caramelo neo-espiritual de la lista de bestsellers, e inicia un verdadero viaje”. Otra reseñadora se manifestó de este modo:
Alice Miller ha expresado exacta, precisa y cabalmente mis conclusiones sobre mis experiencias de los últimos treinta años de reconstrucción personal después de una infancia devastadora. Dios: ¡qué alivio! Es bello ver cómo hace añicos lo que he encontrado que es el tabú más potente de la sociedad humana. Al hacerlo, me ha dado una poderosa validación personal; nunca imaginé qué tan poderosa.
Otro reseñador de internet nos advierte: “Si lees este libro, prepárate para no hablarle a tu madre por un tiempo”. Y aún otros confesaron que la lectura había sido “una invasión espiritual” que les había “pegado como un martillo”.

Miller es la antítesis de los profesionales de salud mental que guardan un distanciamiento emocional sobre su materia de estudio. Su tema central es el asesinato de almas de niños y adolescentes por parte de sus padres: algo que la humanidad ha condonado por milenios y que requiere de un exposé tan cargado de tinta y bilis como el Archipiélago Gulag. No obstante, en contraste a los campos de trabajo forzado y de exterminio, no hay categorías vernáculas para transmitir la importancia o la dimensión del tema que nos atañe. Tratar de hacerlo en una sola entrada de blog sería riesgoso para nuestra credibilidad. Otro reseñador de Miller nos dice: “No es sorpresa que este libro no sea un importante bestseller y que no esté disponible en todos lados. El libro realmente se enfrenta al sistema”. Añadiría que una nueva estirpe de seres humanos, como la de estos reseñadores, han comenzado a despertar de la matriz social como nadie lo había hecho en la historia: un amanecer o enfrentamiento al sistema con el que ni siquiera se atrevieron a soñar los filósofos de la Ilustración.

Permítaseme recoger unas frases más sobre las impresiones de los lectores de Miller: “Sentí como si mi mente hiciera contacto con algo escondido dentro de mí que siempre he sabido. Por primera vez en mi vida siento que no estoy sola”, escribió Barbara Rogers. Y según otro reseñador: “La pregunta ahora es si este conocimiento alcanzará a suficientes personas en posiciones de poder”.


Pasajes del libro de Alice Miller El saber proscrito:

El paciente necesita estar rodeado de personas que se pongan sin reservas a favor del niño. Yo no encontraba en ninguna parte a esas personas, ni siquiera en los terapeutas primarios.

Quería saber lo que había sucedido en mi primera infancia, pero me faltaban los instrumentos necesarios. Con mis herramientas de sicoanalista no iba a ninguna parte.

Viendo cómo muchos terapeutas siguen negando la verdad acerca de los malos tratos en la infancia, no me cuesta nada imaginarme que ahí se halla una parte importante de la respuesta a mi pregunta.

Al principio casi no podía concebir que mis ideas fuesen correctas a pesar de ser yo la única que las sustentaba. Si todos estaban de acuerdo, pensaba, en que sólo se pueden superar los síntomas si se perdona a los padres, ¿cómo puedo estar segura de no engañarme? Al fin y al cabo todos los demás, en conjunto, tienen que poseer mucho más experiencia que yo. Sólo una cosa me dio la respuesta: los recuerdos, recientemente evocados, del terror destructivo de mi madre. Comprendí que ese acuerdo general entre todos los terapeutas no es fruto de sus experiencias, sino de su educación.

En las numerosas discusiones en grupo en las que abordé el tema, apenas si había terapeutas que pudieran desprenderse de la creencia de que para librarse de los síntomas hay que perdonar a los padres... No se daban cuenta que de tal manera ejercían una manipulación pedagógica, y ello para alcanzar un objetivo al servicio de la moral tradicional. Al aliarse con dicha moral, los terapeutas recogen la herencia de los educadores que siempre se ponen de lado de los adultos y en contra del niño.

El sustrato moral de esas terapias era la ineludible exigencia educativa de perdonar a los padres una vez pasados los accesos de ira temporalmente permitidos. Tuve noticia de una persona que, al final de una terapia semejante “se lo perdonó todo” por fin a su padre —un sádico—, y al cabo de dos años mató, sin motivo aparente, a un hombre que no tenía culpa de nada. Esa información confirmó mis suposiciones.

Como ya ha perdonado a sus padres durante la terapia, el sujeto no podrá dejar paso a sus nuevos sentimientos de ira, y correrá el riesgo de proyectarlos sobre otras personas. Dado que entiendo por terapia el descubrimiento sensorial, emocional y mental de la verdad reprimida en el pasado, veo en la exigencia moral de reconciliación con los padres un bloqueo y una paralización insoslayables del proceso terapéutico.


En las cartas dirigidas a Miller se hallan a menudo estos consejos:

  • “Eso sin duda fue un mal trago para usted, pero hace ya tanto tiempo. ¿No va siendo hora de olvidarlo?”

  • “El odio no le hace a usted ningún bien, le envenena la vida y prolonga su dependencia de sus padres. Hasta que no se reconcilie con sus padres, no se verá libre de ellos”.

  • “Intente ver también el lado positivo. ¿Verdad que sus padres a los que usted califica de malvados le pagaron sus estudios? ¿No le parece que usted es injusta?”

  • “No quiero forzarla a perdonar, pero no tendrá usted paz si sigue siendo tan intransigente, si no perdona”.

  • “Nadie se cura echándole la culpa a otros. No hay que olvidar que el niño también tiene una responsabilidad”.

  • “Los padres también son personas y pueden equivocarse”.


  • En su libro Miller les responde a esos llamados a la moral tradicional:

    Todas estas afirmaciones tienen algo en común: son desorientadoras y falsas, pero pasan generalmente por verdaderas, pues las conocemos desde siempre.

    El odio reprimido e inconsciente tiene efectos destructores, pero el odio vivido no es veneno, sino uno de los caminos por los que se sale de la trampa, del disimulo, la hipocresía o la franca destructividad. Y uno en verdad se cura cuando, libre de sentimientos de culpabilidad, deja de exonerar a los auténticos culpables; cuando uno se atreve a ver y sentir por fin lo que éstos hicieron.

    Cuanto más claro veía que muchos de los actuales terapeutas se dedicaban a proteger el sistema educativo de sus padres a costa de los pacientes, mayor se volvía mi desconfianza hacia las terapias.


    Intercambio con un lector de Miller en septiembre de 2006:

    —¿Has leído el cuento original de Pinocho de Carlo Collodi? Es lectura obligatoria, creedme.

    —No, no lo he leído. ¿Es similar a la vieja historia de Pinocho?

    —La “vieja historia” es en realidad la serie publicada en 1880 en una revista de Carlo Collodi (la película de Disney es una traición del cuento italiano original). Collodi proyectó sus sentimientos sobre sus abusivos padres hacia los tremendamente manipuladores personajes de Geppetto y el Hada Azul. En la historia original, en el capítulo XV para ser específico, Pinocho es ahorcado enfrente de la mansión del Hada Azul y la maternal hada no lo socorre. Exclamó palabras como las de Jesús en la cruz:

    “¡Oh papá!, ¡querido papá! ¡Si estuvieras aquí!”

    Esas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida se quedó tieso como muerto.



    El editor le pidió a Collodi que rescatara a Pinocho en el siguiente número de la revista.

    Al igual que mi padre, de niño Collodi había sido atormentado en una escuela de jesuitas, y, como jamás ajustó cuentas con ellos posteriormente se identificaría con el agresor. Para ganarse el pan Collodi ilustró aburridos libros de texto para niños y vivió siempre con su manipuladora madre (proyectada arquetípicamente en el Hada Azul).

    Aunque Miller no analizó el cuento, el original de Le avventure di Pinocchio es la peor clase de “pedagogía negra”, como diría (los consejos de las misivas arriba citadas ejemplifican qué entendía Miller por pedagogía negra). Los padres y el sistema escolar son idealizados a costa del yo interno del niño. Gran bestseller, fue usado para manipular y socializar niños a principios del siglo XX.

    Vale la pena leer el cuento original...

    miércoles, 16 de junio de 2010

    Aviso


    Mi página web—:

    http://antipsiquiatria.org/

    —dejará de funcionar el 24 del presente mes.
    No obstante, mudaré parte de los textos
    a:

    http://biopsiquiatria.wordpress.com/
    http://chechar.wordpress.com/
    http://cesartort.blogspot.com/
    http://caesartort.blogspot.com/

    miércoles, 28 de abril de 2010

    Las páginas bernaldinas


    En esta entrada presento el capítulo 8 de El Retorno de Quetzalcóatl. Los enlaces a los capítulos que iré publicando aparecen al final de este texto. Sólo una sección de mi libro será publicada en este blog.

    En mi libro explico qué es la Psicohistoria a partir de las culturas prehispánicas. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque muchos estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



    El Retorno de Quetzalcóatl: Capítulo 8

    Las páginas bernaldinas

    La santa furia de mi padre, es un oratorio en honor a Bartolomé de las Casas para soprano, tres tenores, barítono, coro mixto y orquesta, la cual al momento de escribir aún no se estrena. Las Casas, a quien mi padre tanto admira, había escrito:
    En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos.
    A Las Casas se le considera el paladín de la causa indígena frente a la corona española. Quienes reprueban la Conquista toman nota de la investigación conducida contra Antonio de Mendoza, el primer virrey de Nueva España, acusado de haber puesto en fila a unos indios en los combates de Mixtón para destrozarlos a fuego de cañón. De niño había llamado mi atención la ilustración, en un cómic mexicano, de unos indios atacados por los temibles perros que habían traído los españoles. Motolinía reportó que innumerables indios entraban sanos a las minas sólo para salir como cadáveres y despojos. El trabajo esclavo en las minas, nos dice el religioso franciscano en Historia de los indios de Nueva España, mataba a tantos que los pájaros que se alimentaban de la carroña humana “oscurecían los cielos”. Y no hablemos de la esclavización en las islas del Caribe con las que, originalmente, Las Casas tan íntimo contacto tuvo. En La Española (Santo Domingo), Cuba y otras islas la población nativa fue virtualmente exterminada, especialmente por las epidemias que trajeron los conquistadores. Estos hechos y muchos otros horrorizaron a Las Casas, y en su vastísimo corpus literario el infatigable fraile siempre intentó denunciar los excesos de la conquista española y portuguesa.

    A los liberales de habla inglesa y española les gusta citar a Las Casas. Pero ¿estaba en lo cierto? A diferencia de otro fraile, Diego de Landa, Las Casas siempre omitió hablar de las crueldades que cometían los indios con ellos mismos. De hecho, hay quienes acusan a Las Casas de ser el originario de la Leyenda Negra. Por ejemplo, su cita de arriba es una mentira: Los mesoamericanos eran todo menos “mansas ovejas”. La conquista fue una calamidad para muchos indios, pero benefició a muchos otros. Sólo gracias a ella los niños no volverían a recibir el shock esquizógeno de enterarse que los suyos había sacrificado, y a veces comido en una alegre fiesta, a alguno de sus hermanitos. Las Casas sesgó el sermón de su escrito polémico Brevísima redacción de la destrucción de las Indias, y también el de sus textos más eruditos para forzar, en su calidad de consejero espiritual, a Carlos V a tomar medidas a favor de los nativos. Su meta era protegerlos frente a la doctrina escolástica en boga de que eran esclavos natos.

    En los años treinta y cuarenta del siglo XX un historiador de Harvard, Lewis Hanke, se apasionó tanto por la figura de Las Casas como mi padre lo haría en tiempos más recientes. Después de leer un magnífico libro de Hanke, que mi padre mismo me prestó de su biblioteca, no pude evitar comparar a Las Casas con los antropólogos que han escamoteado la crueldad de los aborígenes en su afán de protegerlos. Por poner sólo un ejemplo: Las Casas llegó a extremos como defender el canibalismo indígena con el pretexto de que era una costumbre religiosa, a la que comparó con la comunión cristiana. Parece extraño decirlo, pero las primeras semillas del relativismo cultural, ideología que cubriría a Occidente desde las últimas décadas del siglo XX, se habían sembrado en el siglo XVI.

    Los mexicas sólo habían sido los últimos mesoamericanos proveedores de un inmenso teoatl: un mar divino, un océano de sangre derramada a los dioses. Al igual que los canarios prehispánicos, los olmecas sacrificaban matando con un porrazo en cabeza. De los mayas, tan idealizados cuando era un muchacho, se sabe bastante más. Fueron ellos quienes iniciaron la práctica de enjaular a los condenados antes del sacrificio y después de matarlos tirarlos desde las pirámides. En 1696, ya cerca al siglo XVIII, los mayas sacrificaron a unos misioneros incautos que osaron incursionar en una región aún no conquistada. Cuando visité las ruinas de Palenque, subí a su pirámide y bajé por las escalinatas interiores envuelto en un clima caluroso y húmedo, hasta la tumba del famoso sarcófago de piedra. El lugar me supo tétrico e inconcebible. Recuerdo ahora a un arqueólogo en televisión hablando sobre un dibujo dentro de un recinto maya: un prisionero colgado en estado de tormento. Los mayas se ensañaron mucho más con los prisioneros que los mexicas. Diego de Landa cuenta que llegaron a atormentar a los reyes cautivos sacándoles los ojos, cortándoles las orejas y labios y comiéndose sus dedos. Mantenían vivo al infeliz por años antes de matarlo, y en el clásico The blood of the kings se nos informa que los mayas les arrancaban la quijada a algunos prisioneros aún vivos. Una vez más, ni Mel Gibson se atrevió a filmar estas cosas, aunque las mencionó en una entrevista al defenderse frente a crítica de los reporteros y académicos políticamente correctos. A diferencia de éstos, estoy de acuerdo con Gibson en que no debiera entristecernos la desaparición de semejante cultura, sino más bien revalorar la cristiana; y debo añadir que, cuando en un conocido programa de televisión veo a un nativo angloparlante racionalizando los sacrificios mayas, me resulta claro que la corrección política en nuestros tiempos ejemplifica lo que en psicología se conoce como “identificarse con el perpetrador”.

    Tanto los teotihuacanos como los tolteca-chichimecas eran sanguinarios. Los tenochcas, que sentían gran admiración por ellos, mataron y desollaron a una princesa el año 1300: un ultraje que los indigenistas barren debajo de la alfombra dado que este y otros asesinatos similares están vinculados a los relatos sobre la fundación de México-Tenochtitlan, como lo ha señalado Takuan Seiyo. De manera similar a sus antecesores, los mexicas establecieron guerras cuyo único propósito era facilitar cautivos para asesinarlos.

    Digamos la verdad sin tapujos: Mesoamérica era el lugar de una una cultura de asesinos seriales. En las redadas lanzadas en territorio ajeno, como la que se ve en Apocalypto, la actividad principal se orientaba al sacrificio. De hecho, era imposible obtener poder político en esa sociedad sin pasar por los asuntos del sacrificio. El impedirles a los adolescentes que se cortaran el mechón de la nuca a menos que capturaran a una víctima para sacrificarla transmitía un mensaje: Si no colaboras con el asesinato serial no escalarás en la jerarquía social.

    Una explosiva catarsis y un verdadero furor se libraba al estallar la guerra en tanto que los indios americanos albergaban algo recóndito que había que descargar a toda costa. En 1585 Diego Muñoz Camargo escribió en Historia de Tlaxcala que, acompañados de la inmensa gritería al precipitarse en el combate, los guerreros tocaban “tambores y caracoles y trompetas que hacían extraño ruido y estruendo, y no poco espanto en los corazones frágiles”. El Conquistador Anónimo añade que mientras peleaban vociferaban con alaridos y silbidos de lo más escalofriantes, y que después de ganada la guerra sólo a las mujeres jóvenes se les respetaba la vida. Aportar cuerpos vivos para los sedientos dioses, no la matanza in situ, era el objetivo. Atrás llegaban guerreros especializados en atar a los cautivos para ser trasladados a los altares de piedra.

    Con una cuchillada que no tenía por objeto matar a la víctima, el sacrificador, generalmente el sumo sacerdote de uno de los incontables templos, abría el abdomen del condenado con un golpe sordo a la altura del diafragma. Metía la mano hurgando entre las vísceras hasta hallar el corazón. Lo asía aún palpitante y lo arrancaba de un fuerte tirón. Esta eventración y ablación del corazón es la forma en que el sacrificio se practicó de modo idéntico, miles y más miles de veces, en Mesoamérica. Lo último que veía la víctima en el instante anterior a perder la conciencia eran sus verdugos. Al arrancar el corazón de esta manera el cuerpo derramaba virtualmente toda su sangre, de cinco a seis litros: la hemorragia más fuerte de todas las formas concebibles.



    Fresco de José Clemente Orozco (1933)



    Diego Durán se admiraba de que, según sus cálculos, en el mundo prehispánico moría más gente en los sacrificios que de muerte natural. A diferencia de cómo se nos enseña la Segunda Guerra Mundial, los académicos son reacios en señalar que la institución sacrificial en Mesoamérica fue un verdadero Holocausto. El año de 1487 marcó el clímax de la sed sacrificial. En cuatro días sucesivos los antiguos mexicanos se dejaron llevar por una orgía de sangre. Los guerreros habían tomado a los hombres de tribus enteras para sacrificarlos durante los festejos de la reconsagración de la última capa del Templo Mayor. A lo largo de cuatro días los sacerdotes, sus ayudantes y los ciudadanos más comunes arrancaron corazones sin interrupción en catorce pirámides. La sangre derramada bañó de rojo la plaza y las rampas de piedra que se habían construido para botar los cuerpos. No se sabe el número exacto pero en el Códice Telleriano-Remensis se lee que los viejos hablaban de 4000 sacrificados. Es probable que la propaganda del terror mexica haya inflado su cifra oficial, 84,400 sacrificados, a fin de amedrentar a sus rivales.

    Muy aparte de la reconsagración de 1487 no debemos olvidar la perpetuidad de la fiesta sacrificial mexicana, excepto los temidos cinco días finales del año. La sangre de las víctimas se salpicaba a manera de agua bendita (algo de esto llega a verse en la interpretación vertical de Gibson al lado del tzompantli). La reverberación de semejante carnicería llegó incluso al inconsciente del joven que fui siglos después. Nunca olvidaré un sueño que tuve hace muchos años en que me veía transportado a lo más tenebroso de una noche en el centro de la antigua Tenochtitlan. Recuerdo el ámbito del sueño: algo me decía, en esa densa noche, que había un olor y un depósito de víctimas que me escalofriaba por la inconcebible cantidad de despojos: lugar muy cercano a donde vagaba mi alma. El horror de la cultura fue captado en ese sabor onírico que es imposible describirlo en palabras. La inmunda peste del lugar era algo que sabía que existía, aunque no recuerdo haber olido algo durante el sueño.

    El segundo mes del calendario mexica se llamaba tlacaxipehualiztli, literalmente “el desollamiento de los hombres”, durante el cual sólo en Tenochtitlan mataban al menos setenta personas. A veces a los condenados al sacrificio se les conducía desnudos recubiertos de tiza blanca. Las víctimas de Xippe Tótec, un dios importado de la región yopi de Guerrero-Oaxaca, habían sido presentadas al público el previo mes al sacrificio. En la estatuaria mesoamericana siempre se representa a Nuestro Señor el Desollado revestido con la piel de un sacrificado, y pueden adivinarse los rasgos de la víctima en el pellejo de Xippe. Ese día de fiesta, escribe Duverger, se les permitía a los pordioseros vestir los pellejos “aún pringosos de la sangre de la víctima” para que “con esa aterradora túnica” pidieran limosna en los hogares de Tenochtitlan. Según el Códice Florentino, también se ponían las pieles quienes habían capturado a los condenados. Después de varios días de usarlas “el hedor era tan terrible que todos volvían la cabeza; era repugnante: la gente con que se topaban se tapaba la nariz, y las pieles, ya secas y arrugadas, se quebraban”.

    Estos actos ofertorios eran lo opuesto a la imagen hollywoodense de una secta oculta que, en la clandestinidad, sacrifica a una mujer joven. Mesoamérica era el teatro de la más pública de las crueldades. En contraste a las catedrales cristianas en que su espiritualidad radica en una sensación de privacidad y recogimiento, el templo mesoamericano ostentaba el sacrificio a vista del sol universal y el pueblo llano participaba en un evento comunitario. En la fiesta llamada panquetzaliztli los danzantes “a toda velocidad corrían, saltaban y se agitaban hasta quedar sin aliento y los viejos del barrio tocaban el tambor y cantaban para ellos”. El agotador maratón era un espectáculo alucinante y el asesinato ritual marcaba el apogeo de la fiesta mexicana. En otra de sus fiestas, Xócotl huetzi, la del dios fuego, arrojaban a las víctimas a un inmenso brasero mientras la muchedumbre contemplaba muda. Sahagún nos informa que después de sacarlos con las carnes hinchadas de la quemazón y arrancarles el corazón “la gente se dispersaba y todos iban a sus casas a celebrar, pues era un día de regocijo”. Todo sacrificio se rodeaba de fiestas populares.

    En lo personal, me impresiona el segundo mes del calendario mexica, el que más relaciono con mi sueño porque en la vida real se desmayaban quienes iban a ser asesinados y desollados. Así, muertos de pánico, eran arrastrados por los pelos a la piedra sacrificial.



    Guerrero y su cautivo,
    tomado de los pelos y llorando



    Los sacerdotes también se vestían con las pieles de los sacrificados, pintadas de amarillo, el exterior de la piel vuelta hacia adentro como un calcetín. A Nuestro Señor el Desollado se le invocaba con estas palabras: “Oh mi dios, ¿por qué te haces del rogar? ¡Ponte el ropaje de oro, póntelo!” El cadáver desollado se cocinaba y se repartía para su consumo. En el Códice Florentino aparecen ilustraciones de estas formas de sacrificio incluyendo la de cinco indios desollando un cadáver. Los xixipeme eran los hombres que se vestían con la piel de los condenados personificando a la deidad.

    Tanto los códices como la evidencia en pinturas murales, estelas, graffitis y vasijas son testimonio de la gama de los sacrificios humanos. Incluso celosos indigenistas como Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján han declarado públicamente que hay evidencia iconográfica de los sacrificios en Teotihuacan, Bonampak, Tikal, Piedras Negras y en los códices Borgia, Selden y Magliabechiano, así como irrefutable evidencia física en forma de partículas sanguíneas extraídas de los puñales sacrificiales. Además de la extracción del corazón, en la última encarnación de esta cultura de asesinos seriales las víctimas eran encerradas en una cueva donde morían de sed e inanición; o eran decapitadas, ahogadas, acribilladas con flechas, desempeñadas, apaleadas, ahorcadas, lapidadas o asadas vivas. En el ritual llamado mitote, las víctimas aún vivas eran desangradas y un grupo de danzantes les iba mordiendo el cuerpo. El mitote culminaba con el cocimiento de los sacrificados para su consumo comunitario en un guiso similar al pozole. En el sacrificio que practicaban los matlazincas al condenado se le apresaba en una red y le rompían los huesos lentamente por medio de retorcer la red. El juego de pelota, que se hacía desde la costa del golfo y que despertaba enormes pasiones entre los espectadores, culminaba en arrastrar al cadáver decapitado para que manchara de sangre la arena mientras un friso de cráneos “veía” el deporte. No tiene caso hacer la lista erudita, tipo enciclopedia sahagunense, sobre los nombres de los dioses o los meses del calendario que correspondían a estos tipos de sacrificio. Más pertinente parece notar que a lo alto de las pirámides estaban los ídolos del tamaño de un hombre o aún mayores, compuestos de una pasta de semillas mezclada con la sangre de los sacrificios. Las figuras estaban sentadas en sillas con una espada en una mano y un escudo en otra. Como lo que dije del gran Huichilobos en el capítulo anterior, qué daría por contemplar las figuras del llamado panteón azteca. Se sacrificaba a dioses cuyos nombres nos resultan familiares a quienes fuimos educados en México: desde las deidades agrarias hasta las de la guerra, el agua y la vegetación; pasando por los dioses de los muertos, del fuego y la lujuria. Casi siempre se sacrificaba en los templos, pero también podía hacerse en el palacio imperial. Ya vimos que a los niños se les sacrificaba en los montes o en la laguna. Ahora debo decir algo sobre el sacrificio de mujeres. Según el Códice Florentino, en los rituales de los meses Huey tecuíhuitl (del 22 de junio al 11 de julio) y Ochpaniztli (del 21 de agosto al 9 de septiembre) se les engañaba con estas palabras:
    Alégrate hija mía, pues dentro de muy poco tiempo compartirás el lecho del emperador Motecuhzoma. Él dormirá contigo. ¡Sé dichosa!
    La india subía voluntariamente las escalinatas del templo, pero al llegar era decapitada por sorpresa. En sacrificios similares que se hacían puntualmente según la fiesta del calendario, las mujeres eran decapitadas, desolladas y su piel usada cual trofeo. Además de hombres, mujeres, niños y ocasionalmente viejos, los mexicas sacrificaban perros, coyotes, cérvidos, águilas y jaguares. El Códice Florentino nos informa que a veces subían al condenado amarrado por las cuatro extremidades, “significación que eran como ciervos”.

    Quien mejor nos transporta a este insólito mundo y más se acerca a mi sueño de “máquinas para ver el pasado” es Bernal Díaz del Castillo y su Historia verdadera de la conquista de Nueva España. El espontáneo testimonio del soldado de infantería difiere de los secos reportes de Cortés. Por haber sido obra de un memorialista también difiere del tratado, considerado una referencia estándar sobre la conquista, que escribió Hugh Thomas medio milenio después. Habla mucho de nuestra primitiva era el hecho de fijarse en la forma literaria del Quijote, que es ficción, en vez de los hechos reales que cuenta Bernal: vivencias extraordinarias en que varias veces estuvo muy cerca de perder la vida. (Esta actitud de los literatos me recuerda precisamente un pasaje de la novela de Cervantes en que el hidalgo se acobardó sólo cuando se topó con la única aventura real que se le presentó, a diferencia de sus molinos de viento.) La impresión que me llevó descubrir al cronista fue considerable. Me percaté de la charlatanería de la escolaridad mexicana: con todos sus silencios, obcecaciones y tabúes sobre el canibalismo, la crueldad y la magnitud de la institución sacrificial precolombina. Me pareció inconcebible que tuviera que esperar tanto para descubrir a un autor que habla como ningún otro sobre el pasado distante de México, alguien que debí haber conocido en mi adolescencia. Cada vez resulta más claro que la verdadera universidad son los libros; y la voz de la propia conciencia, más que la de los académicos, el faro que nos oriente en los mares del mundo.

    Humboldt dijo que el alborozo experimentado por el aventurero al enfrentarse al mundo recién descubierto fue mejor transmitido por el cronista que por los poetas. En 1545 Bernal Díaz fue a la Antigua Guatemala donde vivió el resto de su vida, si bien Bernal no escribiría sus memorias sino hasta frisar los setenta años. El poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón dijo que la crónica de Bernal es el trabajo más importante sobre la conquista. La considera superior a las crónicas sobre las campañas de Perú o las campañas contra Turquía, Flandes o Italia. Quienes en tiempos más recientes han leído a Bernal en traducciones dicen cosas similares. En una reseña de internet puede leerse: “En cada página de este libro están las tramas y los personajes de cada película de Spielberg. Pero ninguna película, ninguna aventura, ninguna ciencia-ficción ni novela gótica puede siquiera acercarse al relato de Bernal Díaz sobre la derrota inicial y conquista final de Nueva España”. Y Christopher Bonn Jonnes, autor de Wake up dead, escribió: “Esta historia podría haber sido rechazada como demasiado improbable de haber sido presentada como ficción, pero es historia”.

    A diferencia de los libros de corte académico que matan de aburrimiento al lector, en las páginas bernaldinas uno realmente siente cómo fue el México prehispánico. Es muy ilustrativa la narrativa del impacto que sintieron los europeos al toparse, por primerísima vez en la historia, con la institución sacrificial. Sucedió en una isla cerca de la costa de Veracruz, y debido a la novedad que el rito representaba los camaradas de Bernal la bautizaron Isleta de los Sacrificios.
    Y hallamos una casa de adoratorios, donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual se llamaba Tezcatepuca, y acompañándole, cuatro indios con mantas prietas [oscuras] muy largas, con capillas que quieren parecer a las que traen los dominicos o los canónigos. Y aquellos eran sacerdotes de aquel ídolo, que comúnmente en la Nueva España llamaban papas, como ya lo he memorado otra vez. Y tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos [a] aquel maldito ídolo y no consentimos que tal sahumerio nos diesen; antes tuvimos gran lástima de ver muertos aquellos dos muchachos, y ver tan grandísima crueldad. Y el general preguntó al indio Francisco, por mí memorado y que trajimos del río Banderas, que parecía algo entendido, por qué hacía aquello: y esto se lo decía medio por señas, por que entonces no teníamos lengua [traductora] ninguna, como ya otra vez he dicho.
    Eran los tiempos anteriores a la expedición de Cortés. En la expedición de Grijalva, Bernal y sus camaradas habían sido los primeros europeos en percatarse de que más allá de Cuba y La Española no había más islas sino inmensas tierras. En la siguiente expedición, ya tierra adentro en el continente en lo que hoy es el estado de Veracruz, nos cuenta Bernal:
    Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que los habían llevado [los brazos y piernas] para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades. Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues desde allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa.
    Demos también nosotros un salto hacia adelante en la ruta bernaldina a Tenochtitlan en que no hallaban otra cosa, incluyendo Tlaxcala. Al llegar a Cholula, ciudad religiosa de peregrinaje indio con una centena de templos y la más alta pirámide del imperio, dedicada a Quetzalcóatl, le dijeron a Cortés:
    “Mira, Malinche [amo de Marina], que esta ciudad está de mala manera porque sabemos que esta noche han sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, para que les de victoria sobre vosotros”.
    Para los antiguos mesoamericanos todo se resolvía matando niños y adultos. Una vez que llegaron a la gran capital del imperio, y después de que Moctezuma y su séquito los condujeran en gran tour por la bella Tenochtitlan y de haber visto al impresionante Huichilobos a lo alto de la pirámide, Bernal nos cuenta:
    Y un poco apartado del gran [pirámide] estaba otra torrecilla que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía [en] una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos con la boca abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas; y asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes juntos a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían [en] el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnicerías. […] Yo siempre le llamaba a aquella casa el infierno.
    El testimonio de Bernal sobre la antropofagia es corroborado por Sahagún y Durán. Como vimos, ni Bartolomé de Las Casas lo desmentía. En Historia de Tlaxcala Diego Muñoz escribió:
    Ansí había carnicerías públicas de carne humana, como si fueran de vaca y carnero como en día de hoy las hay.
    Y en el capítulo XXIV del texto del Conquistador Anónimo puede leerse que a todo lo largo de Mesoamérica los indígenas comían carne humana, la cual, agrega el cronista, les gustaba más que cualquier otra comida. Llama la atención que en esta ocasión los mexicanos no usaran chile, sólo sal: lo que parece sugerir, como han señalado los estudiosos, que la tenían por bocado precioso. La carne humana, que sabía como la de cerdo, no era asada sino que se servía en pozole. En Tenochtitlan los cadáveres eran llevados a los barrios y consumidos. (De igual modo, había pedacería de carne humana en los mercados de Batak en Sumatra antes de la conquista de los holandeses.) Quien había realizado la captura en la guerra era dueño del cadáver cuando éste llegaba a los escalones de la pirámide. Los ayudantes del sacerdote le daban al dueño una calabaza llena de la sangre caliente de la víctima, con la que hacía ofrendas a diversas estatuas. Se comía en la casa de quien realizaba la captura, pero según la etiqueta éste no podía unirse al banquete.



    Escena de canibalismo comunal
    (Códice Magliabechiano)



    Tanto los sacrificios como el canibalismo habían iniciado en el continente desde 5000 a. de C, con los primeros asentamientos humanos que trajeron la práctica desde su tránsito por el estrecho de Bering. He mencionado las festividades del mes panquetzaliztli pero no dije que, según Sahagún, en esa fiesta los mexicas compraban esclavos, “los lavaban y regalaban para que engordasen, para que su carne fuese sabrosa cuando los hubiesen de matar y comer”. Incluso los escritores contemporáneos que admiran al mundo mexica concuerdan con Sahagún. Para Duverger el canibalismo no debe disimularse como parte simbólica de un rito antiguo: “¡No! La antropofagia forma parte de la realidad azteca y su practica es mucho más corriente y mucho más natural de lo que a veces se suele presentar”, y añade: “Abramos los códices: brazos y piernas surgen de una jarra colocada sobre el fuego; unos indios acurrucados devoran, a mano, la carne de los miembros de un sacrificado”. Cuando los tlaxcaltecas llevaron a los tepeacas muertos a las carnicerías de Tlaxcala después de la huída de Tenochtitlan, se ve claro que el objetivo no era el canibalismo ritual sino la más pragmática antropofagia (esto muestra que la afirmación de Las Casas, mencionada arriba, de que la antropofagia era una costumbre religiosa es, simplemente, falsa). Miguel Botella de la Universidad de Granada explica que el canibalismo mesoamericano había sido “como en las actuales corridas de toros, donde todo sigue un ritual, pero una vez que muere el animal es carne”. Botella señala que se han comprobado las descripciones de los cronistas al examinar más de veinte mil restos óseos a lo largo del continente, algunos de los cuales con inequívocos signos de manipulación culinaria. Entre las muy diversas recetas de los antiguos mexicanos, la que más asco me da imaginar era un inmenso tamal que hacían con el indio muerto, triturando sus restos ¡después de un año de la defunción y entierro!

    Después de la matanza de Cholula, los españoles liberarían a los cautivos de las cárceles en forma de jaulas de madera, las cuales incluían niños cebados para ser consumidos. Ni siquiera Hugh Thomas lo niega. El establishment políticamente correcto siempre presenta a la masacre de Cholula como uno de los actos más viles de los españoles. Pero nunca mencionan las jaulas, ni cómo los cautivos fueron liberados gracias a los conquistadores en vez de ser merendados por los cholultecas.

    Por más que los mexicanos nacionalistas intenten escamotear el asunto en los libros de texto para escolares, y por más difícil que nos cueste imaginarlo a quienes fuimos educados para idealizar esa cultura, el ineludible hecho es que apenas trece o catorce generaciones atrás los mexicanos consumían carne humana como parte de su cadena alimenticia.

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    Nota: El libro completo puede leerse en mi página web, aquí.


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    Posdata para la edición del blog

    He subido un vídeo de diez minutos, una selección de la reconstrucción de Mel Gibson de la muy poblada ciudad maya en Apocalypto, palabra que significa, “Un nuevo comienzo.” Supongo que el católico Gibson la usó en el sentido de la transformación de Mesoamérica en Nueva España:




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