domingo, 28 de diciembre de 2008

Oriana Fallaci I: La rabia y el orgullo

Oriana Fallaci es una heroína que merece un monumento en cada ciudad de Europa. Europa: una Troya en llamas por el Islam por culpa de los gobiernos, la academia antioccidental y multiculturalista, y los medios de comunicación.
Como no tengo los medios para construirle una escultura, me limito a capturar los pasajes más iluminadores de su trilogía, empezando por
La Rabia y el Orgullo (España: La Esfera de los Libros, 2002), sin intercalar puntos suspensivos al saltarme un párrafo:


Extractos de La rabia y el orgullo:

Vivo en el autoexilio político que contemporáneamente a mi padre me impuse hace muchos años. Es decir, cuando ambos nos dimos cuenta de que vivir codo a codo con una Italia cuyos ideales yacían en la basura se había convertido en algo demasiado difícil, demasiado doloroso; y desilusionados, ofendidos y heridos cortamos los lazos con la mayoría de nuestros compatriotas. [pág. 7]

Y por disciplina, por coherencia, he permanecido callada durante todos estos años como un lobo desdeñoso. Un viejo lobo consumido por el deseo de destripar las ovejas, descuartizar los conejos. Así, dieciocho días después del Apocalipsis de Nueva York [el 11 de septiembre], rompí el silencio con el larguísimo artículo que apareció en un periódico italiano. [pág. 14]

Y justo cuando me preguntaba “qué hago”, “qué hago” la TV me mostró las imágenes de los palestinos que locos de alegría celebraban la masacre. Berreaban Victoria-Victoria. Entonces, con el ímpetu de un soldado que sale de la trinchera y se lanza contra el enemigo, me arrojé sobre la máquina de escribir. Hice lo único que podía hacer: escribir. Conceptos que durante años había tenido aprisionados en mi cerebro y en mi corazón diciéndome: “Es inútil. La gente está sorda. No escucha. No quiere escuchar”. Y lo que escribí en aquellos días era realmente un llanto incontenible. Por los vivos, por los muertos. Por los que parecen vivos pero están muertos como los italianos, los europeos, que no tienen cojones [“huevos” se diría en México] para cambiar. Regresé a la máquina de escribir donde el incontenible llanto se transformó en un grito de rabia y de orgullo. Un “ J’accuse ”. Trabajé todavía un par de semanas. Sin parar, sin comer, sin dormir. No sentía ni siquiera el hambre, no sentía ni siquiera el sueño. Me sustentaba sólo con cigarrillos y café. Bien: las páginas que siguen a este prólogo son el pequeño libro, el texto completo que escribí en las dos semanas las cuales no comía, no dormía, aguantaba despierta con café y cigarrillos. [págs. 16-19 & 23]

Para comprenderlo basta mirar las imágenes que encontramos cada día en la televisión. Las multitudes que abarrotan las calles de Islamabad, las plazas de Nairobi, las mezquitas de Teherán. Los rostros enfurecidos, los puños amenazadores, las pancartas con el retrato de Bin Laden, las hogueras que queman la bandera americana y el monigote de George Bush. Quien en Occidente cierra los ojos, quien escucha los berridos Allah-akbar, Allah-akbar. ¿Simples grupos de extremistas? ¿Simples minorías de fanáticos? Son millones y millones los fanáticos. Esos millones y millones para los que Osama bin Laden es una leyenda comparable con la leyenda de Jomeini. Esos millones y millones que, desaparecido Jomeini, se reconocen en el nuevo líder, el nuevo héroe. Hace unas cuantas noches vi a los de Nairobi (lugar del que nunca se habla). Abarrotaban la plaza del mercado más que en Gaza o Islamabad o Jakarta, y un reportero de TV preguntó a un viejo: “Who is for you Bin Laden?” “A hero!, our hero!” respondió. Y el verdadero protagonista de esta guerra no es Osama bin Laden. No es la parte visible del iceberg, la cumbre de la montaña. Es la Montaña. Esa Montaña que culpa a Occidente de las pobrezas materiales del mundo islámico. [págs. 27s]

Soy Toscana y Florentina. Pienso en la Galería de la Academia con el David de Michelangelo (un David escandalosamente desnudo, Dios mío, luego especialmente mal visto por los fieles del Corán.) Y si los jodidos hijos de Alá me destruyeran uno solo de estos tesoros, uno solo, sería yo quien se convertiría en una asesina. Así que escuchadme bien, secuaces de un dios que predica el “ojo por ojo y diente por diente”: yo no tengo veinte años pero nací en la guerra, en la guerra crecí, en la guerra he vivido la mayor parte de mi existencia. De guerra entiendo y tengo más cojones que vosotros.

Apenas informado de que el artículo se estaba convirtiendo en un libro, el profesor Howard Gotlieb de la Boston University, la universidad americana que desde hace décadas recoge y cuida mi trabajo, me llamó y me preguntó: “Cómo definiremos La Rabia y el Orgullo?” “No lo sé”, respondí explicándole que esta vez no se trataría de una novela ni de un reportaje y tampoco de un ensayo o de unas memorias o de un panfleto. “Cómo esperas que se lo tomen los italianos, los europeos?” “No lo sé”, respondí. “Un sermón se juzga por los resultados, no por los aplausos o los silbidos que recibe. Y antes de ver los resultados del mío tendrá que pasar mucho tiempo. No se puede despertar de repente y con un pequeño libro escrito en pocas semanas a quien duerme como un oso en letargo. No sé tampoco si el oso despertará, profesor Gotlieb. De veras no lo sé...” En compensación sé que cuando se publicó el artículo en cuatro horas el diario agotó un millón de ejemplares y ocurrieron episodios conmovedores. Cuando el director ahora espantado vino a Nueva York para incitarme a romper el silencio ya roto, no me habló de dinero. Y esto no me desagradó. Me pareció casi elegante que él no tocase el tema del dinero respecto a un trabajo avalado por la muerte de tantas criaturas y en mi intención destinado a taladrar las orejas de los sordos, abrir los ojos de los ciegos, inducir a los descerebrados a usar el cerebro. [págs. 38-41 & 51s]

En cuanto a los que se arrojaron contra las Torres y el Pentágono, los juzgo particularmente odiosos. Se ha descubierto que su jefe Muhammad Atta dejó dos testamentos. Uno que dice: “En mis funerales no quiero seres impuros, es decir, animales y mujeres”. Otro que dice: “Ni siquiera cerca de mi tumba quiero seres impuros. Sobre todo los más impuros de todos: las mujeres embarazadas”. [pág. 62]

Intimidados como estáis por el miedo de ir a contracorriente o parecer racistas —palabra inapropiada porque como resultará claro el discurso no es sobre una raza, es sobre una religión. No entendéis o no queréis entender que aquí está ocurriendo una Cruzada al Revés. Y no tengo ninguna intención de ver mi racionalismo, mi ateísmo, ofendido y perseguido y castigado por los nuevos inquisidores de la Tierra. Por los bárbaros que usan el cerebro sólo para memorizar el Corán. Por los obtusos que rezan cinco veces al día, que cinco veces al día están arrodillados y con el trasero expuesto... [págs. 83]

“¡Racista, racista!” Fueron las cigarras, los soi-di-sant progresistas —en aquel tiempo se llamaban comunistas— los que me crucificaron. Por lo demás el insulto racista-racista me lo gritaron de igual modo cuando los soviéticos invadieron Afganistán. ¿Recuerdas a los barbudos con sotana y turbante que antes de disparar el mortero o mejor a cada golpe de mortero, berreaban preces al Señor, Allah-akbar? Yo les recuerdo bien. Y, a pesar de mi ateísmo, aquel acoplar la palabra de Dios al golpe de mortero me daba escalofríos. Horrorizada decía: “Los soviéticos son lo que son. Pero debemos admitir que con esta guerra nos protegen incluso a nosotros. Y se los agradezco”. Ayuda, ayuda: se volvieron a abrir los cielos: “¡Racista, racista!” Cegados por su mala fe, su cinismo, su oportunismo, no querían tampoco considerar las monstruosidades con las que los afganos mataban a los prisioneros soviéticos. A los prisioneros soviéticos les cortaban las piernas y los brazos, ¿recuerdas? El pequeño vicio al que sus correligionarios ya se habían dedicado en el Líbano con los cristianos y los judíos. (Y no hay que asombrarse visto que durante el siglo XIX mutilaban y mataban de la misma manera a los diplomáticos y los embajadores británicos de Kabul. Relee la historia y apunta los nombres, los apellidos, las fechas… A los diplomáticos británicos, a los embajadores, les cortaban también la cabeza. Después, con ella, jugaban al polo. Las piernas y los brazos, en cambio, los exponían en las plazas o los vendían en el bazar.) Eh, sí: también de esto rehusaban hablar las cigarras. [págs. 86s]

Si América cae, cae Europa. Cae Occidente, caemos nosotros. [pág. 89]

Durante la entrevista de la CNN, cuatro veces Christiane Amanpour le preguntó a Chirac de qué modo y en qué medida pensaba oponerse a la Yihad. Y cuatro veces eludió la respuesta escurriéndose como una anguila. Cuatro. Y la cuarta vez grité: “Monsieur le Président! ¿Recuerda el desembarco en Normandía? ¿Recuerda cuántos americanos cayeron en Normandía para expulsar de Francia a los nazis?”
El problema es que de España a Suecia, de Alemania a Grecia, ni siquiera en los otros países europeos veo a Ricardos Corazón de León. [pág. 90]

Y a propósito de inteligencia: ¿es verdad que en Europa los actuales líderes de la izquierda o de lo que llaman izquierda no quieren oír lo que digo? ¿Es verdad que al oírlo montan en cólera, berrean “Inaceptable, inaceptable”? ¿Por qué? Si las monstruosidades de su Corán osan imponerlas en mi país… Lo pretenden. Osama bin Laden ha declarado muchas veces que toda la Tierra debe ser musulmana, que todos debemos convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas. Y me dan ganas de invertir los papeles, de matarlo él. La Cruzada al Revés dura desde hace demasiado tiempo, amigo mío. Y seducida por nuestro bienestar, nuestras comodidades, nuestras oportunidades, alentada por la flaqueza y la incapacidad de nuestros gobernantes, sostenida por los cálculos de la Iglesia católica y por oportunismos de la izquierda, protegida por nuestras leyes complacientes. Los quince millones de musulmanes que hoy viven en Europa (¡quince!) son solamente los pioneros de las futuras oleadas. Y créeme: vendrán cada vez más. Exigirán cada vez más. Pues negociar con ellos es imposible. Razonar con ellos, impensable. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio. Y cualquiera que piense lo contrario es un pobre tonto. [págs. 96-99]

A las cigarras de sexo masculino, o sea los hipócritas que nunca pronuncian una palabra contra el burkah, nunca mueven un dedo contra los nuevos nazis de la tierra, no tengo nada que decirles. A las cigarras de sexo femenino, o sea las feministas de mala memoria, por el contrario, tengo algo que decirles y aquí está. Fuera la máscara, falsas amazonas. ¿Cómo es que ante las mujeres afganas, ante las criaturas asesinadas torturadas humilladas por los cerdos-machistas con la sotana y el turbante, imitáis el silencio de vuestros varoncitos? ¿Cómo es que nunca vais a ladrar ante la embajada de Afganistán o de Arabia Saudí o de cualquier otro país musulmán? Sois y siempre habéis sido gallinas. [págs. 112-114]

Además, cada objeto sobreviviente del Pasado es sacro. Los dos Budas de Bamiyán… esos hijos de puta me los han destruido. [pág. 116]

Los he visto en Beirut. Aquella Beirut donde habían sido acogidos por los libaneses, se habían apropiado de la ciudad y luego del país entero. Dirigidos por ese Arafat que hoy se hace la víctima, que descaradamente reniega de su pasado (y presente) de terrorista.
¿Nadie se acuerda del santo eslogan lanzado por Lenin, “La religión es el opio de los pueblos”? Miradme a los ojos, cigarras de lujo y no lujo: ¿adónde ha ido vuestro laicismo? En Europa defender la propia cultura se ha convertido en un pecado mortal. [págs. 125-127]

Paren demasiado, esos hijos de Alá. Los europeos y particularmente los italianos ya no paren: estúpidos. Sus huéspedes, al contrario, no hacen más que parir. Se multiplican como ratones. [pág. 136]

Estoy diciendo que en Italia, en Europa, no hay sitio para los muecines, los minaretes, los falsos abstemios, el maldito chador. Equivaldría a regalarles nuestra alma, nuestra patria. En mi caso, Italia. Y mi Italia no se la regalo a nadie. Naturalmente mi patria, mi Italia, no es la Italia de hoy: la Italia mezquina, estúpida, cobarde. [pág. 143 & 149]

Los ex comunistas me han ofendido con su prepotencia, su terrorismo intelectual. Esos curas rojos que me trataban como una Infiel. Cuando les señalas la luna con el dedo, los cretinos miran el dedo, no la luna. [págs. 153 & 176]

¡Ah! ¡Cómo soñaba a Europa cuando era joven, muy joven! Bueno. Los italianos de las Italias que no son mi Italia cacarean que hemos hecho Europa [la Unión Europea]. Los franceses, los ingleses, los españoles, los alemanes (etcétera) que se asemejan a los italianos dicen lo mismo. Pero este Club Financiero que roba mi parmesano y mi gorgonzola, que sacrifica mi bella lengua y mi identidad nacional, que me irrita con el Politically Correct y con sus ridículas demagogias populistas, “todos los perros son iguales”, “todos los culos son iguales”, esta mentira que facilita la invasión islámica y hablando de Identidad Cultural fornica con los enemigos de la civilización, no es la Europa que yo soñaba. No es Europa, es el suicidio de Europa.
Lo que tenía que decir lo he dicho. La rabia y el orgullo me lo han ordenado. [págs. 180-final del libro]
Extensas citas a los siguientes libros de Oriana sobre la islamización también pueden leerse en este blog aquí y acá.

6 comentarios:

adriana dijo...

Bueno estamos en 2009. No habia tenido oportunidad de leer el libro de Oriana "la Fuerza de la razón" y creo que en retrospectiva y también en prospectiva, Ella tiene razón. La cultura occidental esta siendo absorbida por el fundamentalismo islámico. Ante nuestros propios ojos hasta los gringos ya tiene presidente musulman

Cesar Tort dijo...

Bueno: a pesar de su infancia Obama no es en realidad musulmán. Pero me molesta que no tenga ninguna conciencia del asunto, como se colige en mi blogger en inglés: "The personal universe of Cesar Tort".

Gustavo dijo...

Desde que escuché mencionar a mi profesor de Perdiodismo a Oriana Falucci, me llamó la atención esta mujer. No sabía que existía, qué lástima es mi ignorancia. Pero leerla e investigar acerca de ella hace que ame con mucha más razón el Periodismo. Me agradó mucho, al menos leer un extracto de su texto.

César Tort dijo...

Y además de las extensas citas que recogí sobre sus tres libros, también hice lo mismo con el libro de Bruce Bawer "Mientras Europa duerme" en este mismo blog.

Anónimo dijo...

Hombres, que sean como Oriana, hacen mucha falta en el mundo....tiene coxones esta senora! Asi es como hay que ser y pensar ante tanta blandengueria que hay con esos musulmanes con olor a cagajon de camello....

Keira Craig dijo...

Si un presidente que nos dividio el.país nos quizo imponer como sucesora a una alcohólicas para que el país fuera gobernado por el vicepresidente musulmán
Lamentablemente aquí como en Europa estamos perdiendo la batalla la izquierda se a vendido y el partido democrata es musulmán