domingo, 21 de diciembre de 2008

Los abandonados bebés de Rousseau

A pesar de que Rousseau fue el primero que cruzó la línea de las autobiografías religiosas a las autobiografías seculares —un gigantesco avance—, tomó el título de sus Confesiones de las remotas confesiones de Agustín.

Para entender el papel que los pensadores han jugado en la historia de occidente hay que leer la devastadora crítica que hace Karl Popper sobre Platón. Popper nos dice la gran verdad acerca de los filósofos: "Debemos romper con la deferencia hacia los grandes hombres creada por el hábito". Yo le habría puesto comillas a la palabra "grandes" y habría dicho simplemente que debemos romper con el respeto a los clásicos.

Para lograrlo hay que percatarse de que "gran hombre" significa, en realidad, "individuo influyente": es decir, un individuo que otros hombres tuvieron la ocurrencia de seguir. Si mucho de lo que dicen los clásicos son patentes falsedades, sólo a través de una vocación iconoclasta el auténtico pensador podrá percatarse de las taras no sólo de ellos, sino de la humanidad. En La sociedad abierta y sus enemigos Popper se saltó de Platón a Marx. Habría que expandir su crítica a Agustín, Rousseau y a otros. Así como Agustín fue el pensador más influyente en el medievo, Rousseau fue el pensador más influyente en la edad moderna, el arquetipo del intelectual contemporáneo.

Lo primero que hay que notar sobre Rousseau es que este hombre se creía dotado de un amor excepcional hacia la humanidad, y que por medio de su puro intelecto y buena voluntad podía mostrarnos un camino más justo en cuestiones de pedagogía infantil y teoría política. Habrá pues que analizar su contribución en estos dos campos, aunque sea muy sumariamente, como corresponde a todo ensayo en internet (las grandes disertaciones son para la imprenta y el papel).

Lo que más llama la atención de este hombre que ostentaba su supuesto humanitarismo es que envió a sus cuatro bebés a un orfanato donde dos tercios de los niños morían antes del año; y los que sobrevivían se convertían en vagabundos. Esto es algo que me sorprendió enormemente al leer Los intelectuales de Paul Johnson. Este breve artículo es básicamente un resumen de lo escrito por Johnson en ese libro.

Rousseau escribió cosas como: "Aún no ha nacido la persona que pueda amarme como yo amo". "Nadie tuvo jamás mayor capacidad de amar". "Nací para ser el mejor amigo que jamás haya existido". "Dejaría esta vida con aprensión si llegara a conocer un hombre mejor que yo. Mostradme a un hombre mejor que yo, un corazón más amante, más tierno, más sensible". "La posteridad me honrará... porque es lo que me corresponde". "Si hubiera tan sólo un gobierno ilustrado en Europa, me habría erigido estatuas".

Tal megalomanía me recuerda el Ecce homo de Nietzsche. Sobra decir que, si Rousseau hubiera sido realmente un hombre con un corazón "tan amante, tan tierno y tan sensible" como nos dice, no habría abandonado a sus bebés a un destino donde morían o terminaban en la calle.

Lo que hizo Rousseau con sus hijos fue un crimen. Y esto es vital para entender por qué creo que la autobiografía secularizada de Rousseau aún se encuentran en un etapa alquimista comparada con el genuino estudio del yo. El autorretrato que Rousseau hace de sí mismo es apócrifo, un corazón que se presume sincero ante sus lectores pero que está saturado de nefando egoísmo, cegueras y fatales omisiones de un auténtico examen de conciencia.

Rousseau había dicho en sus confesiones: "Me he mostrado a mí mismo como fui, tan vil y despreciable cuando mi comportamiento fue tal". Esto es absolutamente falso. En 1764 Voltaire había acusado a Rousseau por haber abandonado a sus bebés en un orfanato. Las excusas de Rousseau ante tal acusación son paradigma de una total carencia de autocrítica, y de un remordimiento absolutamente nulo, ante sus acciones. Rousseau escribió: "¿Cómo podría tener la tranquilidad mental necesaria para mi trabajo con mi buhardilla llena de problemas domésticos y el ruido de los chicos? [...]. Sé muy bien que ningún padre es más tierno que lo que yo hubiera sido".

¡Más tierno de lo que él "hubiera sido"! Esto es una total locura. Pero sigamos escuchando a Rousseau:
¡No! Lo siento y lo afirmo a gritos, ¡es imposible! Nunca, ni por un solo momento de su vida, pudo Jean-Jacques haber sido un hombre sin sentimientos, sin compasión, o un padre desnaturalizado.
Ni por un momento de su vida... En su libro Paul Johnson dice que lo más terrible de este hombre y de otros intelectuales pagados de sí mismos no es tanto su casi nula calidad moral, sino que sus seguidores los han tomado por sus palabras, no por sus acciones. Por ejemplo, cuando Rousseau murió y fue enterrado en Île des Peupliers, ese lugar se convirtió en centro de peregrinaje para muchos hombres y mujeres que lo visitaron: como los católicos peregrinan ante las reliquias de un santo. Los hechos de la vida de Rousseau, tan horriblemente expuestos por Voltaire y sus sucesores, no perecen haberle restado luminosidad a la aureola del nuevo santo.

La veneración a Rousseau no se limita a peregrinos supersticiosos. Kant, Schiller, John Stuart Mill y Tolstoi lo alabarían en sus escritos. El poeta Shelley fue más lejos: siguiendo el ejemplo de su ídolo Rousseau, Shelley abandonó a su propio hijo en un orfanato, quien murió ahí a los dieciocho meses de internado. Johnson, quien cree que el historiador no debe reservarse el derecho a juzgar, concluye que "todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera". A mi modo de ver, lo que hicieron Rousseau y Shelley es justo lo que Lloyd deMause llama una forma discreta de infanticidio.

En La india chingada (inédito: pronto buscaré editor), cuando hablaba de mis desventuras en el Colegio Tepeyac Del Valle, me pregunté que cómo era posible que, desde la publicación del Emilio de Rousseau, un siglo después aún existieran escuelas en Europa como la que atormentó a Stefan Zweig; y dos siglos después del Emilio escuelas como la que me atormentó a mí. Cuando escribí el primer borrador de ese libro, hace ya más de ocho años, no sabía cómo contestarme. Ahora sé cómo hacerlo.

En la primera página del Emilio podemos leer:
Casos hay en que un hijo que falta el respeto a su padre puede merecer una disculpa; pero si en un lance, sea cual fuere, se hallare a un hijo de tan mal natural que falte respeto a su madre [...] bueno fuera sofocar a este desventurado, como un monstruo que no merece ver la luz del día.
En subsecuentes páginas da la impresión de que Rousseau condena la educación tradicional en términos muy semejantes a como Zweig lo haría en el siglo XX. Pero, como dije, al leer esta primera página del Emilio no pudo sino venirme a la mente el análisis de deMause sobre el impulso infanticida de los padres hacia sus hijos. El hecho que "la mayor utopía pedagógica de todos los tiempos", como la llaman los ingenuos, inicie con una monstruosidad como la que cito arriba, le pega al clavo para ilustrar aquello que en mis escritos denomino neandertalismo.

Rousseau no era, como presumía ser y como lo ven las generaciones venideras, un aventurero de la mente que, con el puro apoyo de su razón, nos ayudó a entender y construir una sociedad mejor. Más bien, fue una criatura del ambiente cultural de su tiempo. Parte de lo que dicen sus escritos no son sino lugares comunes llevados al papel en su despacho "sin los problemas domésticos y el ruido de los chicos". Por ejemplo, la propuesta de Rousseau de "sofocar" al hijo, ese "monstruo que no merece ver la luz del día" que "le falta el respeto a la madre" refleja en grado extremo lo que Alice Miller ha llamado pedagogía negra. Como lo demuestra Foucault, desde el edicto del Rey Sol en 1656 había sido la nación en que nacería Rousseau el país que dio a luz una seudociencia inquisitorial que se alía con los padres en conflictos con los hijos, la siquiatría. La cultura francesa del siglo XVIII no había reconocido la existencia de terribles abusos de los padres hacia los hijos. Ni Voltaire mismo, quien escribió que uno debe honrar a sus padres (Diccionario filosófico Tomo II, Madrid: Ediciones Temas de Hoy, publicado el año 2000, página 318). Dos siglos tendrían que pasar para que Alice Miller escribiera libros cuestionando abiertamente el mandamiento de honrar a los padres.

Rousseau no sólo fue egoísta hacia sus hijos. Acerca de Thérèse Lavasseur, quien dio a luz a los bebés que internaría en el orfanato y con quien vivió hasta que Rousseau murió, éste dijo: "Nunca sentí el menor rastro de amor por ella [...], las necesidades sensuales que satisfice con ella fueron puramente sexuales y no tenían nada que ver con ella como individuo".

En otras palabras, Thérèse era un objeto sexual. Una vez que el objeto fue usado y que Rousseau se sintió "satisfecho", desechó al producto de sus "necesidades sensuales" —los niños—, con mayor egoísmo que con el que se expresaba de su mujer.

Pero Thérèse no fue un caso aislado. Madame de Warens había rescatado a Rousseau de la indigencia. Cuando el escritor prosperó, Rousseau apenas hizo algo cuando de Warens se enfermó y murió en la pobreza. El conde de Charmette regañó a Rousseau por no "haber devuelto siquiera una parte de lo que le había costado a su generosa benefactora". Y algo análogo podría decirse de la conducta de Rousseau hacia Madame d'Épinay, otra de sus numerosas benefactoras.

Las relaciones de Rousseau con sus colegas fueron malas. Se peleó con Diderot, a quien tantos favores debía, y además de Voltaire se peleó con David Hume, quien tan hospitalario había sido con él cuando lo invitó a Inglaterra.

Rousseau desarrolló una visión paranoica con Hume. Se metió en la cabeza la idea de que Hume era el cerebro de un vasto complot internacional contra él que implicaba a un gran número de personas. Llegó a creer que su vida peligraba, y cuando salió de Inglaterra se encerró en el camarote de un barco con la idea que Thérèse era parte del complot que intentaba retenerlo en ese país. El complot era
Inmenso, inconcebible [...]. Construirán a mi alrededor un cerco impenetrable de penumbra [...]. Si viajo, todo estará preparado por anticipado para vigilarme en cualquier sitio que vaya. Se pasará el dato a pasajeros, cocheros, poderosos.
No cabe duda que la tradición occidental ha sido infinitamente estúpida al considerar a los paranoicos Agustín y a Rousseau como conocedores de su alma.

Nadie que sea ciego ante sus defectos puede llegar a ser un autobiógrafo de verdad. No está de más refrasear a Zweig. Como la autobiografía requiere de la verdad desnuda, nos dice Zweig, el autobiógrafo ha de jugar el papel de denunciante de sus defectos. Sólo un individuo maduro, uno completamente familiarizado con la manera como funciona su propia mente, puede atreverse a decirlo todo sin reticencia alguna: especialmente sus defectos. Zweig concluye que por esa razón "el autorretrato psicológico ha aparecido tan tardíamente entre las artes, perteneciendo exclusivamente a nuestros días y a los venideros".

Las palabras de Zweig descalifican a Rousseau como conocedor de su propia alma. En palabras de Hume, Rousseau era "un monstruo que se veía a sí mismo como el único ser importante en el universo". Diderot añade que fue "falaz, vanidoso como Satán, desagradecido, cruel, hipócrita y lleno de malevolencia".

Es notable cómo contrastan los juicios de la gente que lo conocía con la apoteosis que occidente hizo de Rousseau. Llegado a este punto, quisiera sobrepasar los límites de la autobiografía rousseauniana porque estoy convencido que su percepción egomaníaca de sí mismo se encuentra estrechamente relacionada con los males de la humanidad. En Cómo asesinar el alma de tu hijo (inédito hasta el momento de escribir) había dicho que la postura de Freud hacia los inquisidores de antaño, y hacia los siquiatras de su tiempo, invalidaba su edificio analítico. Lo mismo piensa Paul Johnson del mayor crimen que cometió Rousseau.

Johnson escribió:
Rousseau afirma que cavilar sobre su conducta hacia sus hijos lo llevó finalmente a formular la teoría de la educación que expuso en Emilio. También ayudó claramente a dar forma a su Contrato Social, publicado el mismo año. Lo que empezó como un proceso de autojustificación para un caso particular —una serie de excusas apresuradas, mal pensadas, para un comportamiento que desde el principio debió reconocer como antinatural— evolucionó gradualmente hasta convertirse en la proposición de que la educación era la llave del perfeccionamiento social y moral y, por eso, una cuestión que concernía al Estado. El Estado debe formar la mente de todos, no sólo cuando son niños [...] sino como ciudadanos adultos. Por una extraña cadena de infame lógica moral, la iniquidad de Rousseau como padre fue vinculada con su progenie ideológica, el futuro Estado totalitario.
Esto es clave para entender lo que he estado tratando de decir al hablar tanto de Miller y deMause. Johnson usa estas duras palabras porque lo que Rousseau promovió en El contrato social iba a ser sistematizado por Marx y posteriormente institucionalizado por Lenin. Bajo el contrato social de Rousseau la obligación del individuo era "enajenarse, con todos sus derechos, a la comunidad total", es decir, someter al hombre a un gobierno tan omnipresente con sus súbditos como su padre con él. "Entregadlo por entero al Estado" para que pueda "poseer a los hombres y todos sus poderes".

Más claro caso de transferencia en política de las heridas de la infancia, como tantas veces ha escrito Miller sobre el tema, es difícil de hallar. No debe restársele parte de culpabilidad a estas fantasías rousseaunianas sobre los crímenes totalitarios que en el siglo XX se cometerían cuando tales ideas crecieron cual baobab hasta cubrir buena parte de la Tierra.

Por más dispares que ambos memorialistas sean, Agustín y Rousseau tuvieron conflictos psíquicos con quienes los criaron que acarreaban desde la infancia; conflictos que los movieron a desahogarse por medio de un libro que titularon de idéntico modo. No cabe duda que la historia de la verdadera biografía, la psicobiografía preconizada por Miller, apenas empieza.
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César

4 comentarios:

Graciela dijo...

Si bien se duda sobre la existencia de esos hijos, se dice que en realidad no quiso confesar su infertilidad, quiero decir que Rousseau cuestionó todoaquello que hoy está en crisis, en una época en la que ser, sentir y pensar distinto era un pecado él se atrevió a hacerlo, si se estudia su vida se pueden entender sus incoherencias. Me parece que el problema de la idealización de los pensadores cuentapor parte de los lectores y no de ellos. Me parece también que defender al burgués elitista de Voltaire y de sus formales deseos de libertad e igualdad es un acto de posicionamiento político y filosófico. Nuestra sociedad es heredera del pensamiento burgués del siglo XVIII y qué bárbaro nos fue, no?.
Seguramente escribe un burgués del primer mundo. Prefiero a Rousseau, sus incoherencias y sus cuestionamientos a las "verdades".

Andres dijo...

Tambien me impacto el hecho de que abandonara a sus hijos

Rosa Beatriz Cantero Domínguez dijo...

Me gustaría saber si conoce que jean Jacques Rousseau compró a una niña de 10 años cuando vivía en Venecia para aliviar lo de la depresión. El era pedófilo?

Chechar dijo...

No lo sabía...